El peso de las mentiras.

Capítulo VI

"A veces, las palabras de una persona que cree en nosotros tienen el poder de devolvernos la esperanza cuando todo parece derrumbarse."

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Las horas transcurrieron con tranquilidad en la casa. La madre de Elena continuaba cocinando el almuerzo, mientras Elena cebaba el tereré para acompañar la mañana.

Poco después, Lucía entró cansada. Había pasado un buen rato colocando la ropa en la centrifugadora y luego tendiéndola en el alambre para que se secara.

Se sentó unos minutos para descansar y miró a su hermana.

—Elena, por cierto, en la universidad va a haber una fiesta de San Juan organizada por la facultad. Me preguntaba cómo hacían ustedes cuando estudiabas.

Elena sonrió al recordar aquellos días.

—La profesora nos orientaba y la presidenta del curso asistía a las reuniones de organización. Después nos informaba qué necesitábamos hacer. Cada compañero colaboraba con trabajo o con un aporte económico.

Lucía asintió.

—Sí, pero a nosotros nos pidieron presentar dos números artísticos.

—Nosotros nunca pagamos a nadie para que nos representara. La profesora de danza nos enseñaba algunos bailes y nosotros mismos participábamos. Pero ustedes estudian Enfermería; yo cursé otra carrera, así que seguramente la organización es diferente.

—Es cierto. Pero si papá no puede venir desde Asunción, ¿me podrías acompañar?

—Claro que sí. Si puedo, con gusto te acompañaré.

En ese momento, la madre interrumpió la conversación.

—Hija, ya son casi las once. Seguro que tu madrina no tarda en llamarte.

—Sí, mamá.

Mientras tanto, Elisabeth apareció ya lista para salir.

—Mamá, ya estoy vestida. Voy a esperar el transporte escolar.

La madre la observó.

—Todavía falta casi una hora para que llegue. Andá a cuidar un rato a Alex. Lucía tiene que prepararse para estudiar porque la próxima semana tiene examen.

—Pero, mamá...

—Elisabeth, no seas caprichosa. Sabés que Elena va a estar ocupada dentro de un rato. Solo hasta que llegue el transporte cuidá de tu hermanito.

La joven suspiró con resignación.

—Está bien, mamá.

A las once en punto sonó el teléfono de Elena. Era su madrina.

—¡Hola, hija! ¿Cómo está la familia?

—Hola, madrina. Todos estamos bien, gracias a Dios.

—Me alegra mucho. Decime, ¿de qué querías hablar? Me dejaste preocupada con el audio que me enviaste.

Elena respiró profundamente antes de responder.

—Hay algo que me tiene muy preocupada y, al mismo tiempo, muy enojada.

—Contame, hija. ¿Qué pasó?

—Ayer una vecina muy amiga de nuestra familia me contó que en el barrio están circulando rumores sobre mí.

—¿Qué clase de rumores?

—Dicen que ando de fiesta y que salgo con muchos hombres.

Al otro lado de la llamada hubo unos segundos de silencio.

—¿Y quién dice semejantes cosas?

—El director de la escuela que está cerca de mi casa... y también el coordinador de la capilla.

La madrina dejó escapar un suspiro.

—No me sorprende, hija. A veces las personas hablan por envidia. No les des el gusto de verte caer.

—Eso mismo me dijo mamá, pero igual me duele.

—Lo sé. Cuando yo vivía por ese barrio también hablaron muy mal de mí, solamente porque ayudaba a la gente. Aprendí que no vale la pena detenerse por los comentarios. Seguí adelante y vos hacé lo mismo.

Elena sintió que aquellas palabras le devolvían un poco de calma.

—Sí, madrina. Lo voy a hacer.

Después de unos instantes, la mujer cambió de tema.

—Decime una cosa... ¿Nunca pensaste en venir a Brasil conmigo? Podría conseguirte trabajo y, además, aprenderías portugués.

Elena guardó silencio unos segundos.

—Lo voy a pensar, madrina. Pero me cuesta imaginarme lejos de mi familia.

—Lo entiendo, hija. Solo quiero que sepas que tenés las puertas abiertas. Y no llores. Estoy muy orgullosa de la mujer en la que te convertiste. Ya no sos aquella niña tímida que tenía miedo de todo.

Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.

—Gracias, madrina. Si hoy llegué hasta aquí es porque vos siempre creíste en mí. Nunca voy a olvidar que me ayudaste a conseguir la beca para estudiar en la universidad privada.

La madrina sonrió al escucharla.

—No tenés nada que agradecer. Desde que te conocí de niña vi en vos a una persona buena, humilde y trabajadora. Lo único que hice fue darte una oportunidad; el resto lo lograste con tu esfuerzo. Nunca permitas que las palabras de quienes sienten envidia apaguen la luz que llevás dentro.




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