El eco de mis propios pasos en el pasillo me recordaba el latido desbocado de mi corazón. Crucé el umbral de su oficina y el aire pareció volverse más denso, casi sólido. Jane estaba allí, concentrada en la pantalla, moviendo el ratón con una calma que me resultaba insultante.
—Jane —dije, o al menos eso intenté. Mi voz salió como un chasquido seco.
Ella levantó la vista. Me sudaban las manos; las hundí en los bolsillos de mi pantalón para que no viera cómo temblaban.
«Díselo ya. Solo pregúntalo», me gritaba una voz en la cabeza. Pero las palabras se me quedaban pegadas en la garganta como arena.
—¿Tienes un momento? Es... es sobre lo que hablamos. Bueno, sobre lo que no hemos hablado.
Me fijé en su escritorio. Había una taza de té humeante. «¿Las embarazadas podían tomar té? ¿O era café lo que debían evitar? Dios, no sabía nada». Mi mirada bajó instintivamente hacia su vientre, oculto tras la mesa, y volví a subirla de golpe, sintiendo el calor subirme por el cuello.
Jane dejó de teclear. Ella se tensó. Fue un movimiento sutil, apenas un endurecimiento de sus hombros, pero lo vi. Lo vi porque no podía dejar de analizarla, buscando una señal, un cambio en su cuerpo que confirmara mi ruina. El silencio que siguió fue tan pesado que juraría que las paredes se estaban estrechando. El mundo entero, mi carrera, mi futuro, todo dependía de los próximos diez segundos.
—Por supuesto —murmuró ella, y su tono cambió. Ya no era mi asistente.
—Necesito saberlo, Jane —solté de golpe, antes de que el pánico me hiciera salir corriendo. Me acerqué a su escritorio, apoyando las manos en el borde de la madera para no desplomarme—. Jane, mírame. No he dormido. No puedo mirar a Emma a los ojos sin sentir que me estoy asfixiando.
Ella finalmente levantó la vista. Sus ojos estaban nublados, una mezcla de reproche y miedo que me heló la sangre. —¿Los tienes? —pregunté, sin preámbulos.El silencio que siguió fue el más violento que he experimentado jamás. En mi mente, la imagen de Emma sonriendo con su vestido blanco se fragmentaba como un espejo roto. Si Jane decía que sí, no solo perdía a mi asistente; perdía mi futuro, mi honor y a la mujer que me esperaba en casa.
Jane seguia sentada frente a su ordenador. Señalo un sobre blanco sobre el escritorio, justo al lado de su agenda. Un simple trozo de papel que contenía el poder de destruir mi vida con Emma en un segundo.
—Llegaron hace diez minutos —respondió ella. Su voz era plana, despojada de cualquier emoción, lo que me puso aún más nervioso.
Inhale, sintiendo que el oxígeno de la habitación se agotaba. Mis manos, vacías de anillos pero pesadas por la culpa, temblaban tanto que tuve que cruzarlas sobre el pecho. Si ese papel decía "positivo", no habría boda, no habría banquete y no habría forma de mirar a Emma a la cara otra vez. Todo lo que habíamos construido se reduciría a cenizas por unas horas de locura.
Jane no dijo nada. Simplemente deslizó el sobre blanco por la superficie de madera de su escritorio. El sonido del papel rozando el barniz me erizó la piel.
—Están ahí —susurró ella, entrelazando sus dedos con fuerza.
Me quedé mirando el remitente de la clínica. Era un objeto pequeño, insignificante para cualquiera, pero para mí era una granada de mano con el pasador quitado.Mis piernas se sentían como si caminara a través de lodo. Alargué la mano y mis dedos rozaron el papel frío. Me detuve un instante, cerrando los ojos.Introduje el pulgar bajo la solapa del sobre. El rasgado del papel fue lento, tortuoso. Mis manos temblaban tanto que casi dejo caer el documento al suelo. Sentí un sudor frío bajando por mi espalda mientras desplegaba la hoja.
Mis ojos buscaban desesperadamente una sola palabra entre el lenguaje médico y los valores de referencia. Todo se veía borroso, como si mi cerebro se negara a procesar la información que podría destruirme. El corazón me golpeaba las costillas con una violencia que me dificultaba respirar.
Finalmente, mis ojos dieron con la línea: HCG, niveles plasmáticos, positivo.
Positivo.
El mundo se inclinó de repente.
Sentí un frío súbito que me recorrió la columna, seguido de un calor sofocante que me hizo perder el equilibrio. El suelo pareció volverse líquido bajo mis pies. El aire se volvió espeso, imposible de tragar, como si la habitación se hubiera quedado sin oxígeno de golpe. Mis oídos empezaron a pitar, un sonido agudo que enterró cualquier palabra que Jane pudiera estar diciendo.Contuve el aliento, el mundo se detuvo por completo, y por un momento, me olvidé de cómo hablar.
No dije nada. No podía. Si abría la boca, temía que mi alma misma se escapara en un grito de puro terror.
Me di la vuelta, ignorando la mirada de Jane, ignorando el hecho de que ella también estaba allí. Mis piernas se movían por puro instinto, aunque sentía que en cualquier momento mis rodillas cederían y me desplomaría sobre la alfombra. Salí de la oficina como un sonámbulo, con el papel arrugado en mi puño y la sensación de que Thomas, el hombre que Emma amaba, acababa de morir en esa habitación.
Caminé hacia el ascensor sin ver a nadie, con la visión de túnel cerrándose sobre mí, esperando que la oscuridad me tragara antes de tener que enfrentar el resto de mi vida.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026