Cerré la puerta de mi apartamento —nuestro apartamento— y me apoyé contra la madera, escuchando el clic de la cerradura como si fuera el último sonido de mi vida anterior. El silencio de la casa era ensordecedor. Emma no llegaría hasta dentro de una hora, y esa hora se extendía ante mí como un desierto de cenizas.
Caminé hacia el baño con el papel de la clínica aún arrugado en mi puño. Mis movimientos eran mecánicos, pesados. Me detuve frente al espejo y no reconocí al hombre que me devolvía la mirada. No había anillo en mi mano, pero mis dedos buscaban instintivamente el lugar donde pronto debería estar uno, apretando la piel hasta que se puso blanca.
—No es posible —susurré. Mi propia voz me pareció la de un extraño—. Fue una sola vez. No puede ser verdad.
La negación era un muro frío. Empecé a revisar el papel otra vez, buscando un error en el nombre, una cifra mal puesta, cualquier resquicio técnico que me devolviera la vida que tenía hace cinco minutos. Pero los datos eran implacables. Positivo.
De repente, el muro de negación se derrumbó y el pánico me golpeó en el estómago. Me doblé sobre el lavabo, sintiendo que la bilis me subía por la garganta. Abrí el grifo del agua fría y me eché puñados en la cara, pero no servía de nada; el calor que sentía venía de dentro, de una culpa que me estaba quemando los órganos.
«¿Qué has hecho, Thomas?», me preguntaba mi propia mente con una voz sádica.
Vi el cepillo de dientes de Emma junto al mío. Vi sus cremas, su perfume. Cada objeto era un testigo silencioso de mi traición. Me imaginé su cara cuando se lo contara... o peor aún, me imaginé viviendo una mentira el resto de mi vida, mirando a nuestro futuro hijo legítimo mientras pensaba en el que Jane cargaba en secreto. La culpa destructiva me hizo golpear el borde de mármol con el puño.
El aire se volvió escaso. Me senté en el suelo, con la espalda contra la bañera fría, y escondí la cara entre las rodillas. Estaba atrapado. No había salida donde no hubiera destrucción. En ese momento, no era un futuro padre, ni un prometido, ni un hombre exitoso; era solo un náufrago viendo cómo el agua llenaba los pulmones de su propia existencia.
Me quedé allí, en la penumbra del baño, esperando el sonido de las llaves de Emma en la puerta, sintiendo que cada segundo de silencio era la última paz que conocería en la vida.
Escuché el tintineo de las llaves en la cerradura y el sonido fue como una descarga eléctrica. Me puse de pie de un salto, guardando el papel arrugado en el fondo del cajón de mi escritorio, bajo una pila de facturas. Me pasé las manos por la cara, tratando de borrar la palidez, y forcé mis pulmones a respirar con un ritmo que no fuera el del pánico.
—¡Hola, amor! ¿Ya estás en casa? —la voz de Emma llegó desde el pasillo, llena de esa luz cotidiana que ahora me resultaba cegadora.
—Sí, aquí estoy —respondí. Mi voz sonó demasiado alta, demasiado articulada.
Apareció en el marco de la puerta, radiante, con un catálogo de flores bajo el brazo. Se acercó y me dio un beso rápido en la mejilla. El olor de su perfume, el mismo de siempre, me revolvió el estómago; era el olor de mi vida segura, la que acababa de destruir en una oficina a diez kilómetros de aquí.
—No vas a creerlo, pero los peonías estarán de temporada para la fecha —dijo ella, dejando el catálogo sobre la mesa, justo encima del cajón donde se escondía mi ruina—. ¿Thomas? Estás muy callado. ¿Te pasa algo?
Sentí que el sudor me perlaba la nuca. Ella me miraba con esos ojos limpios, sin sospechas. Era el momento de decírselo. Era el momento de soltar la bomba y dejar que los escombros nos enterraran. Pero el miedo me cosió la boca.
—Solo... mucho trabajo. Un día largo con Jane revisando presupuestos —mentí. Pronunciar el nombre de Jane fue como tragar cristales rotos.
—Pobre, esa chica trabaja demasiado. Deberíamos invitarla a cenar cuando pase la boda —comentó Emma mientras se soltaba el cabello frente al espejo del pasillo.
Esa frase fue el golpe de gracia. Me obligué a sonreír, una mueca que sentí que se cuarteaba en mi rostro. No llevaba anillo, pero en ese momento sentí el peso de mil alianzas asfixiándome.
—Sí —logré decir, dándole la espalda para que no viera cómo me temblaban las manos al recoger las llaves de la mesa—. Una cena sería... ideal.
Cada movimiento que hacía se sentía como una actuación de teatro ante un público que podía descubrirme en cualquier segundo. La normalidad era ahora mi prisión.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026