Conducir hasta el edificio de Jane fue un acto reflejo, un impulso eléctrico que mis nervios ejecutaban mientras mi mente seguía estancada en el salón de mis padres, viendo el anillo de Emma sobre la mesa. El silencio en el coche era absoluto, pero en mi cabeza todavía gritaba el vacío que acababa de crear. Había demolido mi vida en diez minutos.
Aparqué de cualquier manera y subí las escaleras de dos en dos, impulsado por una urgencia que bordeaba la desesperación. Cuando Jane abrió la puerta, su expresión pasó del desconcierto a una alarma inmediata al ver mi estado. Tenía el cabello revuelto y la respiración errática.
—¿Thomas? ¿Qué ha pasado? —preguntó, echándose a un lado para dejarme pasar.
Entré en su salón, ese espacio que empezaba a resultarme más familiar que mi propia casa, y me detuve en el centro de la alfombra. Me giré hacia ella, que me observaba con esos ojos negros que parecían leer directamente en mis grietas.
—Se lo he dicho a todos —solté, y las palabras salieron como un suspiro largo y pesado—. A mi padre. A Emma. Se acabó, Jane. La boda, el compromiso... todo.
Jane se quedó inmóvil junto a la puerta. Vi cómo sus manos buscaban instintivamente su vientre, un gesto protector que ya era parte de ella. El silencio se prolongó, denso y cargado de una gravedad nueva.
—¿Por qué? —susurró ella. No había triunfo en su voz, solo una duda cautelosa—. Me dijiste que lo solucionarías, que encontrarías la manera de...
—No había manera —la interrumpí, dando un paso hacia ella—. No después de ver la ecografía. No después de escucharlos. Mi padre tenía razón: no puedo caminar por dos senderos. Y el sendero que lleva a esa iglesia estaba lleno de mentiras que me estaban matando.
Jane bajó la mirada, y noté cómo sus hombros se relajaban apenas unos milímetros. Se acercó lentamente y se sentó en el sofá, invitándome con un gesto a hacer lo mismo. Me senté a su lado, guardando una distancia prudente, pero sintiendo la atracción gravitatoria que su presencia ejercía sobre mí.
—Emma no se merecía esto —dijo ella, mirando sus propias manos—. Nadie se merece ser engañado ni ser el daño colateral de una verdad que llega tarde.
—Lo sé. Y cargaré con eso siempre —respondí, girándome para mirarla. En la penumbra del salón, su piel blanca parecía emitir una luz suave, y sus labios llenos estaban apretados en una línea de preocupación—. No estoy aquí por culpa, Jane. O al menos, no solo por eso.
Ella levantó la vista, y la intensidad de su mirada me hizo perder el hilo por un segundo.
—Estoy aquí porque ellos son mi prioridad ahora —continué, bajando la voz—. Y me he dado cuenta de que, en esta últimas semanas, el único momento en el que he sentido que podía respirar ha sido ahora. No sé cómo vamos a hacer esto, pero no voy a ser un visitante en la vida de mis hijos. Voy a estar aquí. De verdad.
Jane no respondió de inmediato. Extendió una mano y, con una timidez que no le conocía, rozó mi antebrazo. El contacto fue leve, pero sentí una sacudida que me recorrió la columna. No era el deseo ardiente de aquella noche de hace dos meses; era algo más profundo, una conexión forjada en el caos y la responsabilidad.
—Va a ser difícil, Thomas —advirtió ella, y su voz vibró con una calidez que me embriagó—. Tu familia, tu reputación, el despacho... vas a perder mucho por esta decisión.
No se lo dije, no podía todavía, pero mientras apretaba su mano elegante, supe que el peso que se había ido de mis hombros no solo era por haber confesado la verdad. Era porque, finalmente, estaba en el lugar donde mi corazón, aunque todavía confundido, empezaba a reconocer su verdadero hogar.
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Había pasado una semana, o un siglo, lo que tardas en desmantelar una vida entera.
Siete días desde que la máscara de "el hijo perfecto " se resquebrajó para siempre. Me había refugiado en un hotel impersonal, donde cada noche miraba al techo, reviviendo el momento en que mi padre me guió, con una calma aterradora, a contarle a Emma la verdad. No "mi error", sino "la verdad".
La ruptura con Emma no tuvo el drama que mis padres hubieran montado. Fue peor: fue civilizada, medida, final. Verla quitarse el anillo de compromiso fue como ver a un juez dictar una sentencia necesaria e inevitable. Emma ya no era mi prometida; ahora era el fantasma de la vida perfecta que yo mismo había dinamitado.
Durante esta semana, mi única brújula había sido Jane. O la idea de ella. No la había visitado, respetando ese espacio tenso que se había formado.Sentía que mi presencia solo añadía presión. Pero cada pensamiento mío derivaba hacia ella. Me sentía atrapado en un limbo extraño: ya no era el prometido de Emma, pero tampoco era solo su jefe. Era el padre de sus hijos, un hombre a la espera, cargando con una maleta y una responsabilidad que me aterraba y me fascinaba a partes iguales.
En mis noches de insomnio, entendí la verdad que había estado escondiendo incluso de mí mismo: no era solo un deber paternal. Era más que eso. Cuando pensaba en los bebés, me sentía responsable, pero cuando pensaba en Jane... la sensación era diferente. Era protección, era una curiosidad intensa por su mente aguda, era un deseo de borrar esa vulnerabilidad que le había causado. Lo de Jane no era solo compromiso por los gemelos que venían; era algo que sentía en la médula, algo que no podía nombrar sin asustarme, y que guardaba para mí.
Había decidido que hoy era el día. Iría a verla, no con promesas románticas que ninguno de los dos estaba listo para escuchar, sino con un plan real, con la intención de demostrarle que, aunque nuestra historia nació de un error de una noche, mi compromiso con esos niños era inquebrantable. Quería decirle que no tenía que enfrentar las náuseas, el miedo y el futuro ella sola.
Me detuve frente a una floristería, pero mis manos temblaron al elegir. ¿Qué se le lleva a la mujer que acabas de convertir en el centro de un escándalo social? ¿Qué se le ofrece a la asistente que ahora lleva a tus hijos después de haber roto tu compromiso con una de las mujeres más conocidas de la ciudad?
Compré un ramo sencillo, algo que no gritara "perdón" pero que susurrara "estoy aquí". Caminé hacia su edificio con el estómago hecho un nudo, convencido de que, al menos, el peor trago —enfrentar a mi familia y a Emma— ya había pasado.
Qué poco conocía a mi madre. No sabía que mientras yo intentaba recomponer mis piezas, Elena ya estaba terminando de romper a Jane.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 12.02.2026