El peso de las mentiras.

Capítulo VII

Capítulo 7
“Las decisiones que tomamos hoy, incluso con miedo, son las que construyen el futuro que queremos alcanzar.”
Antes de cortar la llamada, la madrina de Elena volvió a hablar:
—Escuché que hay un viaje de capacitación en La Plata, Argentina. ¿Vas a ir? Te vendría bien.
Elena dudó unos segundos antes de responder.
—Pensaba no ir porque es algo costoso, pero analizándolo bien creo que me uniré al grupo. Voy a trabajar para costear el pasaje. Quiero demostrarles que, lejos, también puedo llegar muy lejos.
Su madrina sonrió al otro lado del teléfono.
—Esa es mi ahijada. Si necesitás algo de dinero, yo puedo ayudarte.
—Gracias, madrina. Lo voy a tener en cuenta.
—No tengas vergüenza de pedirme ayuda. Sos muy terca para aceptar apoyo.
—Jaja, me lo han dicho mucho, principalmente mis padres —respondió Elena con una pequeña risa.
—Sí. Cuídate mucho, Eli. Saludos a tu familia y no hagas caso a los rumores. Sos una mujer inteligente, joven y hermosa. Te tienen envidia porque no son como vos ni tienen una familia como la tuya.
—Muchas gracias, madrina.
Después de despedirse, Elena cortó la llamada y fue a buscar a su madre, quien descansaba sentada en la cocina.
—¿Ya terminaste de hablar con tu madrina, hija?
—Sí, mamá. Quiero contarte algo importante.
—Decime, hija.
—¿Recordás el viaje a La Plata? Es una capacitación de una semana.
—Sí, lo recuerdo.
—He decidido ir.
La madre la miró sorprendida.
—¿Ah, sí? Pensé que habías dicho que no irías.
—Sí, pero quiero capacitarme más y demostrar que no soy una persona débil ni sumisa.
La madre sonrió con orgullo.
—Esa es mi hija. En lo que pueda, te voy a ayudar.
—Gracias, mamá.
Luego de un breve silencio, la madre cambió de tema.
—Hija, ¿vas hoy a la casa de la señora Andrea a enseñar a su hijo?
—Sí, voy a ir.
—Por cierto, en el apoyo escolar hay una vacante, justo la que había dejado una persona.
Elena asintió interesada.
—Qué bueno. Tal vez podría conseguirle ese trabajo a tu hermana, le ayudaría mucho para costear sus estudios.
—Sí, pero hay un pequeño problema.
—¿Qué pasa, hija?
—Es que una señora se ofreció como voluntaria… y no vas a adivinar quién es.
—¿Quién?
—La supuesta comadre del director de la escuela.
La madre frunció el ceño.
—No lo puedo creer. Seguramente entró por influencia de ellos. No creo que dure mucho. Además, tiene un hijo pequeño, creo que de dos años.
—Sí, veremos cómo le va… pero la verdad no me agrada mucho.
La madre suspiró.
—Lo importante es que vos sigas enfocada en lo tuyo, hija.
Elena asintió en silencio, aunque en su interior sentía que los conflictos del entorno aún no habían terminado.
Miró con preocupación a su mamá. Sus ojos reflejaban cansancio y tristeza.
—Lo intenté, mamá… pero me causa mucha tristeza todo esto. En ocasiones he pensado en irme lejos.
La madre la tomó de las manos con firmeza.
—Hija… es normal que te sientas así, pero huir no siempre es la solución. Vos sos fuerte, aunque ahora no lo sientas.
Elena bajó la mirada.
—Solo quiero paz…
—Y la vas a tener, pero no abandonando todo. Vas a salir adelante.
Elena respiró profundo, intentando calmarse, aunque el dolor seguía en su interior.
En ese momento, el ambiente en el apoyo escolar cambió por completo.
Un movimiento de vehículos llamó la atención en la entrada. Varias personas miraron hacia afuera con curiosidad.
Un hombre extranjero descendió de uno de los vehículos escoltado por guardaespaldas. Era alto, de físico atlético, cabello negro y ojos azules intensos. Su presencia imponía respeto inmediato.
El silencio fue total.
Lucía lo observó confundida.
—¿Quién es él…?
El hombre avanzó con seguridad hasta la entrada del apoyo escolar.
—Buenas tardes —dijo con acento extranjero—. Busco a la señorita Elena.
Elena salió lentamente. Al verlo, quedó en silencio.
—Soy yo… ¿quién es usted?
—Mi nombre es Aleksandr Volkov. Soy de nacionalidad rusa.
Un murmullo recorrió el lugar.
—He venido porque conozco la situación que está viviendo… los rumores en su contra.
Elena lo miró desconfiada.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque alguien cercano a usted me habló… y porque no es la primera vez que veo injusticias como esta.
Se hizo un silencio pesado.
—No he venido solo a hablar —continuó—. He venido porque quiero ayudarla.
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué haría eso por ella?
Aleksandr mantuvo la mirada en Elena.
—Porque hay personas que merecen ser protegidas, aunque uno no las conozca desde siempre.
El ambiente quedó tenso.
Y así, la vida de Elena comenzó a tomar un rumbo completamente inesperado.




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