El cristal del despacho parecía vibrar bajo la intensidad de la mirada de Emma. Jane dio un paso atrás, alejándose de la puerta como si el odio que emanaba de la mujer al otro lado pudiera atravesar el vidrio. Yo me quedé paralizado, viendo cómo mi pasado y mi presente chocaban en un silencio sepulcral.
Emma entró sin llamar. Dejó la caja sobre mi escritorio con un golpe seco que hizo saltar los informes de la auditoría. No me miró a mí. Sus ojos, antes llenos de una calidez que yo daba por sentada, estaban clavados en Jane con una precisión quirúrgica.
—Vaya… —dijo Emma, y su voz era un hilo de seda empapado en veneno—. Así que este es el «error de una noche». Debo admitir que tienes un gusto por lo ordinario que no te conocía, Thomas.
—Emma, basta. —ordené, poniéndome entre ambas, pero ella ni siquiera parpadeó.—¿Que haces aquí?
—No te preocupes, no he venido a montar una escena —continuó Emma, dirigiéndose directamente a Jane—. Solo vine a devolverle a Thomas sus últimas cosas y a darte un consejo de mujer a mujer, Jane. Disfruta de su "protección" mientras dure. Mi padre ha decidido retirar todas las inversiones de la firma para el próximo trimestre. Los inversores coreanos que tanto le costó conseguir a Thomas… ya no están interesados en trabajar con un hombre que no sabe mantener sus compromisos personales.
Jane palideció, pero mantuvo la barbilla alta. Su orgullo era lo único que la sostenía.
—Eso no tiene nada que ver conmigo, Emma. Mi trabajo habla por sí solo.
—¿Tu trabajo? —Emma soltó una risa gélida mientras se acercaba a ella. Le dio un vistazo despectivo a su vientre, todavía plano bajo el traje oscuro—. Querida, en este mundo no importa lo que hagas, sino quién eres. Y ahora mismo eres la mujer que ha dejado a este despacho sin su mayor respaldo financiero. ¿Crees que los socios te mirarán con los mismos ojos cuando tengan que recortar personal para cubrir el agujero que tú has provocado?
Sentí un escalofrío. Emma no estaba gritando, estaba ejecutando una ejecución pública. Estaba usando su poder para convertir a Jane en la paria de la oficina.
—Emma, vete ahora mismo —dije, agarrándola del brazo con firmeza pero sin violencia.
—Me voy, Thomas. Ya he terminado aquí —se soltó de mi agarre y caminó hacia la puerta, pero se detuvo para lanzar una última granada—. Por cierto, Jane… he enviado un correo a Recursos Humanos con los detalles de tu "situación". Ética y Conducta querrá saber por qué una empleada recibe un trato tan preferencial del CEO mientras la empresa se hunde. Buena suerte criando a esos niños con una demanda por conflicto de intereses sobre tu cabeza.
Emma salió del despacho con la elegancia de una reina que acaba de declarar una guerra. El silencio que dejó atrás era tóxico.
Me giré hacia Jane. Tenía los ojos empañados, pero se negaba a dejar caer una sola lágrima. El temblor en sus manos elegantes era evidente.
—Jane, no voy a permitir que te hagan nada. Yo soy el CEO de esta firma…
—¡Basta! —estalló ella, y esta vez su voz se quebró—No puedo escuchar más.
Me miró con una determinación que me asusto más que cualquier amenaza de Emma.
Salió disparada de la oficina, dejando la puerta abierta. Pude sentir las miradas de todos los empleados clavadas en mi espalda. Emma no había venido a recuperarme; había venido a asegurarse de que el refugio que yo intentaba construir para Jane se convirtiera en su propia cárcel.
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Me pasé las manos por la cara, hundiendo los dedos en las sienes como si pudiera detener la migraña que amenazaba con partirme el cráneo. La puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. No era Jane, ni tampoco Emma regresando para rematarme. Era Marcos.
Entró con su habitual aire de despreocupación, pero esta vez no traía su sonrisa de conquistador. Se detuvo frente a mi escritorio, me miró de arriba abajo y soltó un silbido largo, de esos que anuncian un desastre de proporciones épicas.
