El Peso del Silencio

Capítulo XII

Me quedé de pie en medio del salón de Jane, con las flores apretadas en el puño y la sangre hirviendo bajo la piel. El perfume caro de mi madre todavía flotaba en el aire, una estela de arrogancia y privilegio que me revolvía el estómago. Miré a Jane; su rostro, usualmente suave y discreto, era ahora una máscara de un orgullo helado. Sus ojos negros no me pedían protección, me exigían distancia.
—Jane, escúchame… —mi voz salió más rota de lo que pretendía, teñida de una culpa que no podía ocultar—. No tenía idea de que vendría. Ella no tiene derecho a ponerle precio a tu dignidad ni a la vida de mis hijos.
—¿Tus hijos? —ella soltó una risa amarga que me cortó como un cristal. No había dolor romántico en su tono, solo una ironía punzante—. Es curioso cómo ahora son "tus hijos" cuando se trata de defender el honor de tu apellido, pero hace un momento eran una "complicación" que tu madre quería comprar para que desapareciera de tu vista.
—¡Yo no soy ella! —exclamé, dando un paso hacia ella, pero Jane retrocedió como si mi cercanía la quemara.
—No, Thomas. Eres el hombre que la trajo hasta mi puerta. Eres el hombre que acaba de dejar a su prometida perfecta y ahora espera que yo le agradezca por haberme convertido en la mujer que destrozó su vida.
Me quedé mudo. El sobre blanco sobre la mesa parecía una lápida para mi conciencia. La oferta de mi madre —la casa, el dinero, el destierro dorado— no era solo un insulto para Jane, era el espejo de lo que mi familia pensaba de mí: un hombre débil al que había que limpiarle los desastres con dinero.
—No voy a aceptar ese dinero, y tú tampoco —dije, tratando de recuperar algo de la autoridad que sentía desvanecerse.
—Por supuesto que no lo aceptaré —escupió ella, y vi cómo sus manos elegantes temblaban de rabia—. Pero tampoco voy a aceptar tu lástima. No voy a ser la "buena asistente" que se queda en un rincón esperando a que tú decidas que hacer o si simplemente te cansas de este espectáculo y vuelves a tu vida.
Caminó hacia la puerta y la abrió de par en par. El pasillo del edificio se veía frío, vacío, como el futuro que me esperaba si cruzaba ese umbral.
—Vete, Thomas. No quiero tu culpa, ni tus promesas de "estar ahí". No necesito que seas mi salvador. Si quieres ser padre, lo serás. Pero no me conviertas en la razón por la que has roto tu compromiso con Emma y desafiado a tu familia, jamás pedí eso.
—Jane, por favor… —intenté un último acercamiento, desesperado por corregir el desastre que mi madre acababa de empeorar.
—Fuera. Y llévate tu sobre—sentenció. Su mirada era de acero. No había rastro de fragilidad. Había recuperado su armadura, y esta vez, yo estaba del lado de fuera.
Salí al pasillo sintiéndome más pequeño que nunca, un niño regañado por su propia ineptitud. El clic de la cerradura al cerrarse a mis espaldas sonó como un disparo de gracia. Me quedé allí, mirando la madera de la puerta, con mi dignidad hecha jirones y el sobre de mi madre quemándome en una mano y las flores en otra.
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La mansión de mis padres se alzaba sobre la colina como un mausoleo de mármol y soberbia. Estacioné el coche bruscamente, sin importarme si dejaba marcas en el césped impecable. Crucé el vestíbulo ignorando el saludo del servicio y me dirigí directamente al comedor formal. Sabía que a esta hora Elena estaría allí, cumpliendo con el ritual de la cena, aunque la familia se estuviera desmoronando.
Al entrar, el tintineo de la plata contra la porcelana se detuvo. Mi madre estaba sentada a la cabecera, impecable, como si no hubiera pasado la tarde destrozando la dignidad de una mujer embarazada. Mi padre, al otro extremo, sostenía una copa de vino con una expresión de cansancio absoluto.
—Thomas —dijo Elena, sin levantar la vista de su plato— Supongo que vienes a agradecer el gesto que tuve hoy.
Esa frase fue el detonante. Me acerqué a la mesa y arrojé el sobre arrugado que le había quitado a Jane sobre su mantel de hilo blanco. El golpe seco hizo que las copas vibraran.
—¿Agradecer? —mi voz vibró con una furia que hizo que mi padre se enderezara en la silla—. ¿Agradecer que fueras a humillar a la mujer que lleva a mis hijos? ¿Que intentaras comprar su ausencia como si fuera una deuda de negocios?
—Thomas, baja el tono —intervino mi padre, pero lo corté con un gesto.
—No, no voy a bajar nada. He pasado años bajando el tono para que tu arrogancia no espantara a los clientes, madre. He dejado que dirigieras mi vida, mi carrera y hasta mi compromiso. Pero hoy cruzaste una línea que no tiene retorno.
Elena dejó los cubiertos con una parsimonia irritante y finalmente me miró. Sus ojos eran dos pozos de hielo.
—Lo que hice fue asegurar que esa mujer no arruinara lo que queda de tu nombre. Es una oportunista que se aprovechó de un descuido. Le ofrecí una salida digna y una vida cómoda lejos de aquí. Si no lo aceptó, es porque espera sacarte mucho más.
—Ella no aceptó porque tiene dignidad —le espeté, inclinándome sobre la mesa para quedar a su altura—. No quiere tu dinero y, después de hoy, me temo que ni siquiera me quiere a mí cerca de ella.
—Thomas —mi madre soltó una risa seca y cruel—, esa chica es una empleada. Una distracción. Emma era...
—¡Emma ya no está! —grité, y el silencio que siguió fue absoluto—. Y si crees que voy a dejar que trates a mis hijos como "complicaciones" que se limpian con un cheque, no me conoces en absoluto.
Me puse recto.
—Si vuelves a acercarte a Jane, si vuelves a poner un pie en su calle, te juro por Dios que nunca conocerás a tus nietos. Para ti, ellos no existen. Tú misma lo dijiste: son un error.
—¿Estás amenazándonos, Thomas? —la voz de mi madre tembló por primera vez, pero no de tristeza, sino de indignación.
—No es una amenaza, madre. Es un hecho.
Mientras salía del comedor, escuché a mi padre pronunciar mi nombre, pero no me detuve.

