La mañana del miércoles en la oficina se sentía como caminar sobre un campo de minas. Jane había regresado, pero bajo mi insistencia de que "se lo tomara con calma", se movía con una lentitud grácil que solo yo sabía a qué se debía. Sin embargo, no fui el único que notó el cambio en ella.
Marcos, mi socio y supuestamente mi mejor amigo, estaba apoyado en el borde del escritorio de Jane cuando salí de mi despacho. Él lucía uno de esos trajes italianos que siempre le quedaban impecables y mantenía esa sonrisa de depredador encantador que solía usar en las galas benéficas.
—Vamos, Jane —decía Marcos, inclinándose un poco más hacia ella, invadiendo su espacio personal de una forma que hizo que se me tensara la mandíbula al instante—. Una cena para celebrar el cierre del contrato con los inversores coreanos. Te ves… diferente hoy. Hay algo en tu piel, un brillo. Sería un pecado no lucirlo en L'Avenue.
Me quedé petrificado a unos metros, con una carpeta en la mano que apreté hasta que el cartón crujió. Mis ojos se fijaron en la mano de Marcos, que jugueteaba con un bolígrafo sobre la agenda de Jane, rozando ocasionalmente sus dedos elegantes. Sentí una oleada de calor violento, una posesividad primitiva que me subió desde el estómago hasta la garganta.Jane levantó la vista y me vio. Sus ojos negros, ahora más profundos y brillantes, buscaron los míos por un segundo antes de volver a Marcos. Noté cómo se acomodaba un mechón de su cabello corto, ese que ahora estaba un poco más largo, y el gesto me pareció una invitación insoportable para mi socio.
—Marcos, tengo mucho trabajo acumulado —respondió ella con esa voz aterciopelada.
—El trabajo puede esperar, la belleza no —insistió Marcos, bajando el tono de voz a un susurro sugerente, mientras sus ojos recorrían descaradamente los labios llenos de Jane.
Di un paso adelante, el sonido de mis zapatos contra el suelo de mármol resonando como un disparo. Mi presencia cortó el aire. Marcos se enderezó, pero no se alejó de ella.
—Marcos, los informes de riesgo —dije. Mi voz salió más fría y autoritaria de lo que pretendía, cargada de una vibración metálica—. Los necesito en mi mesa ahora.
—Tranquilo, Tom, solo estoy convenciendo a Jane de que se merece un respiro —respondió él con una risita, sin quitarle la vista de encima a ella—. ¿No estás de acuerdo? Está radiante. Si yo fuera tú, le daría la tarde libre... y mi número personal.
El comentario me golpeó como un insulto físico. La idea de Marcos tocando su mano, de él sentándose frente a ella en una cena, me provocó un odio visceral. Quería agarrarlo por la solapa y sacarlo de allí, advertirle que ella no era una conquista más.
—Jane está bajo mi supervisión directa en este proyecto —sentencié, colocándome físicamente entre los dos, obligando a Marcos a retroceder un paso—. Y tiene prioridades que tú no entenderías. Vuelve a tu oficina.
Marcos alzó las cejas, sorprendido por mi hostilidad. Me miró de arriba abajo, detectando la tensión eléctrica en mis hombros, la forma en que mis dedos se cerraban en puños.
—Vaya, qué protector te has puesto de repente —soltó con una media sonrisa burlona antes de guiñarle un ojo a Jane—. Nos vemos luego, preciosa.
Cuando se alejó, el silencio que quedó entre Jane y yo era denso, casi sólido. Ella me miraba con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la confusión. Yo respiraba con dificultad, con el pecho agitado por una furia que no podía explicar sin delatarme. Quería decirle que no sonriera así, que no dejara que nadie más la viera de esa forma.
—Thomas… —susurró ella, notando cómo mis ojos seguían fijos en la espalda de Marcos con un hambre violenta.
—No quiero que vuelvas a hablar con él de nada que no sea estrictamente profesional —dije, sin mirarla, porque sabía que si lo hacía, la urgencia de reclamarla como mía frente a toda la oficina me ganaría la batalla contra la razón.
Me di la vuelta y regresé a mi despacho, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Me apoyé contra la madera, temblando. Estaba perdiendo el control. Este nuevo sentimiento —esta necesidad obsesiva de proteger a Jane de cualquier otro hombre— era un incendio que amenazaba con devorarlo todo antes de tiempo.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026