El Peso del Silencio

Capítulo XV

El sueño me atrapó como una marea negra.
Estaba en el altar. El olor de las peonías de Emma era tan intenso que me asfixiaba. Llevaba mi traje de novio, pero me sentía desnudo. Al final del pasillo, una figura caminaba hacia mí. No era Emma. Era Jane. Llevaba un vestido de novia que se tornaba rojo a la altura del vientre, una mancha que se extendía como si el desgarre de su amiga se hubiera convertido en su propia herida.
—Thomas —susurró ella, y su voz sonaba como el pitido de un monitor cardíaco.
Me giré buscando a mi padre, pero él estaba tendido en el primer banco de la iglesia, conectado a cables que salían de mi propio pecho. Cada vez que yo intentaba dar un paso hacia Jane, el monitor de mi padre se aceleraba. Si la tocaba a ella, lo mataba a él.
De repente, Emma apareció a mi lado. No estaba llorando; simplemente me miraba con esos ojos limpios mientras me ponía un anillo en el dedo. Pero el anillo no era de oro, sino de cristal afilado. Al deslizarlo, me cortó la piel y la sangre empezó a manchar la lista de invitados.
—¿Por qué no nos lo dijiste? —preguntaron los tres a la vez. Sus voces se entrelazaron en un estruendo insoportable.
Sentí que el suelo de la iglesia desaparecía y que caía en un vacío lleno de sobres blancos que volaban como pájaros ciegos. Intenté gritar que lo sentía, que solo quería protegerlos, pero de mi boca solo salía arena.
Me desperté de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas y la frente empapada en sudor frío. Emma estaba a mi lado, durmiendo con la cabeza apoyada en mi hombro, ajena a la carnicería que acababa de ocurrir en mi mente.
Miré el reloj de la pared. Las 6:45 AM. En poco más de una hora, tendría que enfrentarme a la realidad de Jane, y la sensación de que el cristal del anillo seguía cortándome el dedo no desaparecía.
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El despertador de Emma sonó a las 7:30 AM, pero yo ya estaba con los ojos clavados en las sombras del techo. Me moví con la cautela de un ladrón, deslizándome fuera de las sábanas antes de que ella pudiera estirar la mano y notar el calor que faltaba en mi lado de la cama.
Me vestí en el salón, a oscuras. Cada sonido —el roce de la tela de mi pantalón, el clic de la cafetera que decidí no encender— parecía una alarma denunciando mi huida. Antes de salir, me detuve en el umbral del dormitorio. Emma dormía con la cara hundida en la almohada, ajena a que el hombre que amaba estaba a punto de cruzar una línea de la que no se vuelve. La culpa me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyarme en el marco de la puerta. Estaba abandonando el santuario de nuestra vida para ir al encuentro de mi propia destrucción.
Salí del apartamento y el frío de enero me cortó la cara como un recordatorio de la realidad. El aire sabía a metal y a lluvia reciente.
Conduje por las calles desiertas de la ciudad, sintiendo que el coche se movía por inercia. Mi mente seguía atrapada en el sueño del anillo de cristal, y el tacto del volante se sentía extraño en mis manos. Aparqué a dos calles del café, ocultando mi vehículo como si fuera una prueba delictiva. No quería que nadie de la oficina, ningún madrugador con ganas de cotilleo, pudiera atar cabos.
Caminé hacia el lugar con el cuello del abrigo subido y la mirada baja. El café era un establecimiento pequeño, con los cristales empañados por el calor interior y un aroma a grano tostado que, en cualquier otra circunstancia, me habría resultado reconfortante. Hoy, me revolvía el estómago.
Entré y la campana de la puerta anunció mi llegada con una estridencia que me hizo tensar los hombros. Escaneé el lugar rápidamente. Al fondo, en una mesa de rincón protegida por una columna, la vi.
Jane no llevaba su ropa habitual de trabajo. Vestía un jersey de lana gris que parecía envolverla, haciéndola lucir más pequeña, más frágil. Sostenía una taza entre sus manos, mirando fijamente el vapor que subía de ella. No había rastro de maquillaje en su rostro, y las ojeras que marcaban sus ojos eran el espejo exacto de las mías.
Me acerqué, sintiendo que el suelo de madera crujía bajo mis pies como si estuviera caminando sobre huesos. Al notar mi presencia, ella levantó la vista. No hubo sonrisa, ni reproche; solo una transparencia absoluta que me desarmó.
Me senté frente a ella sin decir una palabra. El espacio de la mesa se sentía como un abismo insalvable.
—Has venido —dijo ella. Su voz era apenas un susurro que cortaba el ruido de la máquina de café al fondo.
—Por su puesto—respondí, y mi voz sonó ronca, cargada de una semana de mentiras y falta de sueño—. Lo siento, Jane. Por todo.
Ella bajó la mirada a su taza y luego volvió a mirarme a los ojos, con una valentía que yo no poseía.
—Lo sé —murmuró—. Pero el "lo siento" no va a detener lo que está pasando aquí dentro.
Bajé la vista hacia su vientre, oculto bajo la mesa y el jersey grueso, y sentí que el mundo entero se detenía. La gente a nuestro alrededor reía y pedía sus desayunos, totalmente ajena a que en ese rincón oscuro, mi vida con Emma estaba terminando y una nueva, aterradora e irreversible, acababa de empezar.




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