El Peso del Silencio

Capítulo VI

Mi madre revolvía el café con una parsimonia que me ponía los pelos de punta. El tintineo de la cuchara contra la porcelana era el único sonido en la cocina, rítmico y acusador. Yo evitaba mirarla, concentrado en un nudo inexistente en el mantel.
—Emma me llamó ayer —soltó de pronto, sin preámbulos.
Sentí un vuelco en el estómago. La mención de su nombre, en boca de mi madre, sonó como una nota discordante.
—Ah, ¿sí? —respondí, intentando que mi voz sonara casual, aunque me salió demasiado aguda.
—Dijo que apenas te ve. Que cuando estás en casa, parece que tu mente está en otro continente. —Ella dejó la cuchara y, por fin, clavó sus ojos en los míos. Esa mirada de "madre" que atraviesa cualquier mentira—. ¿Qué te pasa, hijo? Estás huraño. Ni siquiera le respondes cuando te pregunta por el trabajo.
«Me pasa que la culpa me está matando»,
pensé, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta como un trozo de pan seco. No podía decírselo a ella, ni a nadie, recientemente descubrí que soy un cobarde.
—Solo es estrés, mamá.
—No me mientas. A Emma la puedes engañar con el cansancio, pero a mí no. Te conozco desde que no sabías ni ocultar una travesura. Estás levantando un muro con ella, y me preocupa que te quedes atrapado del lado equivocado.
Me puse en pie, apartando la silla con un chirrido violento. La verdad me quemaba, pero la culpa de estar decepcionando a todo mi entorno —incluida la mujer que me miraba con una mezcla de lástima y reproche— era mucho más pesada.
—Tengo que irme. Se me hace tarde.
—Huir no va a solucionar lo que tienes en la cabeza, Thomas—sentenció ella a mis espaldas—. Y tarde o temprano, ese muro se te va a caer encima.

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Estábamos inclinados sobre la mesa de juntas, revisando el borrador final del contrato de Marcos. El silencio en el despacho solo lo rompía el roce de las páginas y el zumbido suave del aire acondicionado.
—Si movemos la cláusula de rescisión aquí... —comento Jane, señalando un párrafo con el extremo de su bolígrafo.

Me acerqué para ver mejor y, sin querer, nuestros hombros se rozaron. Ninguno de los dos se apartó. En ese instante, Jane levantó la vista y yo bajé la mía. Nuestras miradas chocaron a escasos centímetros.
El tiempo se estiró, el contrato dejó de existir y el aire entre nosotros se cargó de una estática que me erizó el vello de los brazos. Ella sostuvo mi mirada con una valentía que me desarmó; no había miedo, solo una pregunta silenciosa que me moría por responder.

Entonces, el teléfono de mi escritorio vibró con una notificación estridente.

El hechizo se rompió como un cristal golpeado por una piedra. Jane retrocedió un paso instantáneamente, alisándose la falda con un gesto mecánico que ya conocía de memoria. Yo me enderecé de golpe, abrochándome el botón de la chaqueta como si estuviera ajustando mi armadura.

—Sí, tiene razón, Jane—dije. Mi voz volvió a ser la de Thomas, el director ejecutivo, fría y contenida—. Mueva la cláusula. Es una observación muy aguda.

—Gracias, señor —respondió ella. Su rostro era ahora una página en blanco, profesional e imperturbable—. Me encargaré de que esté listo antes de la reunión de las dos. ¿Desea algo más?

—No. Retire las copias sobrantes al salir.

Ella asintió con una leve inclinación de cabeza y recogió los papeles con una eficiencia envidiable.

***

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