El Peso del Silencio

Capítulo XXIV

La sospecha es un parásito que se alimenta del silencio, y esa noche, en nuestro apartamento, el silencio era ensordecedor.
Emma estaba sentada en el sofá, con una copa de vino tinto que no había probado y un catálogo de flores abierto sobre sus rodillas. Pero no estaba leyendo. Me observaba desde que crucé la puerta, con una fijeza que me hacía sentir como si tuviera el rastro del perfume de Jane grabado en la frente.
—Llegas tarde otra vez, Thomas —dijo ella. Su voz no era inquisitiva, sino plana, lo cual era mucho peor—. El equipo de soporte técnico debe de estar realmente encantado contigo.
—Hubo una complicación con los accesos remotos —mentí, dejando las llaves en la consola de la entrada. El sonido del metal contra el cristal resonó como un disparo—. Lo siento, Emma. Sabes cómo son estas entregas.
Ella cerró el catálogo con un golpe seco y se puso de pie. Caminó hacia mí con esa elegancia medida que siempre la caracterizaba, pero esta vez había algo gélido en su mirada. Se detuvo a escasos centímetros de mi pecho.
—¿Te pasa algo conmigo? —preguntó directamente, sin rodeos.
—¿De qué hablas? Es solo el cansancio, te lo he dicho mil veces.
—No, no es cansancio. Es otra cosa —ella extendió una mano y, con una delicadeza que me resultó aterradora, acomodó el cuello de mi camisa—. Estás aquí, pero no estás. Me besas como si estuvieras cumpliendo un contrato. Me miras y veo que estás calculando cuánto tiempo falta para poder irte a otra habitación.
Sentí que el aire se espesaba. Emma no era una mujer que gritara; ella diseccionaba. Sus dedos rozaron mi mandíbula y se detuvieron allí, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos, antes mi refugio, ahora eran espejos que me devolvían la imagen de un hombre que odiaba.
—Ese mensaje del otro dia… el del "trabajo" —continuó ella en un susurro—. Nunca te he visto saltar así por un problema de código. Parecía que estabas protegiendo un secreto de estado. O una vida entera.
—Emma, estás imaginando cosas —traté de retroceder, pero ella dio un paso más, invadiendo mi espacio, buscando ese rastro de traición que yo intentaba ocultar.
—¿La estoy imaginando? —su voz se quebró apenas un milímetro, dejando ver la grieta de dolor debajo de la desconfianza—. Porque siento que nuestra boda se ha convertido en un funeral. Siento que estoy planeando un futuro con un hombre que ya se ha mudado de casa, aunque su cuerpo siga durmiendo a mi lado.
Ella se acercó más, inhalando cerca de mi cuello, y por un segundo temí que pudiera oler la mentira, el perfume de Jane, o la culpa que emanaba de mis poros. Emma se alejó lentamente, con una expresión de profunda tristeza mezclada con una lucidez letal.
—Dime que todo está bien, Thomas —me pidió, y por primera vez vi una lágrima asomarse—. Dime que no estoy loca. Mírame a los ojos y júrame que este silencio es por el trabajo y no porque ya no me quieres.
Me quedé paralizado. La verdad quemaba en mi garganta; los dos latidos, los ojos negros de Jane, la ecografía oculta en mi teléfono. Podía decírselo ahora mismo, destruir el decorado de flores y encaje de una vez por todas. Pero el miedo me cosió los labios.
—Todo está bien—mentí, y sentí que algo moría definitivamente dentro de mí al ver cómo ella soltaba un suspiro de alivio que no merecía.
Emma me abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en mi hombro. Yo correspondí el abrazo, pero mis ojos se quedaron fijos en la oscuridad del pasillo. La sospecha de Emma no se había ido; solo la había anestesiado. Y mientras ella se aferraba a mí, yo solo podía pensar en que cada segundo que pasaba en esa casa era una traición a los dos mundos que estaba intentando sostener, y que pronto, muy pronto, la estructura entera se me vendría encima.




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