El Peso del Silencio

Capítulo IV

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«Me hundo en el silencio de mi estudio, pero el roce de la silla contra mi espalda desencadena una memoria táctil que no puedo frenar. De repente, ya no estoy solo. Estoy de vuelta en ese sofá de tela rugosa, en la penumbra de su sala, rodeado por el aroma a vainilla que parecía emanar de su propia piel.
Cierro los ojos y me permito perderme en ella. Recuerdo la suavidad de su cabello, corto y negro que se perdía entre mis dedos como hilos de seda. Sus ojos, dos pozos oscuros pero encendidos por una luz interna, me observaban con una mezcla de asombro y entrega absoluta, una mirada que delataba que todo lo que estaba ocurriendo era, para ella, un territorio sagrado y desconocido. Me detengo en el relieve de sus labios gruesos, que temblaban ligeramente antes de buscar los míos, y en el sonido de su voz: un susurro entrecortado, una nota musical que nunca antes se había liberado para nadie más.
A pesar de su estatura pequeña, su cuerpo tenía una presencia cálida y firme, una redondez natural que se sentía vibrante bajo mis manos. Su piel blanca, destacando contra la oscuridad del sofá como un lienzo intacto que yo estaba marcando para siempre. En ese instante, envuelto en el calor, el mundo exterior no existía; solo existía la fascinación de ser el primero en descubrir cada uno de sus rincones.
Es un recuerdo eléctrico, dulce, que me recorre la espina dorsal con una intensidad que me hace suspirar.
Pero entonces, abro los ojos.
La luz fría de mi oficina me golpea con la realidad y el placer se transforma instantáneamente en un ácido que me quema el estómago. El rechazo me golpea con la fuerza de una bofetada. Me asquea la facilidad con la que mi mente regresa a ese sofá, a esa mujer que no es la mía. Siento el peso de haber tomado algo que no me pertenecía. Ahora, el recuerdo de su piel blanca y su voz susurrante es una mancha de la que no puedo limpiarme, una traición que palpita en el silencio cada vez que intento convencerme de que soy el hombre que mi prometida cree que soy.»
Un par de golpes secos en la madera me sacaron del abismo. Me enderecé instintivamente, ajustando el nudo de mi corbata como si fuera una armadura.
—Adelante —ordené. Mi voz salió con una frialdad que no pretendía ser cruel, pero que cortó el aire como un bisturí.
La puerta se abrió lo justo para dejar pasar a Jane. Entró sosteniendo una carpeta azul evitando cualquier contacto visual directo. Su postura era rígida, como si esperara una reprimenda en cualquier momento. Se detuvo a una distancia prudencial del escritorio, manteniendo ese espacio de seguridad que se había vuelto ley entre nosotros.
—Los informes de la firma para mañana, Señor Cooper —dijo en un susurro.
—Déjelos ahí, Jane. Y asegúrese de que el archivo de la constructora esté completo. No quiero errores esta vez.
Ella asintió rápidamente, dejando los papeles al hacerlo, la manga de su chaqueta se deslizó un poco, dejando ver un destello de su piel blanca. Aparté la mirada de inmediato.
—Sí, Señor Cooper. Lo revisaré de inmediato —respondió ella, dando un paso atrás.
Se quedó allí un segundo de más, en un silencio denso. Yo seguía fingiendo interés en unos documentos que no podía leer, manteniendo mi rostro como una máscara de piedra.
—¿Algo más, Jane? —pregunté, elevando un poco la barbilla sin llegar a mirarla a los ojos.
—No, señor. Disculpe.
Se dio la vuelta con una prisa contenida. El sonido de sus pasos no era el de una colega, sino el de alguien que escapa de una habitación donde el oxígeno es escaso. Cuando la puerta se cerró tras ella, solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Me sentía despreciable.




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