El Peso del Silencio

Capítulo X

El domingo por la tarde, la casa de mis padres se sentía como un tribunal de justicia decorado con porcelana fina. Mi madre había organizado un almuerzo "familiar íntimo" para discutir los últimos detalles de la boda, y el ambiente estaba cargado con una expectación que me revolvía el estómago.
—Thomas, querido, no has probado el cordero —dijo mi madre, observándome con esa agudeza maternal que siempre lograba desarmarme—. Estás pálido. ¿Es que el trabajo no te da tregua ni en fin de semana?
—Es solo un cierre de trimestre complicado, mamá —mentí, repitiendo la misma letanía que se había convertido en el guion de mi vida.
Mi padre, sentado a la cabecera, me miró por encima de sus gafas de lectura. No dijo nada, pero sus palabras del otro día —«tarde o temprano tendrás que elegir un sendero»— flotaban en el aire como una sentencia pendiente.
—Bueno, el trabajo es importante, pero este es el año más importante de tu vida —intervino mi madre, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta de lino—. He hablado con la florista de los Weston. Dice que las peonías blancas estarán en su punto para la fecha. Emma está encantada, aunque dice que tú pareces... distraído.Sentí el peso de la mirada de Emma, que estaba sentada a mi lado. Ella me tomó la mano por debajo de la mesa y la apretó. Sus dedos estaban fríos.
—Thomas solo necesita un descanso —dijo Emma, tratando de protegerme, aunque su voz carecía de la seguridad de antaño—. Una vez que pasemos por el altar, todo se calmará.
—Exactamente —asintió mi madre con una sonrisa radiante—. Un matrimonio sólido es la base de todo. Y pronto, si Dios quiere, esta mesa será más grande. Tu padre está impaciente por tener nietos que hereden este apellido, ¿verdad, Arturo?
Mi padre dejó los cubiertos con un tintineo seco sobre el plato. El sonido pareció resonar en todo el comedor.
—Lo que más deseo es que mi hijo sea un hombre de honor —dijo mi padre, clavando sus ojos en los míos—. Los nietos son una bendición, pero solo si nacen en un hogar donde la verdad es la primera piedra. Thomas, ¿estás construyendo sobre verdad?
El aire se volvió irrespirable. La presión de la mano de Emma se intensificó, y por un segundo, la imagen de Jane en el café, con sus ojos negros brillantes y su piel sonrojada por la dicha de los gemelos, inundó mi mente. El contraste era insoportable: aquí, el honor, las peonías blancas y el apellido; allá, la vida cruda, vibrante y complicada que latía por duplicado.—Por supuesto que sí, papá —mi voz sonó hueca, carente de toda convicción.
—Me alegra oírlo —continuó mi madre, ajena a la guerra silenciosa entre mi padre y yo—. Porque he estado pensando que la habitación del ala este de su nueva casa sería perfecta para un cuarto de niños. Podríamos empezar a decorarla después de la luna de miel.
Cada palabra de mi madre era un clavo más en el ataúd de mi doble vida. El deseo de mi padre por un heredero y la ilusión de mi madre por la "familia perfecta" estaban creando una jaula de la que no sabía cómo escapar. Mientras Emma sonreía ante la idea de la decoración, yo sentía que el secreto de Jane me quemaba el pecho, exigiendo salir, exigiendo que reclamara el derecho de esos dos bebés a no ser un "secreto" o una "complicación", sino los nietos que mi padre tanto anhelaba, aunque no de la forma que él esperaba.
Al terminar el almuerzo, mi padre me apartó un momento en el pasillo mientras las mujeres tomaban café.
—La mirada no miente, Thomas —me susurró, poniéndome una mano pesada en el hombro—. Esa carga que llevas te va a romper la espalda antes de que llegues al altar. Si tienes algo que decir, dilo antes de que el daño sea irreparable. El honor no es no cometer errores, sino tener el valor de enfrentarlos.
Me quedé allí, viendo cómo se alejaba hacia su estudio, sintiendo que el "hogar" que intentaba proteger se estaba convirtiendo en la prisión más lujosa del mundo.
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Entré en el estudio y cerré la puerta tras de mí. El clic de la cerradura resonó en el silencio. Mi padre estaba de espaldas, frente al ventanal que daba al jardín de invierno, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. El aroma a tabaco de pipa y madera vieja, que solía reconfortarme, ahora se sentía opresivo.
—¿Papá? —mi voz salió un poco más baja de lo que esperaba.
No se giró inmediatamente. Observó el paisaje grisáceo antes de responder con esa calma que solo dan los años.
—Dilo de una vez, Thomas. Las paredes de esta casa no aguantan más el peso de lo que callas.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Di un paso hacia el centro de la habitación, apretando los puños.
—No puedo casarme con Emma. No porque no la quiera, o porque sea una mala mujer... —hice una pausa, y mi corazón latió con fuerza—. Sino porque hay algo que lo cambia todo. He sido un cobarde. He pasado semanas viviendo una mentira mientras ella planeaba la boda y yo... yo miraba un abismo.
Mi padre se giró lentamente. Sus ojos, nublados por los años pero perspicaces, se fijaron en los míos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó directamente, sin mostrar sorpresa alguna.
—Hay otra persona. Ha sido un error, un momento de confusión, pero... —me detuve, y por primera vez en días, una sombra de algo parecido a la resolución cruzó mi rostro—. Las cosas han cambiado.
Mi padre arqueó una ceja, manteniendoun silencio que me obligó a continuar.
—Hay un embarazo.
El silencio que siguió fue absoluto. Podía oír el latido de mi propio corazón y el lejano murmullo de mi madre y Emma riendo en el salón, ajenas a que su mundo estaba a punto de cambiar. Mi padre caminó hacia su escritorio y se apoyó en él, cerrando los ojos por un instante. Cuando los abrió, no vi la furia que esperaba, sino una profunda decepción.
—Un hijo —repitió, y la palabra resonó en la habitación—. Un nieto. Los cimientos de todo se tambalean.
—Sé que he fallado —dije, y esta vez sentí las lágrimas picar en mis ojos—. Sé que soy un fraude ante Emma y ante ti. Pero cuando supe que iba a ser padre... no puedo seguir fingiendo. No puedo entrar en esa iglesia y jurar una vida mientras mi verdadera vida está en otro lugar.
Mi padre rodeó el escritorio y se acercó a mí. Puso una mano en mi hombro; no era un gesto de consuelo, sino uno de responsabilidad.
—Thomas, el error más grande no es lo que pasó esa noche. Es el silencio que destruye a dos mujeres al mismo tiempo. Tienes a una mujer arriba planeando una vida que no existirá, y a otra esperando que el padre de su hijo tenga el valor de enfrentar la verdad.
Me miró fijamente, con una severidad que me hizo sentir pequeño, pero también por fin consciente.
—Si realmente sientes esa responsabilidad, si ese niño te importa más que tu comodidad, tienes que salir de aquí y hablar con Emma hoy mismo. No mañana. No después de la cena. Ahora. Porque cada minuto que pasas callado, le robas un trozo de su dignidad.




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