El Peso del Silencio

Capítulo VIII

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Nunca había estado en el bloque de apartamentos de Jane. Al bajarme del coche con la urgencia de la licitación quemándome el bolsillo, solo pensaba en recuperar el pendrive y salir de allí en cinco minutos. Pero, en cuanto ella abrió la puerta, el guion que yo tenía en la cabeza se borró por completo.
—Señor Cooper perdone el desorden. No esperaba que viniera personalmente —dijo, echándose a un lado.
Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón gris. Su pelo, que en la oficina siempre estaba rígidamente recogido, caía ahora sobre sus hombros en ondas descuidadas. Me quedé un segundo de más en el umbral, desorientado. Fue como si, de pronto, alguien hubiera subido la saturación de los colores de la realidad.
—No te preocupes, Jane. El error fue mío por no revisar la carpeta antes de salir —respondí, pero mi voz sonó más baja de lo normal.
Caminé tras ella hasta el salón. El espacio era pequeño, pero tenía una calidez que me hizo sentir como un intruso con mi traje de mil quinientos euros. Me fijé en un detalle insignificante: ella iba descalza. Ver sus pies desnudos contra el parqué me provocó una punzada de intimidad totalmente fuera de lugar.
—Aquí está —dijo, inclinándose sobre la mesa del comedor para buscar el pendrive y una carpeta.
Al hacerlo, el movimiento de su cuerpo bajo la ropa sencilla me golpeó con la fuerza de un impacto. No era la "asistente eficiente"; era una mujer joven, real, que olía a café recién hecho y a algo parecido al ozono. Me acerqué para tomar el dispositivo y, por un instante, quedamos a escasos centímetros.
Podía ver las pequeñas pecas que el maquillaje de oficina siempre ocultaba y el ritmo acelerado de su respiración. El silencio, que en el despacho era productivo, aquí se volvió denso, cargado de una electricidad que me hizo olvidar por qué demonios necesitaba esos documentos. Mi mano rozó la suya al recoger el pendrive y sentí una descarga que me recorrió el brazo.Fue una chispa estúpida, una descarga eléctrica que debería haberme hecho retroceder. Pero no lo hice.
—Gracias —murmuré, incapaz de apartar la vista de sus ojos, que ahora me miraban con una mezcla de sorpresa y algo que se parecía peligrosamente a la invitación. La tensión se condensó en el aire hasta volverse irrespirable.
En ese momento, la oficina se sentía como un planeta lejano y aburrido. Mi pulso, usualmente bajo control, empezó a golpear contra mis sienes. Estaba allí por trabajo, pero lo único en lo que podía pensar era en lo fácil que sería dejar caer la carpeta y cerrar la distancia que nos separaba.
El pendrive y la carpeta seguían en mi mano, un trozo de plástico inútil entre nosotros. No sé quién cedió primero, pero en un segundo ambos cayeron al suelo y mis manos encontraron su cintura. La atraje hacia mí con una urgencia que me asustó; ella respondió rodeando mi cuello, deshaciendo años de distancia profesional en un solo suspiro que se perdió contra mis labios.
La llevé hacia el sofá, o quizás fue ella quien me guio, no estoy seguro. El mundo exterior —la empresa, mi carrera, mi compromiso, el ruido de la calle— se desvaneció. Solo existía el calor de su piel bajo la camiseta de algodón y la forma en que su cuerpo temblaba contra el mío. Había algo en su forma de besar, una mezcla de entrega absoluta y una leve torpeza, que me resultaba extrañamente conmovedora.
Cuando mis dedos buscaron desabrochar su pantalón, sentí que ella se tensaba. Me detuve, mi respiración pesada chocando contra su frente.
—¿Jane? —susurré, buscando sus ojos. Estaban dilatados, brillantes por una mezcla de deseo y un miedo que no supe interpretar hasta que habló.
—Es... es que no he hecho esto antes —dijo en un hilo de voz, desviando la mirada hacia mis manos—. Con nadie. Nunca.
El tiempo se detuvo. Esa confesión me golpeó como un jarro de agua fría, pero no apagó el deseo; lo transformó en algo mucho más denso y serio. La miré, realmente la miré: mi asistente, la mujer que me llevaba la agenda con precisión quirúrgica, me estaba entregando algo que no podía devolverse. La dinámica de poder, que ya era complicada, se volvió un abismo bajo mis pies.
—Podemos parar ahora mismo —le dije, acariciando su mejilla con una suavidad que me asombro a mi mismo.
Ella negó con la cabeza y me atrajo de nuevo hacia sí, rompiendo la última barrera con un beso que sabía a decisión final.
—No quiero parar. Quiero que seas tú.
Lo que siguió fue un ejercicio de contención. Cada movimiento mío se volvió lento, casi ceremonial. La pasión desenfrenada de hace un momento se convirtió en una danza de paciencia, guiado por sus pequeñas exhalaciones y la forma en que sus uñas se clavaban en mis hombros ante cada nueva sensación. Sentí cada uno de sus descubrimientos como si fueran míos. Había una pureza en su reacción que me hacía sentir, por primera vez en años, que lo que estaba haciendo no era solo sexo, sino algo que me vincularía a ella de una forma que ningún contrato laboral podría romper.
