El estudio de mi padre siempre olía igual: una mezcla de papel viejo, tabaco de pipa y el aroma persistente de la cera para muebles. Era un refugio de orden en un mundo que para mí se estaba desmoronando. Lo encontré sentado en su sillón de cuero orejero, con una manta sobre las piernas que delataba su fragilidad, aunque sus ojos conservaban la agudeza de un juez.
—La presión está estable, Thomas. No pongas esa cara —dijo antes de que yo pudiera preguntar—. El médico dice que tengo corazón para otros diez años, o al menos para ver a mis nietos correr por el jardín.
Esa última frase me golpeó como un impacto físico. Me senté frente a él, intentando mantener la compostura, pero sentía que el peso de los dos latidos que había escuchado en la clínica me hundía contra el asiento.
—Me alegra oírlo, papá —contesté, aunque mi voz sonó distante, como si viniera de otra habitación.
Él dejó el libro sobre la mesa lateral y se ajustó las gafas, observándome con una fijeza que me puso nervioso. El silencio se prolongó, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de pared. Mi padre siempre había tenido la habilidad de leer los espacios entre mis palabras.
—Has estado mirando ese cuadro de la pared durante cinco minutos sin parpadear —dijo con voz pausada—. Viniste a preguntarme por mi salud, pero apenas has escuchado mi respuesta.
—Es solo el trabajo, la boda… ya sabes, el estrés acumulado.
—No me mientas, hijo. Te conozco desde antes de que supieras ocultar tus faltas. Tienes la misma mirada que cuando tenías diez años y rompiste el jarrón de tu madre: una mezcla de asombro y terror.
Se inclinó hacia adelante, y la luz de la lámpara acentuó las arrugas de su frente. Su mirada era compasiva, pero firme.
—Estás aquí, pero tu mente está en otro lugar. Y no es con Emma. Si fuera la boda lo que te preocupa, estarías quejándote de los presupuestos o del catering. Esto es diferente. Esto te está consumiendo desde adentro. ¿Qué es lo que no me estás diciendo, Thomas?
Me quedé mudo, apretando los antebrazos del sillón. La tentación de soltarlo todo, de confesar que el nieto que él tanto esperaba venía por duplicado pero en el vientre "equivocado", fue casi insoportable. Quería decirle que no era un jarrón lo que había roto, sino toda mi estructura de vida.
—Es solo que… las cosas se han vuelto muy complicadas de repente —susurré, bajando la vista al suelo.
—La vida nunca es complicada, Thomas. Nosotros la complicamos al intentar caminar por dos senderos distintos al mismo tiempo. Tarde o temprano, tendrás que elegir uno, o el bosque te tragará.
Mi padre volvió a recostarse, pero no me quitó la vista de encima. En su silencio había una pregunta que yo aún no me atrevía a responder, y la culpa, esa vieja conocida de los últimos días, volvió a instalarse en mi pecho, recordándome que el tiempo de las medias verdades se estaba agotando.
---
La noche del viernes, bajo la excusa de entregarle unos documentos que «no podían esperar», regresé a su apartamento. Pero al abrirse la puerta, el trabajo fue lo último en mi mente. Jane vestía una camiseta de algodón holgada y unos pantalones de yoga; se veía despojada de la armadura de la oficina, más real y más hermosa de lo que mis recuerdos habían registrado durante el día.
—He traído algo de comida —dije, levantando una bolsa de papel—. Supuse que no habrías tenido tiempo de cocinar.
Cenamos en el pequeño rincón de su cocina, bajo una luz cálida que suavizaba los ángulos de su rostro. El ambiente era tan distinto al de mi casa con Emma que me sentía como un buzo emergiendo a la superficie tras mucho tiempo sin aire.
Observé cómo Jane comía con un apetito renovado. Me fijé en la forma en que sus dedos largos sostenían el vaso de agua, en la elegancia natural de sus movimientos incluso en pijama. Cuando se reía de alguna anécdota irrelevante, sus ojos negros brillaban con una luz que me hacía querer detener el tiempo. Noté el leve rubor de su piel, ese resplandor de salud que la ecografía había confirmado, y sentí un tirón en el pecho que me asustó por su intensidad.
