Solté el volante y apagué el motor. El silencio resultante fue peor que el ruido; era un vacío que me exigía respuestas que aún no tenía. No podía subir. No podía fingir que nada había pasado mientras el eco de los dos latidos seguía retumbando en mis oídos. Mis manos, que aún conservaban el rastro del calor de Jane, temblaban al imaginar el contacto con Emma.
Arranqué el coche de nuevo, con movimientos mecánicos. Metí la marcha y me alejé del edificio, sintiendo que cada metro de distancia era un respiro de oxígeno robado. Conduje sin rumbo hasta que vi el letrero de un hotel boutique en una calle secundaria. Era lo suficientemente discreto, lo suficientemente anónimo para un hombre que necesitaba desaparecer de su propia vida.
Una vez en la habitación, me senté en el borde de la cama, rodeado de paredes de un color crema aséptico que no me decían nada. Saqué el teléfono. La pantalla brillaba con la notificación del mensaje de Jane.
“Gracias, Thomas”.
Leí las palabras una y otra vez. Visualicé su rostro sonrojado en el café y recordé su vulnerabilidad. No quería que el trabajo la arrastrara de nuevo a la frialdad de la oficina, a los informes y a las miradas que yo mismo le había dedicado con indiferencia.
“Jane, descansa mañana. No vayas a trabajar”, escribí, midiendo cada letra. “Me encargaré de que RR.HH. lo gestione como un asunto personal urgente. Necesitas procesar todo esto con calma. Te escribo por la mañana”.
Al enviarlo, sentí una pequeña chispa de redención, pero se extinguió de inmediato al ver el nombre de Emma en mi lista de contactos. Tenía tres llamadas perdidas de ella. La culpa me apretó la garganta. Bloqueé el teléfono, lo puse sobre la mesa de noche y luego, tras un minuto de cobardía, volví a tomarlo. Tenía que decir algo.
“Emma, lo siento mucho”, tecleé, con el estómago revuelto por la facilidad con la que la mentira fluía de mis dedos. “Surgió una crisis de última hora con el servidor de la oficina de la zona norte. Estoy en la sede central con el equipo de soporte técnico y parece que estaremos aquí toda la noche. Prefiero quedarme en un hotel cerca de la oficina para no despertarte cuando termine de madrugada. Te quiero, descansa”.
Arrojé el teléfono sobre la colcha como si quemara. Ignorar a Jane durante una semana me había parecido un acto de supervivencia, pero mentirle a Emma ahora, después de haber visto a mis hijos en esa pantalla, se sentía como una amputación.
Me quité la chaqueta y me tumbé en la cama, mirando el techo desconocido. En la oscuridad del hotel, la dicha de ser padre y el horror de ser un traidor se entrelazaban en un nudo ciego. Estaba a salvo por una noche, protegido por cuatro paredes pagadas con tarjeta de crédito, pero sabía que el amanecer traería la verdad, y que ninguna excusa podría detener el derrumbe de mi mundo perfecto.
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Entré en el apartamento intentando que el sonido de mis llaves no delatara el temblor de mis manos. El aire olía a velas aromáticas de jazmín y a algo horneándose, un olor a hogar que en cualquier otro momento me habría dado paz, pero que hoy me asfixiaba.
—¿Thomas? —la voz de Emma llegó desde el salón, cargada de una alegría que me dolió como un tajo.
Apareció por el pasillo con un vestido ligero y el cabello recogido en esa coleta perfecta que siempre llevaba. Se acercó a mí con los brazos abiertos y me rodeó el cuello. Al besarme, cerré los ojos con fuerza. Su perfume era dulce, floral, demasiado pulcro. En mi mente, todavía estaba atrapado en el aroma a café y lluvia de Jane, en el calor de su piel sonrojada y en la vibración de su voz cuando dijo: “Son dos”.
—Te extrañé anoche —susurró ella contra mis labios—. La cama se sentía inmensa. Menos mal que esa crisis del servidor ya pasó.
—Sí… fue una noche larga —mentí, sintiendo que la lengua se me pegaba al paladar.
—Ven, tengo una sorpresa.Me llevó de la mano hacia el comedor. Sobre la mesa, entre copas de cristal y una cena que no merecía, estaban los planos del salón de nuestra boda. Había muestras de encaje para los manteles y una lista de nombres escrita con la caligrafía impecable de Emma.
—He estado organizando la distribución de las mesas —dijo, señalando los papeles con entusiasmo—. He puesto a tus padres cerca del escenario para que no se pierdan el brindis. ¿Qué te parece?
Miré el papel y sentí que el mundo se distorsionaba. Aquellos nombres eran etiquetas de una vida que ya no me pertenecía. En lugar de ver "Mesa 1: Familia del novio", mi mente proyectaba la imagen granulada y gris de la ecografía. Dos luces blancas. Dos corazones latiendo al unísono.
—Está bien, Emma. Todo es… perfecto —logré decir, aunque la palabra "perfecto" me supo a ceniza.
—¿Solo «bien»? —Ella se detuvo y me miró con el ceño fruncido, su mano acariciando mi brazo—. Estás muy distante, Thomas. Tienes los ojos en otro lugar. ¿Seguro que no te pasó nada en la oficina?
—Solo estoy cansado, de verdad.En ese momento, mi teléfono, que había dejado sobre la mesa de madera junto a los planos de la boda, vibró con una insistencia agresiva. La pantalla se iluminó.
Era una notificación de mensaje de Jane.
El corazón me dio un vuelco. Emma estaba más cerca del teléfono que yo. Extendió la mano, no para leerlo, sino para pasármelo, pero mis reflejos me traicionaron. Salté casi sobre la mesa para agarrarlo antes que ella. El movimiento fue tan brusco que mi copa de agua se tambaleó.
Emma retrocedió, sorprendida por mi reacción defensiva. Sus ojos, antes llenos de cariño, se entornaron con una chispa de sospecha que nunca antes había visto.
—Vaya… —murmuró, cruzándose de brazos—. Parece que ese servidor sigue dando problemas incluso en tu tiempo libre. ¿Quién es, Thomas?
Con el pulso a mil, desbloqueé la pantalla bajo su mirada inquisidora. Era una foto de Jane. No de ella, sino de la imagen impresa de la ecografía que se había llevado a casa. Debajo, un texto corto: “No puedo dejar de mirarlos”.
Sentí un sudor frío empaparme la nuca. Emma me observaba, esperando una respuesta, mientras yo sostenía en mi mano la prueba física de mi doble vida, oculta apenas por unos píxeles, justo encima de los planos de nuestro futuro matrimonio.
—Es del trabajo —dije, y mi voz sonó demasiado aguda—. Un error en el código que… que tengo que revisar ahora mismo.
Emma no se movió. Se quedó allí, en silencio, mirando el teléfono y luego mi rostro, como si estuviera buscando la grieta por la que finalmente se filtrara toda la verdad. La tensión en la sala era tan espesa que se podía cortar con el mismo cuchillo que ella había usado para la cena. Estaba a un paso del abismo, y el peso de los secretos empezaba a inclinarme hacia el vacío. Sali de casa y las cuatro paredes de esa habitación de hotel me volvieron a recibir.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026