Al final, cuando el silencio volvió a inundar el salón y ella se acurrucó contra mi pecho, el peso de la realidad cayó sobre mí. Había tomado su primera vez en un sofá, entre documentos de trabajo. La satisfacción física fue reemplazada de inmediato por una pregunta que me heló la sangre: «¿Qué hemos hecho?»
Me quedé inmóvil, con ella refugiada en el hueco de mi hombro. Su respiración se iba acompasando a la mía, y por un instante, el mundo se redujo a ese pequeño salón. Sentí una oleada de gratitud que me oprimió el pecho; no era solo placer, era el peso del honor que me había concedido. Ella me había entregado su primera vez, un territorio virgen que ya no le pertenecía a nadie más que a mi.
—Gracias, Jane —susurré, besando la coronilla de su cabeza—. De verdad... gracias por confiar en mí.
Lo decía en serio. En mis años de cinismo y negociaciones agresivas, nadie me había dado algo tan puro, sin contratos ni intereses. Pero, al pronunciar su nombre, la realidad regresó como una bofetada.
Mi mirada se desvió hacia la mesa ratona. Allí, junto a los informes de la auditoría, recordé que descansaba mi teléfono móvil con un mensaje de mi prometida preguntando a qué hora llegaría para la cena con sus padres, el mensaje que me había enviado antes de que todo empezara, pareció quemarme desde la distancia.
«¿Qué he hecho?» la pregunta se repitió en mi mente como una alarma de incendio.
De repente, el calor de Jane empezó a sentirse como una acusación. Había tirado por la borda mi integridad. Si esto salía a la luz, mi reputación laboral —esa que había construido con décadas de sacrificios— se desintegraría por una falta ética imperdonable. Mi vida personal, mi compromiso, mi futuro planeado... todo estaba ahora bajo la sombra de esta traición.
Me incorporé con una brusquedad que intenté suavizar, pero el daño ya estaba hecho. El arrepentimiento me subía por la garganta como bilis.
—Tengo que irme —dije, buscando mi ropa con una torpeza que me hacía sentir despreciable. No me atrevía a mirarla a los ojos. Tenía miedo de ver en ellos la ilusión que yo sabía que no podría sostener—. Jane, esto... esto es complicado. Muy complicado.
La vi cubrirse, el brillo de hace unos minutos apagándose en su rostro. La gratitud seguía ahí, en un rincón de mi corazón, pero estaba siendo devorada por el pánico del hombre que sabe que acaba de prenderle fuego a su propia casa solo por sentir el calor de una hoguera.
Me detuve con la camisa a medio abrochar, paralizado por la frialdad de mis propios pensamientos. Esperaba lágrimas, reproches o, peor aún, una declaración de amor que no pudiera devolver. Pero cuando miré a Jane, ella estaba sentada en el borde del sofá, vistiéndose con una calma que me resultó inquietante.
—No te preocupes por tu compromiso, ni por la oficina —dijo ella, con una voz tan firme que me obligó a soltar los botones—. No estoy esperando que dejes a tu prometida, ni que me ames. No hay un vínculo afectivo aquí, al menos no de ese tipo.
Me quedé mudo, con la mandíbula tensa.
—No entiendo... —logré articular.
Ella suspiró y me miró directamente, con una madurez que me hizo sentir pequeño.
—Quería que fueras tú porque sabía que serías cuidadoso. Te he observado durante dos años; sé cómo tratas a la gente, sé que eres un hombre que respeta los límites, incluso bajo presión. Necesitaba que mi primera vez fuera con alguien así.
Hizo una pausa y su mirada se perdió en la ventana, oscureciéndose por un recuerdo que no me pertenecía.
—Cuando era joven, una de mis mejores amigas murió. Fue en su primera vez. Tuvo un desgarre vaginal masivo... el chico fue un animal, un bruto que no se detuvo cuando ella gritaba. Se desangró antes de llegar al hospital.
Un escalofrío me recorrió la columna. El peso de lo que acababa de decir convirtió el aire de la habitación en plomo.
—He vivido con ese trauma toda mi vida —continuó ella, volviendo a mirarme con una serenidad casi clínica—. El sexo para mí no era placer, era un peligro de muerte. Sabía que si no lo hacía con alguien en quien confiara plenamente, alguien capaz de frenar y de ser gentil, nunca podría superar ese miedo. Así que, gracias por ser ese hombre. Pero eso es todo. Has sido mi salida de una cárcel de terror, no el inicio de una historia de amor.
Terminé de abrocharme la camisa, pero ahora mis manos temblaban por una razón distinta. La gratitud que sentía antes se transformó en un respeto profundo y amargo. Ella no me había "entregado" nada; me había "utilizado" como una herramienta de sanación. El arrepentimiento por mi carrera y mi vida personal seguía ahí, pero ahora se sentía trivial frente al peso de la historia que Jane llevaba a cuestas.
—Siento mucho lo de tu amiga —dije, mi voz apenas un susurro—. No tenía idea.
—Nadie la tiene —respondió ella, poniéndose en pie y recuperando su postura de asistente—. Mañana los informes estarán en su mesa a las ocho. Por favor, olvide el resto. Yo ya lo he hecho.
Me abrió la puerta con la misma cortesía profesional de cada mañana, dejándome claro que, aunque nuestros cuerpos se habían unido, el muro entre nosotros era ahora más alto y sólido que nunca.




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