Observo desde el ventanal. A está altura se puede notar que las pequeñas luces de la ciudad no son suficientes para ahuyentar la oscuridad de la noche. Exhaló y el humo del cigarrillo contra el vidrio nubla la vista que tenía de la ciudad. Doy otra calada. Observo el cigarrillo en mi mano. No importa cuántos haya fumado no son suficientes para ahuyentar los pensamientos.
Escucho sus pasos acercándose. Mi corazón se acelera. Nuevamente el humo golpea contra el vidrio. Intento calmarme y espero su contacto; sus manos delgadas se pozan en mi pecho desnudo, sus brazos me rodean desde atrás y su cabeza reposa en mi hombro.
— ¿Todo bien?... ¿Cansado por lo de esta noche?
Hace referencia a la cena en casa de sus padres. Solo entonces soy conciente de que mis dientes están destrozando la parte interna de mi labio inferior. Relajo mi cuerpo, tomo sus manos frías y me giro hacia ella, la oscuridad me impide ver el color azul brillante de sus ojos pero aún así busco su mirada que a su vez busca la mía. La atraigo en un abrazo, su cuerpo recibe el mío con calidez y sin poder evitarlo suspiro. El contacto de sus frías manos en mi espalda y la calidez de su cuerpo delgado en mis brazos aumenta la tortura en mi mente.
Dejo el cigarro sobre el cenicero. Observo el número de colillas allí, 5...
—Ven, vayamos a la cama es tarde.
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El ascensor se abrió en el piso 42 y Jane ya estaba allí, con una tableta en la mano izquierda y un café humeante en la derecha. No necesitó mirar el reloj para saber que eran las 8:00 en punto.
—Buenos días, Senor Cooper —dijo Jane, entregándome el café mientras caminamos a paso veloz hacia el despacho principal.
tomó el vaso sin detenerme. El café esta exactamente a la temperatura que me gusta; lo suficientemente caliente para despertar, pero no tanto como para quemarse la lengua antes de la primera junta.
—El tráfico en la avenida era un caos. ¿Qué tenemos?
—La firma de los contratos de logística está en su escritorio. Los revisé anoche; la cláusula de exclusividad que pidio ya está incluida —respondió Jane, deslizando la pantalla de su tableta con profesionalismo—. Tiene a los inversionistas coreanos en el Zoom de las 9:00. Les dije que solo tenía quince minutos, así que irán directo al grano.
Entro a la oficina y me dejo caer en la silla de cuero. Jane se queda en el marco de la puerta, anotando algo más.
—¿Y las flores para mi madre? —pregunte, abriendo la primera carpeta.
—Enviadas a las 7:30. Orquídeas blancas, como siempre. También cancelé la cena con los de Marketing; sé que prefiere terminar el informe de presupuesto hoy.
— Bien, tráeme el archivo de la auditoría y cierra la puerta al salir.
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—Ven aquí —susurró Emma, extendiendo un brazo hacia mi lado de la cama.
Su mano buscó mi pecho con una familiaridad que, en otro tiempo, habría sido mi refugio. Pero hoy, al sentir el roce de sus dedos, mis músculos se contrajeron como si me hubiera quemado. Me giré levemente, fingiendo que buscaba una posición más cómoda, y su mano quedó suspendida en el aire, un gesto huérfano que me dolió más que un golpe.
—Estoy molido, Emma . El día en la oficina ha sido un campo de batalla —mentí, clavando los ojos en la penumbra del techo.
Escuché su suspiro, un sonido pequeño y quebrado que se clavó en mi conciencia. Ella no se movió, pero pude sentir cómo se encogía sobre sí misma, alejándose hacia su borde del colchón. El vacío que quedó entre nosotros era apenas de unos centímetros, pero se sentía como un precipicio.
Lo siento, quise decirle. Siento no poder quererte como te mereces esta noche. Siento que mi cuerpo se sienta como un extraño a tu lado.
—¿Es solo el trabajo? —preguntó ella, y su voz sonó tan frágil que estuve a punto de confesarle todo: el peso de la traición, el hecho de que su tacto me recordaba todo lo que estaba rompiendo.
Pero me quedé callado. La cobardía es un veneno silencioso.
—Solo necesito dormir —respondí, con una frialdad que no sentía.
Me quedé allí, inmóvil, escuchando su respiración hasta que se volvió rítmica. Me sentía despreciable.
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El silencio de la oficina a las diez de la noche es el mejor escondite. Afuera, en la pantalla de mi teléfono —boca abajo sobre el escritorio—, el mundo seguía colapsando. Se que hay al menos seis llamadas perdidas de Emma.
«Si lo evito, no es real», pense, mientras abría una hoja de cálculo que ya había revisado tres veces.
Me frotó las sienes. El dolor de cabeza es una pulsación rítmica que me recuerda todo lo que he estado evitando. Para silenciar el recuerdo, me concentre en la celda B14. Había un error de dos centavos en el balance trimestral. Dos centavos. Era una insignificancia, un error de redondeo, pero me aferró a esos dos centavos como si fueran un salvavidas en medio del océano.
Tecleó con furia. El sonido mecánico del teclado llena el vacío de la habitación, sustituyendo las voces de mis pensamientos.
—B14... menos D22... —susurró, forzando a mi cerebro a procesar fórmulas matemáticas para desplazar la imagen que hay en mi cabeza.
De repente, el teléfono vibra sobre la madera. El zumbido es como una descarga eléctrica. Me quedó rígido, con los dedos suspendidos sobre las teclas. Miró el aparato de reojo; la pantalla se ilumina con una foto de Emma. La culpa me aprieta la garganta, una presión física que me impide respirar con normalidad.
Cierro los ojos con fuerza y, en lugar de contestar, minimizó la ventana del presupuesto y abro un informe de inventario de hace tres años. No importa que sea inútil. Necesito que mis ojos lean palabras técnicas, que mis manos muevan archivos, que mi mente se llene de logística, fechas de entrega y códigos de barras.
—Concéntrate —me ordenó a mí mismo en voz alta—. Tienes que terminar esto.
Me obligó a leer el mismo párrafo de política corporativa cinco veces seguidas. Mis ojos escosen, pero me niego a parpadear. Si parpadeo, vería la expresión de decepción de mi prometida. Si me detengo, el estrés personal me alcanzaría y devoraría.
Así que sigó escribiendo, llenando la pantalla de datos irrelevantes, construyendo un muro de papel y píxeles entre mi propia vida y yo. A las doce de la noche, me convierto en el empleado más eficiente de la empresa, y el hombre más roto de la ciudad.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 12.02.2026