El Peso del Silencio

Capítulo II

La cena en casa de mis padres siempre había sido un refugio, pero hoy se sentía como un interrogatorio bajo luces de neón. Emma estaba sentada a mi lado, radiante, hablando con mi madre sobre los centros de mesa para la boda. Su entusiasmo me llegaba como un ruido blanco, lejano y molesto.
—¿No es así, Thomas? —Emma me tocó el brazo, buscándome con esa mirada llena de futuro que ahora me asfixiaba.
Me tensé ante su contacto. Fue una reacción instintiva, una retirada de apenas un milímetro, pero el silencio que siguió me dijo que no había pasado desapercibida.
—Perdona, no te estaba escuchando —dije, apartando suavemente mi brazo para alcanzar la copa de vino. Mi voz sonó plana, desprovista de cualquier matiz de cariño.
—Decía que las peonías blancas quedarían perfectas con el estilo del salón —repitió ella, perdiendo un poco de brillo en la sonrisa—. ¿Qué te parece?
—Me da igual, Emma. Son flores. Van a morir en dos días de todas formas. Pon las que quieras.
El tintineo de los cubiertos se detuvo. Mi padre soltó un carraspeo nervio y se concentró de repente en su plato. Pero fue la mirada de mi madre la que me quemó. Ella dejó su copa con una lentitud deliberada, observándome como si me viera por primera vez.
—Thomas —dijo mi madre, con ese tono suave que usaba antes de las tormentas—. Emma lleva meses planeando esto. Un poco de entusiasmo no te vendría mal, sobre todo con tu prometida.
—Solo estoy cansado, mamá —respondí, sin mirarla.
—No parece cansancio —insistió ella, y sentí su mirada escrutadora analizando cada uno de mis gestos—. Pareces ausente. Estás aquí sentado, pero parece que no quisieras estarlo.
Emma bajó la vista hacia su plato, jugando con la comida. La culpa me golpeó en el pecho, pero no fue suficiente para hacerme rectificar. No podía darle la calidez que no sentía. Estaba siendo seco, casi cruel, y lo peor era que una parte de mí quería que se dieran cuenta, para no tener que seguir cargando con la mentira.

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Estábamos a mitad de la discusión sobre los márgenes de beneficio cuando Jane entró con la bandeja de café. El silencio de Marcos no fue inmediato, fue una deceleración progresiva que me obligó a levantar la vista de los informes.
Marcos no solo la miró; la recorrió. Sus ojos se detuvieron en la curva de su cuello mientras ella se inclinaba para dejar mi taza. Fue una mirada densa, cargada de una familiaridad no autorizada que me revolvió el estómago.
—Gracias, Jane. Eso es todo —dije. Mi voz salió más cortante de lo que pretendía, una nota metálica que rompió la atmósfera de la sala.
Jane asintió, siempre impecable, y salió sin hacer ruido. Pero Marcos no volvió a los números. Se reclinó en su silla, siguiendo el movimiento de la puerta al cerrarse con una sonrisa estúpida en los labios.
—Vaya, Thomas —murmuró Marcos, juguetando con su bolígrafo—. No me habías dicho que tu departamento de recursos humanos tenía tan buen criterio de selección. Es... excepcional.
Sentí que el nudo de mi corbata se apretaba solo. Sin darme cuenta, mi mano se cerró sobre el borde de la mesa de cristal con tanta fuerza que mis nudillos blanquearon.
—Estamos aquí para hablar de la logística de la zona norte, Marcos —respondí. Enderecé los folios sobre la mesa con un golpe seco, un sonido innecesariamente fuerte en el despacho—. Jane es la mejor asistente que ha tenido esta firma en una década. Su capacidad de análisis es lo único que debería interesarte si vamos a cerrar este trato.
Marcos enarcó una ceja, sorprendido por mi tono.
—Tranquilo, solo era un comentario. No sabía que eras tan... protector con el personal.
—Soy profesional —corregí, aunque mi mandíbula estaba tan tensa que me dolía—. Y esperaría lo mismo de mi socio principal. ¿Volvemos a la página cuatro o tienes más observaciones estéticas que hacer?.

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Mi madre revolvía el café con una parsimonia que me ponía los pelos de punta. El tintineo de la cuchara contra la porcelana era el único sonido en la cocina, rítmico y acusador. Yo evitaba mirarla, concentrado en un nudo inexistente en el mantel.
—Emma me llamó ayer —soltó de pronto, sin preámbulos.
Sentí un vuelco en el estómago. La mención de su nombre, en boca de mi madre, sonó como una nota discordante.
—Ah, ¿sí? —respondí, intentando que mi voz sonara casual, aunque me salió demasiado aguda.
—Dijo que apenas te ve. Que cuando estás en casa, parece que tu mente está en otro continente. —Ella dejó la cuchara y, por fin, clavó sus ojos en los míos. Esa mirada de "madre" que atraviesa cualquier mentira—. ¿Qué te pasa, hijo? Estás huraño. Ni siquiera le respondes cuando te pregunta por el trabajo.
«Me pasa que la culpa me está matando»,
pensé, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta como un trozo de pan seco. No podía decírselo a ella, ni a nadie, recientemente descubrí que soy un cobarde.
—Solo es estrés, mamá.
—No me mientas. A Emma la puedes engañar con el cansancio, pero a mí no. Te conozco desde que no sabías ni ocultar una travesura. Estás levantando un muro con ella, y me preocupa que te quedes atrapado del lado equivocado.
Me puse en pie, apartando la silla con un chirrido violento. La verdad me quemaba, pero la culpa de estar decepcionando a todo mi entorno —incluida la mujer que me miraba con una mezcla de lástima y reproche— era mucho más pesada.
—Tengo que irme. Se me hace tarde.
—Huir no va a solucionar lo que tienes en la cabeza, Thomas—sentenció ella a mis espaldas—. Y tarde o temprano, ese muro se te va a caer encima.

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Estábamos inclinados sobre la mesa de juntas, revisando el borrador final del contrato de Marcos. El silencio en el despacho solo lo rompía el roce de las páginas y el zumbido suave del aire acondicionado.
—Si movemos la cláusula de rescisión aquí... —comento Jane, señalando un párrafo con el extremo de su bolígrafo.

Me acerqué para ver mejor y, sin querer, nuestros hombros se rozaron. Ninguno de los dos se apartó. En ese instante, Jane levantó la vista y yo bajé la mía. Nuestras miradas chocaron a escasos centímetros.
El tiempo se estiró, el contrato dejó de existir y el aire entre nosotros se cargó de una estática que me erizó el vello de los brazos. Ella sostuvo mi mirada con una valentía que me desarmó; no había miedo, solo una pregunta silenciosa que me moría por responder.




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