El aire fuera de la clínica ya no se sentía gélido, o quizás era que mi sangre finalmente había vuelto a circular. Caminamos hasta un pequeño café de techos altos y aroma a canela tostada, un refugio de madera y luz cálida que parecía aislarnos del resto del mundo.
Nos sentamos en una mesa al fondo, junto a un ventanal empañado por el vapor. Por primera vez en ocho días, el silencio entre nosotros no era una trinchera, sino un puente.
—Dos, Thomas… —susurró ella, rompiendo la calma.
La miré y sentí un vuelco en el estómago que no tenía nada que ver con el café que acababan de servirnos. El alivio de haber pronunciado las palabras «vamos a tenerlos» en el consultorio la había transformado. Su piel, usualmente de una palidez de porcelana que delataba su cansancio, estaba ahora encendida por un rubor natural, una llamarada de vida que le subía por el cuello y le teñía las mejillas.
Jane soltó una pequeña risa nerviosa, y entonces la vi de verdad. Al reír, sus labios —llenos, suaves, dibujados con una precisión casi dolorosa— se separaron para mostrar sus dientes blancos y perfectos. Fue como si una luz se encendiera dentro de ella. Sus ojos, negros como el azabache, ya no eran dos pozos de reproche; ahora brillaban con una intensidad eléctrica, reflejando las bombillas del local como si guardara galaxias enteras en su mirada.
—Todavía no puedo creerlo —dije, extendiendo la mano sobre la mesa.
Ella aceptó el contacto. Sus manos eran elegantes, de dedos largos y finos, con esa gracia natural que siempre había admirado. Sentir su piel contra la mía, después de tanto tiempo, fue como volver a casa. Noté que su cabello corto, que solía llevar rígidamente peinado para la oficina, estaba un poco más largo, con algunos mechones rebeldes acariciándole la nuca. Ese pequeño detalle de descuido la hacía ver más real, más mía, más madre.
—He tenido tanto miedo, Thomas —dijo, y su voz, esa voz que ayer cortaba como un vidrio roto, ahora era un murmullo aterciopelado, vibrante—. Pero cuando vi esos dos latidos en la pantalla… algo cambió aquí dentro. Ya no era una idea aterradora. Eran ellos.
—Son ellos —corregí, apretando sus dedos—. Y lamento tanto haber tardado tanto en despertar, Jane. No sé qué me pasó, pero te prometo que nunca vas a tener que mirar esa pantalla sola.
Ella se inclinó hacia adelante, y por un segundo, el mundo exterior desapareció. El tintineo de las cucharas y el murmullo de la gente se desvanecieron ante el brillo de sus ojos negros.
—¿Dos? —repitió, y esta vez la risa fue plena, una nota musical que me llenó el pecho—. Dios mío, Thomas.
Me reí con ella, sintiendo una dicha absurda y poderosa. En ese café, rodeados de desconocidos, nos convertimos en padres. La miré de nuevo, detallando la curva de su sonrisa y el brillo de su piel sonrojada.
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La luz de la tarde comenzaba a desvanecerse mientras conducía de vuelta a la ciudad. Dejé a Jane en la puerta de su edificio, prometiéndole un mensaje de texto más tarde, y el viaje de regreso a mi "vida normal" se sintió como entrar en un túnel oscuro.
Aparqué mi coche frente al edificio que compartía con Emma. Un edificio elegante, con portero y ventanales que daban al parque; el epítome de la vida perfecta que había construido meticulosamente y que ahora se desmoronaba a mi alrededor. El motor del coche seguía encendido, su suave vibración la única compañía en el silencio ensordecedor del auto.
Me quedé allí, con la mano en el tirador de la puerta, pero incapaz de ejercer la fuerza para abrirla. Un sentimiento de culpa tan abrumador y físico se instaló en mi estómago que me costaba respirar. Era un veneno frío que contrastaba violentamente con la calidez del café y el brillo en los ojos de Jane.
Arriba, en nuestro apartamento, Emma probablemente estaría preparando la cena, ajena a que su prometido acababa de decidir ser padre de gemelos con otra mujer. Veía las luces del cuarto piso, y cada bombilla era un recordatorio de mi traición.
El brillo de Jane, sus labios llenos y sus ojos negros llenos de esperanza, contrastaban con la imagen de Emma, con su risa fácil y su confianza ciega en mí. Me sentía como un fraude monumental. Había vivido unas horas en la nuves, pero ahora la realidad pesaba una tonelada.
No podía moverme. Estaba paralizado por la hipocresía. ¿Cómo podía entrar, besar a Emma y hablar de flores y listas de invitados, cuando mi corazón y mi futuro se acababan de sellar en un café con Jane? El asiento de cuero se sentía pegajoso y mi ropa, la misma ropa que había usado para acompañar a Jane a su cita médica, olía a culpa y a ese gel frío de la ecografía.
Miré mi teléfono. Tenía un mensaje de Jane: "Gracias, Thomas". Su gratitud me hundió aún más. Ella se había sentido abandonada, pero ahora, en su vulnerabilidad, me había ofrecido un hilo de confianza. Y yo estaba a punto de volver a la mujer a la que estaba traicionando.
El motor seguía en marcha. Un transeúnte pasó, me miró, y siguió su camino. Me sentía atrapado en esa burbuja de metal, incapaz de enfrentarme a las consecuencias de mis acciones. La vida que tenía arriba me esperaba, pero la vida que acababa de nacer estaba a kilómetros de distancia, y ambas chocaban con la fuerza de una explosión.
Cerré los ojos, con el pecho apretado. No podía entrar. No esta noche. No hasta que supiera cómo mirar a Emma a los ojos y destruir su mundo entero. Apreté el tirador de la puerta una vez más, pero mi mano se quedó congelada, incapaz de dar el paso final.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026