El sueño no tenía bordes, solo sensaciones. No era un lugar, era una temperatura. Sus manos —que no eran las manos de Emma— recorrían mi espalda con una familiaridad que me cortaba la respiración. Podía sentir el roce de su pelo en mi mejilla y ese aroma metálico y dulce, como ozono antes de la tormenta, que solo le pertenecía a ella. En ese espacio fuera del tiempo, no había culpa, solo una urgencia eléctrica que me hacía buscar sus labios con un hambre que creía haber olvidado.
Fue un beso lento, de esos que se sienten en la boca del estómago, un nudo que se apretaba más y más hasta que la luz del sol apuñaló mis párpados.
Desperté de golpe, con el corazón galopando contra las costillas.
El silencio de la habitación me resultó ensordecedor. A mi lado, Emma respiraba con una calma rítmica, ajena al incendio que acababa de ocurrir en mi cabeza. El calor de su cuerpo contra mi costado, que normalmente era mi refugio, ahora se sentía como una marca de hierro incandescente.
Me quedé inmóvil, mirando el techo, tratando de expulsar de mis pulmones el rastro de aquel perfume de ozono.
—¿Thomas? —murmuró Emma sin abrir los ojos, buscando mi mano entre las sábanas.
Cuando sus dedos se entrelazaron con los míos, sentí un escalofrío de puro pánico. Era como si mis manos aún guardaran la textura de la otra piel, como si el sueño hubiera dejado una mancha física que ella pudiera detectar con solo tocarme.
—¿Estás bien? Estás temblando —dijo ella, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Sí —mentí, y mi propia voz me sonó extraña, como si perteneciera a un desconocido—. Solo una pesadilla. Quédate dormida.
Cerré los ojos, pero no para dormir. Los cerré porque me moría de miedo de que, si me miraba fijamente, Emma pudiera ver en mis pupilas el reflejo de la mujer que acababa de besar en la oscuridad de mi mente. Estaba allí, en nuestra cama, pero mi lealtad se había quedado suspendida en un sueño del que no quería, o no podía, regresar.
---
Observé a Jane mientras dejaba la tableta sobre mi escritorio. Sus movimientos, usualmente eléctricos y precisos, tenían hoy una lentitud pesada, como si cada gesto le costara un mundo. Mis ojos, traidores, bajaron por todo su cuerpo, oculto bajo un traje gris demasiado holgado para el calor que hacía en la oficina.
—Los gráficos de la fusión están listos, señor —dijo ella.
Noté un sutil temblor en su mano. No era el café. Ella no había tocado su taza en toda la mañana, algo inaudito en alguien que vive de la cafeína.
—Gracias, Jane. Te ves... cansada —solté, probando el terreno. Mis palabras sonaron huecas, una sonda lanzada a un abismo oscuro.
Ella se tensó. Vi cómo apretaba los labios, una línea pálida que intentaba contener algo más que palabras. Se llevó una mano al estómago de forma inconsciente, un gesto protector que me golpeó como una sentencia.
—Es solo un virus estomacal. Nada de qué preocuparse —respondió sin mirarme.
Recordé aquella noche, el error que ambos juramos ignorar para seguir con nuestras vidas. Ahora, el eco de esa noche parecía haber cobrado vida propia. El aire en la oficina se volvió denso, irrespirable. Si mi sospecha era cierta, mi vida personal y mi reputación estaban definitivamente a un solo análisis de sangre de saltar por los aires.
—¿Segura que no necesitas ir al médico? —insistí, mi voz cargada de una falsa amabilidad que me daba asco.
Jane levantó la vista y por fin me miró. En sus ojos no vi enfermedad, sino un miedo líquido y un reproche silencioso que me heló la sangre.
—Ya he ido, señor Cooper. Mañana tendré los resultados definitivos.
Se dio la vuelta antes de que yo pudiera reaccionar. Me quedé solo, mirando la puerta cerrada, sintiendo que ahora sí el reloj de mi vida acababa de empezar una cuenta atrás que no sabía cómo detener.
#5664 en Novela romántica
#493 en Joven Adulto
silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026