—Ven aquí —susurró Emma, extendiendo un brazo hacia mi lado de la cama.
Su mano buscó mi pecho con una familiaridad que, en otro tiempo, habría sido mi refugio. Pero hoy, al sentir el roce de sus dedos, mis músculos se contrajeron como si me hubiera quemado. Me giré levemente, fingiendo que buscaba una posición más cómoda, y su mano quedó suspendida en el aire, un gesto huérfano que me dolió más que un golpe.
—Estoy molido, Emma . El día en la oficina ha sido un campo de batalla —mentí, clavando los ojos en la penumbra del techo.
Escuché su suspiro, un sonido pequeño y quebrado que se clavó en mi conciencia. Ella no se movió, pero pude sentir cómo se encogía sobre sí misma, alejándose hacia su borde del colchón. El vacío que quedó entre nosotros era apenas de unos centímetros, pero se sentía como un precipicio.
Lo siento, quise decirle. Siento no poder quererte como te mereces esta noche. Siento que mi cuerpo se sienta como un extraño a tu lado.
—¿Es solo el trabajo? —preguntó ella, y su voz sonó tan frágil que estuve a punto de confesarle todo: el peso de la traición, el hecho de que su tacto me recordaba todo lo que estaba rompiendo.
Pero me quedé callado. La cobardía es un veneno silencioso.
—Solo necesito dormir —respondí, con una frialdad que no sentía.
Me quedé allí, inmóvil, escuchando su respiración hasta que se volvió rítmica. Me sentía despreciable.
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El silencio de la oficina a las diez de la noche es el mejor escondite. Afuera, en la pantalla de mi teléfono —boca abajo sobre el escritorio—, el mundo seguía colapsando. Se que hay al menos seis llamadas perdidas de Emma.
«Si lo evito, no es real», pense, mientras abría una hoja de cálculo que ya había revisado tres veces.
Me frotó las sienes. El dolor de cabeza es una pulsación rítmica que me recuerda todo lo que he estado evitando. Para silenciar el recuerdo, me concentre en la celda B14. Había un error de dos centavos en el balance trimestral. Dos centavos. Era una insignificancia, un error de redondeo, pero me aferró a esos dos centavos como si fueran un salvavidas en medio del océano.
Tecleó con furia. El sonido mecánico del teclado llena el vacío de la habitación, sustituyendo las voces de mis pensamientos.
—B14... menos D22... —susurró, forzando a mi cerebro a procesar fórmulas matemáticas para desplazar la imagen que hay en mi cabeza.
De repente, el teléfono vibra sobre la madera. El zumbido es como una descarga eléctrica. Me quedó rígido, con los dedos suspendidos sobre las teclas. Miró el aparato de reojo; la pantalla se ilumina con una foto de Emma. La culpa me aprieta la garganta, una presión física que me impide respirar con normalidad.
Cierro los ojos con fuerza y, en lugar de contestar, minimizó la ventana del presupuesto y abro un informe de inventario de hace tres años. No importa que sea inútil. Necesito que mis ojos lean palabras técnicas, que mis manos muevan archivos, que mi mente se llene de logística, fechas de entrega y códigos de barras.
—Concéntrate —me ordenó a mí mismo en voz alta—. Tienes que terminar esto.
Me obligó a leer el mismo párrafo de política corporativa cinco veces seguidas. Mis ojos escosen, pero me niego a parpadear. Si parpadeo, vería la expresión de decepción de mi prometida. Si me detengo, el estrés personal me alcanzaría y devoraría.
Así que sigó escribiendo, llenando la pantalla de datos irrelevantes, construyendo un muro de papel y píxeles entre mi propia vida y yo. A las doce de la noche, me convierto en el empleado más eficiente de la empresa, y el hombre más roto de la ciudad.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 03.01.2026