Siete días. Siete días en los que aprendí que el tiempo no es una línea, sino un círculo que se estrecha alrededor de tu cuello.
La mañana del lunes fue la peor. Desperté al lado de Emma y, por un segundo, lo olvidé. Pero luego sentí el peso del vacío en mi mano, la falta de un anillo que ahora me parecía un juicio pendiente, y la realidad me golpeó como una descarga eléctrica. Desayunamos en silencio. Ella hablaba sobre el color de las mantelerías; yo asentía mientras contaba los segundos para salir de casa, huyendo de una mujer a la que amaba y que, sin saberlo, ya vivía con un extraño.
En la oficina, el aire era irrespirable. Jane y yo perfeccionamos el arte de la invisibilidad. Trabajábamos a metros de distancia, intercambiando correos sobre presupuestos y facturas, mientras el secreto gritaba en cada silencio. Cada vez que ella entraba a dejarme un informe, yo evitaba mirar su vientre, como si mis ojos pudieran acelerar el tiempo o confirmar mi ruina. No había bofetadas, no había gritos. Solo esa cortesía profesional que me hacía querer gritar.
El miércoles fue el día de la negación. Me convencí de que la clínica se había equivocado. Pasé horas en internet buscando tasas de falsos positivos, aferrándome a estadísticas absurdas mientras Emma me enviaba fotos de ramos de flores al móvil. Borraba sus mensajes al instante. Sentía que si los dejaba ahí, mi teléfono explotaría por la presión de tanta hipocresía.
Para el viernes, la fatiga física era total. Mi madre, Lorena, me llamó tres veces; no le devolví la llamada. Sabía que ella detectaría el temblor en mi voz en un segundo.
Por las noches, la farsa continuaba. Cenar con Emma se convirtió en una actuación de teatro digna de un premio. Me reía cuando ella hacía una broma, probaba el vino que no me sabía a nada y la besaba antes de dormir con una sensación de náuseas que no me abandonaba. Me quedaba despierto hasta la madrugada, mirando el techo, pensando en Jane, en su trauma superado y en cómo el acto de mayor confianza que alguien había tenido conmigo se había convertido en la mayor tragedia de mi vida.
Llegué al séptimo día convertido en un fantasma. Ya no era un hombre con un secreto; era un secreto disfrazado de hombre. La semana se había acabado. El tiempo de pensar se había agotado. Solo quedaba el abismo, y yo estaba justo en el borde, esperando el primer soplido del viento para caer.
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La cena estaba servida, pero el aroma del asado me resultaba insoportable. Emma estaba sentada frente a mí, radiante, repasando con el dedo la lista de invitados que había impreso esa tarde. No podía más. El silencio de la oficina de Jane, el sobre arrugado en mi cajón y esa semana de mentiras se habían condensado en una presión física en mi pecho que me impedía tragar.
—Emma —dije. Mi voz sonó como el crujido de una rama seca.
Ella levantó la vista y me sonrió. Esa sonrisa era un puñal; era la confianza pura que yo estaba a punto de incinerar.
—¿Sí, mi amor? Por cierto, tu madre llamó. Lorena dice que nos tiene una sorpresa para la cena de ensayo, pero no quiso soltar prenda.
—Emma, escúchame —apoyé las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos para que no viera el temblor—. Tengo que decirte algo. Algo... algo que pasó. No sé cómo empezar, pero no puedo seguir fingiendo que todo está bien.
El rostro de Emma cambió. La alegría se desvaneció, reemplazada por una confusión teñida de miedo. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—Thomas, me estás asustando. ¿Qué pasa? ¿Es por la boda? ¿Te arrepientes?
—No es la boda, es... es sobre mí. Sobre una noche en la que cometí el error más grande de mi vida. Emma, yo... Jane...
El nombre de Jane quedó suspendido en el aire, vibrando como una cuerda a punto de romperse. Emma abrió la boca para hablar, sus ojos empezaron a humedecerse, y yo sentí que el peso del mundo estaba a punto de liberarse. Iba a decírselo. Iba a confesar el embarazo y la traición.
