Jane dejó la taza sobre la mesa con un clic seco que resonó en mi cráneo. Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre nosotros, y sus ojos se volvieron dos esquirlas de cristal, decididas y gélidas.
—Ya está decidido. He hablado con una clínica. Es mañana a las diez. —dijo, y su voz no tembló.
Me quedé congelado. Mis pulmones se negaron a expandirse, como si el aire del café se hubiera convertido en cemento. La palabra "mañana" golpeó contra la pared de mi mente una y otra vez.
—He planificado todo —continuó ella, su tono era clínico, casi como si estuviera organizando mi agenda de la oficina, pero había un rastro de pánico en la rapidez de sus palabras—. Ya he pagado la reserva.Pero...
Hizo una pausa y, por primera vez, su máscara de hierro se agrietó. Sus manos volvieron a buscar el calor de la taza, apretándola con fuerza.
—No tengo a nadie en esta ciudad. Mi madre está a mil kilómetros. No puedo entrar ahí sola. No puedo salir de ahí y subirme a un taxi sola después de... después de todo.
La miré, pero no la veía.
—Necesito que me acompañes —sentenció ella—. No como mi pareja. Como el hombre que estuvo allí esa noche. Solo quiero que estés en la sala de espera y que me lleves a casa después. Es lo únuco que te voy a pedir.
No pude responder. El shock me había arrebatado el lenguaje. Sentí una náusea súbita, un mareo que hizo que las luces del local empezaran a parpadear en la periferia de mi visión. Mi mente, que durante una semana había imaginado mil finales desastrosos, no estaba preparada para la crudeza de este pragmatismo.
—Thomas —murmuró ella, alarmada por mi palidez—. ¿Estás bien?
Quise decir algo. Quise decirle que mañana tenía una prueba de menú con Emma, que mi vida era de cristal y que ella acababa de soltar una piedra enorme sobre nosotros. Pero no salió nada. Solo me quedé allí, sentado, con el corazón latiendo en la punta de los dedos y una sensación de vacío tan profunda que sentí que, si me movía, me desintegraría.
Las palabras de Jane —clínica, mañana, decidido— golpearon mis oídos, pero no llegaron a mi intelecto. Se clavaron directamente en un lugar más profundo, uno que no sabía que existía hasta este segundo. El rostro de Emma, mi boda, mi carrera... todo eso se borró, dejando solo una imagen nítida en el centro de mi pecho: una vida. Una vida que era mitad mía.
El shock no fue por el secreto, sino por la pérdida inminente.
—¿Mañana? —logré articular. Mi voz no era la de un hombre asustado, sino la de alguien que acaba de recibir un golpe físico en el estómago.
Jane asintió, manteniendo esa calma práctica que ahora me resultaba insoportable.
—Es lo mejor, Thomas. No hay otra salida. Tú tienes tu vida, yo tengo mis miedos... es lo lógico.
«¿Lógico?», gritó algo dentro de mí. Por primera vez en una semana, dejé de ver el embarazo como una sentencia de cárcel y empecé a verlo como un ser. Un ser que, a pesar del caos, de la traición y del trauma, era real. Un impulso de protección, primitivo y feroz, me recorrió la columna, erizándome la piel.
—No —dije, y esta vez mi voz fue firme, cargada de una urgencia que me sorprendió a mí mismo—. Jane, ni siquiera lo hemos hablado. No puedes simplemente... borrarlo.
Ella me miró con desconcierto. Probablemente esperaba alivio en mi rostro, una exhalación de gratitud porque el "problema" iba a desaparecer. Pero yo solo podía pensar en la fragilidad de lo que ella llevaba dentro. Me imaginé a ese bebé, una mezcla de nosotros dos, y la idea de que mañana a las diez dejara de existir me produjo un dolor físico, una asfixia real.
—¿Qué estás diciendo, Thomas? —Jane bajó la voz, mirando a los lados—. Dijiste que esto arruinaría todo.
—Me equivoqué —me incliné sobre la mesa, buscando sus ojos con una desesperación que bordeaba la súplica—. Estaba asustado, pero no es un error de oficina, Jane. Es un hijo. Mi hijo.
La palabra "hijo" salió de mi boca con un peso sagrado. El deseo de protegerlo, de envolverlo en una armadura y alejarlo de esa clínica, se volvió una obsesión instantánea. En ese momento, no me importaba el escándalo ni el final de mi compromiso; solo me importaba el latido que aún no escuchaba, pero que ya sentía como propio.
—No puedes ir sola porque no deberías ir —continué, con el corazón martilleando contra mis costillas—. Dame tiempo. Hablemos de esto de verdad. No dejes que el miedo a lo que pasó con tu amiga decida por la vida de alguien que... que es mi hijo y debo proteger.
Jane se quedó inmóvil, con la taza suspendida en el aire. El silencio entre nosotros ya no era de complicidad, sino de una batalla interna. Yo la miraba fijamente, rogando en silencio, sintiendo que cada segundo que pasaba era un segundo menos de vida para ese bebé que, contra todo pronóstico, se había convertido en mi única prioridad.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026