Regresé a la oficina cuando las luces automáticas del pasillo ya se habían atenuado. Al entrar, encontré a Jane sentada frente a su escritorio, pero no estaba trabajando. Tenía las manos apoyadas en su regazo, inmóvil, mirando hacia el ventanal donde la ciudad empezaba a encenderse.
Al verme, no hubo reproche en su mirada, solo una tristeza profunda que me hizo querer retroceder.
—Jane... —mi voz fue apenas un susurro. Me acerqué con cautela, recordando la noche en su casa. Lo que empezó como una búsqueda de documentos se convirtió en algo que ninguno de los dos planeó. Recordé su miedo, el temblor en sus manos cuando me confesó lo de su amiga, y la confianza casi sagrada que puso en mí al dejarme ser el primero.
Ella bajó la vista hacia el sobre que yo sostenía.
—No sé qué decirte, Thomas —dijo con suavidad. Su voz no tenía rastro de la agresividad que yo esperaba; era una resignación herida—. Pasé años huyendo de esto por miedo a morir, y ahora... ahora siento que mi vida, tal como la conocía, ha muerto de todos modos.
Me senté en la silla frente a ella. El escritorio, que siempre había sido una barrera profesional, ahora se sentía como un altar de sacrificios.
—Necesito entender, Jane —dije, tratando de controlar el temblor de mis propias manos—. El sobre dice que es verdad, pero... ¿qué pasa por tu cabeza? ¿Qué esperas de mí? No quiero pensar que esto es una trampa, no después de lo que compartimos.
Jane soltó una risa amarga, pero sin veneno.
—¿Una trampa? Thomas, me entregué a ti porque pensé que eras un hombre con el que estaría segura. Superé el fantasma de mi amiga contigo. Lo último que quería era que nuestro momento se convirtiera en un problema que resolver.
Se hizo un silencio denso. El peso de Emma y la boda flotaba entre nosotros, pero por otra vez, no era lo único importante.
—¿Vas a tenerlo? —pregunté, con el corazón martilleando en mis oídos.
Jane me miró fijamente. No había exigencia en sus ojos, pero sí una determinación serena.
—No sé si puedo amar este embarazo ahora mismo, pero no se si puedo deshacerme de él.
Me levanté, sintiendo que el aire de la oficina se agotaba. La culpabilidad hacia Emma me asfixiaba, pero la responsabilidad hacia Jane y su trauma me paralizaba. Ella no me estaba atacando, y eso era mucho peor; me estaba mostrando las piezas rotas de una confianza que yo no sabía cómo reparar.
—Tengo que pensarlo—logré decir, sintiéndome como un cobarde.
—Lo sé —respondió ella, volviendo la vista al ventanal.
#5664 en Novela romántica
#493 en Joven Adulto
silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026