—Thomas, te has quedado callado otra vez —dijo ella, con una sonrisa ladeada que hacía que sus labios llenos se curvaran de una forma hipnótica.
—Solo… estoy procesando el día —mentí.
En realidad, estaba memorizando el lunar cerca de su oreja y la suavidad de su voz aterciopelada. Me levanté para ayudarla a recoger los platos y, en el estrecho espacio de la cocina, nuestras manos se rozaron. Fue un contacto eléctrico, breve, pero suficiente para que el aire entre nosotros se volviera denso.
Ella no retiró la mano de inmediato. Se quedó mirándome, y por un segundo, la barrera del "jefe" y la "empleada", del "comprometido" y la "embarazada", se disolvió. Solo éramos dos personas unidas por un secreto de dos latidos. Sentí una necesidad casi violenta de estrecharla entre mis brazos, de hundir mi rostro en su cabello corto y protegerla de todo, incluso de mí mismo.
—Gracias por venir —susurró ella. Su voz vibró en el aire, cargada de una ternura que me hizo sentir que me caía al vacío.
—No podría estar en otro sitio —respondí, y era la verdad más pura que había dicho en semanas.
Me obligué a apartar la mirada. No era el momento, ni tenía el derecho, pero mientras caminaba hacia la salida, sentí que mi corazón se quedaba allí, en esa cocina pequeña y desordenada.Me quedé unos segundos más en el umbral, con la mano en el pomo de la puerta, incapaz de irme. Jane no se movió de la cocina, y su silencio me retuvo. La atmósfera, antes cómoda, ahora estaba cargada con una electricidad palpable.
—Olvidé mi cartera en la mesa —dije, sintiéndome estúpido por la excusa.
Volví a entrar y me incliné para recogerla. Al enderezarme, ella estaba justo detrás de mí, en el estrecho pasillo. La proximidad me cortó la respiración. Estábamos tan cerca que podía sentir el leve calor que irradiaba su cuerpo y el aroma que se desprendía de su piel.
La luz tenue del pasillo, filtrándose desde la cocina, proyectaba sombras largas que distorsionaban el espacio entre nosotros. La conciencia de su presencia tan cerca era un peso en el aire. Mis ojos, sin querer, se encontraron con los suyos, y en esa conexión momentánea, un universo de emociones no dichas pareció desplegarse. Era una mezcla compleja de incomodidad, curiosidad y algo más, algo indefinible que vibraba entre nosotros.
Jane no se movió. Su respiración se hizo apenas perceptible, y vi cómo sus ojos negros reflejaban una quietud tensa que me hizo dudar de mi siguiente movimiento. No había reproche, no había ira; solo un silencio cargado que parecía exigir una respuesta que ninguno de los dos estaba dispuesto a dar.
Me incliné ligeramente, un movimiento involuntario nacido de la confusión y la necesidad de entender la extraña corriente que nos unía. Su rostro se alzó, no en anticipación, sino en una mirada de escrutinio que me desarmó. Estábamos en un punto de inflexión, un momento suspendido donde el silencio hablaba más que mil palabras. La tensión en el aire no era un grito, sino un susurro contenido, una pregunta sin formular.
Pero en ese instante, la realidad de la situación me golpeó. La imagen de la normalidad, de la rutina, parpadeó en mi mente. La conciencia de lo inapropiado me invadió. Me obligué a retroceder, rompiendo la intensidad del momento. Retrocedí un paso, luego otro, hasta que la distancia se sintió segura de nuevo, aunque la extraña energía que había flotado entre nosotros persistía.
Jane bajó la mirada rápidamente, un sutil cambio en su expresión mientras recuperaba la compostura.
—Sí… sí, claro —musitó, evitando mi mirada, sus palabras apenas audibles—. Ten cuidado al volver a casa.
—Lo haré. Descansa, Jane.
Salí del apartamento con la sensación de haber atravesado un campo de fuerza invisible. La puerta se cerró detrás de mí con un clic seco, dejando atrás la atmósfera cargada. Al caminar por el pasillo, con la mente revuelta, sabía que esa interacción, por breve y silenciosa que fuera, había cambiado algo. Al subirme al coche, el silencio fue mi juez: yo no quería estar con Jane por obligación, ni solo por los bebés.
#5664 en Novela romántica
#493 en Joven Adulto
silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 23.01.2026