El Peso del Silencio

Capítulo XVIII

El frío de la mañana me calaba los huesos, pero era un castigo justo. No había pegado ojo en toda la noche; cada vez que cerraba los párpados, veía la mancha de café sobre el mantel y escuchaba el eco de su voz llamándome cobarde. Y tenía razón. El motor de mi coche llevaba apagado media hora, pero el vaho de mi respiración seguía empañando el parabrisas, encerrándome en una burbuja de culpa.
Cuando el portal del edificio se abrió, el corazón me dio un vuelco contra las costillas. Jane salió envuelta en un abrigo gris, con los hombros hundidos y la mirada perdida en el pavimento. Se veía tan pequeña, tan frágil, que sentí una punzada de odio hacia mí mismo.
Me bajé del coche antes de que pudiera alejarse.
—¡Jane! —mi voz sonó ronca, rota por el cansancio.
Ella se detuvo en seco. No se dio la vuelta de inmediato; vi cómo su espalda se tensaba, cómo sus manos se cerraban en puños dentro de los bolsillos. Cuando finalmente se giró, su rostro era una máscara de cansancio. No había la furia de ayer, solo una indiferencia que dolía mucho más.
—Vete a casa, Thomas —dijo, y su voz apenas fue un susurro en el aire helada.
—No he venido a darte un discurso —dije, dando un paso hacia ella, aunque me detuve a una distancia prudente. No quería que se sintiera acorralada—. He pasado la noche pensando en lo que dijiste. En los siete días. En Emma. En mi silencio.
Ella soltó una risa seca, carente de humor.
—¿Y has llegado a alguna conclusión brillante? ¿O solo vienes a calmar tu conciencia antes de ir a la oficina?
—He llegado a la conclusión de que ayer te pedí que fueras madre cuando yo no estaba siendo un hombre —admití, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Tienes razón: llegué tarde. Pero estoy aquí ahora. No como el tipo que quiere salvar su imagen, sino como el que no piensa dejarte dar un paso más sola en esto. Decidas lo que decidas.
Jane me miró a los ojos y, por un segundo, la máscara de hielo se agrietó. Vi el brillo de las lágrimas contenidas, las mismas que ayer se negó a soltar.
—Tengo una cita a las diez —dijo de pronto, desviando la mirada hacia la calle vacía—. Es en una clínica al otro lado de la ciudad.
El aire se me escapó de los pulmones. Un pánico primario me recorrió la columna, pero lo reprimí. Ayer habría intentado convencerla; hoy, solo me limité a abrir la puerta del copiloto de mi coche.
—Súbete —le pedí con suavidad—. Yo te llevo.
—No sé qué voy a hacer cuando llegue allí —advirtió ella, con la voz quebrada.
—No importa. Estaré en la sala de espera. O en la puerta. O donde me permitas estar. Pero ya no vas a estar sola en esto, Jane. Eso se acabó ayer.
Ella dudó, mirando la puerta abierta del coche como si fuera una balsa en medio de un naufragio. Finalmente, caminó hacia mí. No me miró al entrar, pero cuando cerré la puerta y rodeé el vehículo, supe que aquel trayecto en silencio sería el más largo y real de toda mi vida.




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