En ese preciso instante, mi teléfono, olvidado sobre la encimera de la cocina, empezó a vibrar con una violencia frenética. El tono de llamada de urgencia de la oficina rompió el silencio como una sirena.
—No contestes —suplicó Emma, con la voz quebrada—. Thomas, mírame y termina de decir lo que ibas a decir.
Pero el teléfono no dejaba de sonar. Una, dos, tres llamadas seguidas. Luego, el teléfono de Emma también vibró. Ella frunció el ceño y, por puro instinto, alargó la mano para ver la pantalla.
—Es tu madre —dijo ella, con el rastro de las lágrimas aún en las mejillas—. Thomas, Lorena me está llamando a mí. Debe ser algo grave.
Ella descolgó antes de que yo pudiera detenerla. El momento se evaporó. La confesión quedó sellada en mi garganta, y vi cómo el rostro de Emma pasaba del miedo de confesión a un pánico totalmente distinto mientras escuchaba los gritos de mi madre al otro lado de la línea.
—¿Qué? ¿Lorena? ¡Tranquilízate! ¿Dónde estás?
Me quedé allí sentado, con la verdad quemándome la lengua, entendiendo que el destino acababa de darme un respiro que se sentía como una condena a muerte. Emma soltó el teléfono sobre la mesa como si quemara. Su rostro, que hace un segundo estaba al borde de las lágrimas por mi confesión a medias, ahora estaba lívido, despojado de todo color.
—Es tu padre, Thomas —susurró, con los ojos desorbitados—. Lorena dice que se ha desplomado en la cena. Están en la ambulancia camino a urgencias.
El aire se escapó de mis pulmones. Por un segundo, el embarazo de Jane y la traición se hundieron en un pozo oscuro, reemplazados por el miedo primitivo de perder a mi padre. Pero inmediatamente después, el peso volvió, doblemente pesado. Dios, el momento no podía ser más cruel.
—Tenemos que irnos. ¡Ahora! —Emma ya estaba agarrando las llaves del coche, moviéndose por puro instinto—. Thomas, muévete, ¡vamos!
Me puse de pie, pero mis piernas se sentían como si estuvieran hechas de plomo. La confesión que tenía en la punta de la lengua se sentía ahora como un veneno que no podía escupir. ¿Cómo iba a decirle a Emma que la había engañado y que mi asistente estaba embarazada mientras corríamos hacia el hospital para ver si mi padre seguía vivo? Sería un asesinato emocional.
—Thomas, ¿qué estabas diciéndome? —se detuvo un segundo en la puerta, mirándome con una mezcla de angustia y urgencia—. Dijiste que cometiste un error... algo sobre Jane...
Miré a Emma. Vi la desesperación en sus ojos por su suegro y la chispa de la duda que yo mismo había plantado hace un minuto. La máscara de la normalidad, que yo tanto odiaba, era ahora mi única opción para no destruir a toda mi familia en medio de una tragedia médica.
—Nada —mentí, y sentí cómo mi alma se marchitaba un poco más—. Solo que Jane cometió un error grave con los pagos de la boda y me ha tenido de los nervios toda la semana. No importa ahora. Vamos al hospital.
La mentira salió de mi boca con una facilidad aterradora. Emma asintió rápidamente, aceptando la explicación porque su cerebro no tenía espacio para más dolor. Salimos del apartamento y el frío de la noche me golpeó la cara.
Mientras conducía a toda velocidad por las calles de la ciudad, con Emma sollozando en el asiento del copiloto, me di cuenta de mi nueva realidad: el destino no me había dado un respiro, me había dado una prórroga en el infierno. Ahora no solo tenía que ocultar el embarazo de Jane; tenía que rezar por la vida de mi padre mientras fingía ser el hijo y el prometido perfecto en la sala de espera de un hospital.
En el bolsillo, el teléfono volvió a vibrar. No era mi madre. Era un mensaje de texto de Jane:
"Necesito verte mañana. No puedo hacer esto sola".
Cerré los ojos un segundo, deseando que el asfalto se abriera y me tragara. La tormenta perfecta acababa de empezar.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026