—Vaya, Thomas… —dijo, arrastrando una silla para sentarse a horcajadas—. Sabía que eras un hombre de sorpresas, pero esto… esto es como si hubieras decidido jugar al Tetris con granadas de mano.
—No estoy para bromas, Marcos —gruñí sin levantar la vista de los papeles que ya no lograba leer—. Emma acaba de pasar por aquí como un huracán de categoría cinco.
—Oh, lo sé. El edificio entero lo sabe. Creo que hasta el guardia de seguridad de la planta baja está buscando en Google "cómo sobrevivir a un despido por drama pasional" —se rió entre dientes, aunque al ver mi expresión, levantó las manos en señal de paz—. Vale, vale. Lo siento. Pero, hermano… ¿Jane? ¿Nuestra Jane de hierro? ¿La que me ha rechazado más veces que un banco a un préstamo sin aval?
—No la llames así —le espeté, y esa posesividad absurda volvió a tensarme los hombros—. Y no es "un drama". Hay hijos de por medio, Marcos. Dos.
Marcos se quedó congelado. Sus ojos se abrieron tanto que temí que se le salieran de las órbitas. La silla chirrió cuando se inclinó hacia adelante, perdiendo toda su compostura.
—¿Dos? ¿Gemelos? —susurró, y por primera vez en diez años, lo vi tartamudear—. ¡Pero si tú apenas sabes mantener viva una planta de oficina! Dios mío, Thomas, un desliz y haces un pleno. ¡Eres un francotirador!
—¡Marcos! —le advertí, aunque una parte de mí, en medio de la miseria, sintió que la presión cedía un milímetro ante su estupidez—. No es el momento. Emma ha ido a Recursos Humanos. Dice que es un conflicto de intereses, que mi relación con Jane está hundiendo la firma porque su padre se retira.
Marcos recuperó la seriedad, aunque todavía tenía esa chispa de incredulidad en la mirada. Se rascó la barbilla, pensando.
—Legalmente, no pueden tocarla. Estás tú, y está la ley de protección de maternidad de 2026, que es más blindada que un tanque. Si RR.HH. intenta despedirla, los demandamos hasta que seamos dueños de sus casas —dijo con pragmatismo—. Pero el problema no es el despido, Tom. Es el ambiente. La gente cuchichea. Dicen que ella te "atrapó" para escalar.
Me puse en pie, sintiendo una furia fría.
—Si escucho a alguien decir eso, estará en la calle antes de que termine de pronunciar la frase.
—Cálmate, tigre. Eso solo confirmaría lo que dice Emma sobre el "trato preferencial" —Marcos se puso de pie también y me dio una palmada fuerte en el hombro—. Mira, como tu socio, te digo que estamos en un lío financiero si el viejo de Emma nos corta el grifo. Pero como tu amigo… bueno, siempre pensé que Emma era demasiado perfecta para ser real. Era como vivir en un catálogo de muebles caros. Jane, en cambio… Jane tiene fuego.
Se caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Por cierto, si necesitas un padrino para los mini-Thomas, ya sabes quién es el más guapo de la oficina. Pero ni se te ocurra pedirme que cambie pañales. Mi traje es de marca y mi paciencia para los fluidos corporales es nula.
—Vete de aquí, Marcos —le dije, pero esta vez con una media sonrisa amarga.
—Me voy. Pero un consejo: ve a ver a Jane. No como el jefe que la protege de RR.HH., sino como el tipo que acaba de darse cuenta de que su "error" es lo mejor que le ha pasado en años. Porque, aunque seas un desastre manejando tu vida personal, ese brillo que tienes en los ojos cuando mencionas a los gemelos… eso no es "responsabilidad", amigo. Eso es pánico del bueno, del que solo siente un hombre que está empezando a caer por alguien.
Cuando cerró la puerta, el silencio volvió, pero ya no era tan pesado. Marcos tenía razón en algo: el mundo se estaba cayendo, pero por primera vez en mi vida, no estaba intentando sostener las paredes viejas. Estaba mirando hacia el nuevo edificio que apenas comenzaba a construirse, aunque los cimientos estuvieran empapados en el barro del escándalo.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 12.02.2026