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Entrar en la oficina al día siguiente fue como caminar directamente hacia un patíbulo. Durante toda la noche, las palabras de mi madre y el portazo de Jane se habían repetido en mi cabeza como un disco rayado. No dormí. Me sentía sucio, cargando con una culpa que no sabía cómo lavar.
Llegué quince minutos antes, esperando encontrar el despacho vacío para organizar mis pensamientos, pero ella ya estaba allí.
Jane estaba sentada frente a su ordenador, con la espalda tan recta que parecía de mármol. El sonido rítmico del teclado cesó en cuanto crucé el umbral. No levantó la vista. El aire en la pequeña oficina estaba saturado de una formalidad asfixiante, un contraste violento con la vulnerabilidad que habíamos compartido apenas unos días atrás.
—Buenos días, Sr. Cooper —dijo ella. Su voz era plana, profesional, despojada de cualquier matiz que no fuera estrictamente laboral.
Ese "Sr. Cooper" me golpeó con más fuerza que cualquier insulto. Hacía semanas que ese título había desaparecido entre nosotros.
—Jane... —empecé, dejando mi maletín sobre el escritorio con manos torpes—. Sobre lo de ayer... yo...
—He preparado la agenda de la mañana —me interrumpió, levantándose para dejar una carpeta azul sobre mi mesa. Sus movimientos eran eficientes, casi robóticos—. La reunión con el departamento legal es a las diez. He incluido las notas sobre el contrato de suministro. ¿Desea café ahora o prefiere esperar a que llegue el resto del equipo?
Me quedé mirándola, tratando de encontrar una grieta en su armadura. Tenía ojeras sutiles, pero su rostro era una máscara de eficiencia. No había rastro de la mujer que me había echado a gritos de su casa; ahora solo quedaba la asistente perfecta, la que sabía exactamente cómo marcar una distancia insalvable.
—Jane, no podemos hacer esto —dije en un susurro, dando un paso hacia ella—. No podemos fingir que mi madre no entró en tu casa a insultarte. No puedo simplemente sentarme a revisar contratos mientras sé lo que estás pensando.
Ella finalmente me miró. Sus ojos negros eran un abismo de distancia.
—Lo que yo piense no es relevante para el desempeño de mis funciones, Sr. Cooper —respondió, y por un segundo, vi un destello de rabia contenida tras su calma—. Usted dejó claro que no es como su familia. Yo estoy dejando claro que soy una empleada. Si vamos a trabajar juntos en el proceso del embarazo y de los bebes, como acordamos, necesito que esta oficina sea un lugar de trabajo, no un escenario de dramas familiares.
—Solo quiero saber si estás bien —insistí, sintiéndome estúpido por la simplicidad de mis palabras.
—Estoy trabajando —sentenció ella, regresando a su puesto—. ¿Café solo o con leche?
Me hundí en mi silla, abriendo la carpeta sin leer una sola palabra. La barrera de Jane era infranqueable. Me di cuenta de que ella no quería mis disculpas ni mis explicaciones; quería recuperar el control de su vida, y eso significaba reducirme a mí a un simple nombre en su nómina.
El silencio volvió a reinar. Estábamos a pocos metros de distancia, pero me sentia tan lejos de ella. Y mientras trataba de concentrarme, un pensamiento me cruzó la mente: si mi madre había sido capaz de aquello, ¿qué podria hacer Emma? El silencio de mi ex prometida durante la última semana empezó a sentirse como la calma que precede a una tormenta.
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