Cerré la puerta de la oficina con más fuerza de la necesaria y el estruendo pareció vibrar en el silencio denso que compartía con Jane. Ella estaba de pie frente a mi escritorio, sosteniendo una carpeta como si fuera un escudo.
—Aquí están los informes que pidió, señor Cooper —dijo ella. Su voz era plana, pero noté cómo evitaba mirarme a los ojos, concentrándose en un punto indefinido de mi corbata.
—Gracias, Jane. Déjalos ahí.
Me acerqué para rodear el escritorio. Al pasar a su lado, ella dio un paso lateral casi imperceptible, una retirada instintiva que me hizo sentir como un depredador, aunque mi única intención fuera sentarme. El aroma de su perfume, algo cítrico y suave, me golpeó de lleno. Me aclaré la garganta, sintiendo de repente que el nudo de mi corbata me apretaba demasiado.
—¿Algo más? —preguntó ella. Sus dedos jugueteaban con el borde de su falda, un tic que nunca le había visto antes.
—No. Bueno, sí... —Me detuve, buscando las palabras. La miré y, por un segundo, nuestras miradas chocaron. Vi una chispa de alerta en sus ojos, una inquietud que me hizo apartar la vista de inmediato—. El café de hoy estaba... frío.
Fue una queja estúpida, una mentira para llenar el vacío. Jane asintió rápidamente, sus mejillas tiñéndose de un rosa tenue que no supe interpretar.
—Lo siento. No volverá a ocurrir.
Se dio la vuelta con una eficiencia mecánica. Escuché el eco de sus tacones contra el suelo mientras se alejaba. Me quedé allí, con la mano suspendida sobre los informes, sintiendo que las paredes de la oficina se habían encogido. Sabía que ella sabía que yo estaba fingiendo autoridad para no admitir que su sola presencia me ponía los nervios de punta. Y lo peor era que, en su silencio, ella también estaba gritando su incomodidad.
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—¿Que ocurre? — Emma dejo el tenedor sobre el plato, su mirada buscándome con esa preocupación habitual que ya me resultaba insoportable.
Forcé una sonrisa. Sentí cómo los músculos de mis mejillas se tensaban, una máscara de porcelana a punto de agrietarse.
—Nada. Solo es el cansancio de la oficina. Este trimestre está siendo eterno.
«Mentiroso», susurró una voz en mi nuca.
En realidad, no podía dejar de pensar que si abría la boca, nuestro "nosotros" se desintegraría en el aire entre el olor a pasta y vino tinto.
—Estás muy callado —insistió ella, alargando la mano para rozar la mía.
Su tacto me quemó. Quise apartarla, gritarle que no me facilitara tanto las cosas siendo tan malditamente buena. Pero me quedé quieto. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un animal atrapado que quería escapar, mientras mi rostro permanecía impasible.
—Estoy bien, de verdad —mentí de nuevo, y cada palabra se sentía como un cristal tragado.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026