El Peso del Silencio

XIV

El eco de mis tacones sobre el mármol del vestíbulo me devolvía un sonido hueco, casi tan vacío como me sentía por dentro. Eran las siete de la tarde y lo único que quería era llegar a mi apartamento, quitarme esta armadura de seda y llorar hasta que el cansancio me venciera. Pero el destino, o mi mala suerte, tenía otros planes.
Las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse cuando una mano firme las detuvo. Mi corazón dio un vuelco. Sabía quién era antes de verlo; el aroma de su colonia, esa mezcla de sándalo y lluvia, inundó el cubículo de metal antes que él.
Thomas entró, respirando con dificultad, y se colocó a mi lado. Las puertas se cerraron, atrapándonos en un espacio de apenas dos metros cuadrados. El silencio era tan denso que juraría que podía oír el zumbido de las luces del techo.
Él no pulsó ningún botón. Ya estaba marcado el cero.
—Jane —susurró. Su voz, en la cercanía del ascensor, vibró en mi nuca y me erizó la piel.
—No, Thomas —dije, apretando el bolso contra mi pecho como si fuera un escudo—. Aquí no.
Me obligué a mirar hacia el frente, a mi propio reflejo en las puertas de acero inoxidable. Me veía pálida, con los ojos negros más hundidos de lo normal, pero con la mandíbula firme. A su lado, él parecía un gigante desmoronado; tenía el nudo de la corbata flojo y la mirada fija en mis manos, que temblaban levemente.
De repente, el ascensor dio un pequeño tirón y se detuvo con un chirrido seco entre la cuarta y la tercera planta. La luz parpadeó y se quedó en un tono anaranjado de emergencia.
—Genial —mascullé, cerrando los ojos—. Lo que me faltaba.
—Jane, mírame.
—No puedo —confesé, y mi voz salió más quebrada de lo que pretendía—. Si te miro, recordaré que todo el mundo en este edificio me odia por tu culpa. Si te miro, veré a Emma llamándome ordinaria.

Sentí que se movía. La cabina era tan pequeña que su hombro rozó el mío. Fue un contacto eléctrico que me hizo saltar. Thomas no retrocedió; al contrario, se inclinó un poco, invadiendo ese aire que yo intentaba guardar para mí.
—Sé que estás agotada —dijo él, y esta vez su mano se levantó, dudando en el aire antes de acariciar apenas un mechón de mi cabello que se había escapado de su sitio—. Veo cómo te tiemblan las manos. Veo cómo intentas parecer de piedra mientras los demás te lanzan dardos.
—Es lo que tengo que hacer para sobrevivir aquí.
—No tienes que hacerlo sola —su voz bajó a un nivel casi inaudible, una nota de urgencia que me hizo flaquear—. Déjame ser el que reciba los golpes. Si he dejado a Emma, he desafiado a mi madre… pero no lo hice para que tú sufrieras las consecuencias en un rincón.
Me giré bruscamente, quedando a escasos centímetros de su pecho. La tensión en ese espacio cerrado era asfixiante, una mezcla de dolor compartido que nos quemaba a ambos. Sus labios estaban tan cerca que podía sentir su calor. Vi el rastro de la preocupación en su frente, la sombra de su barba de un día, y ese brillo que intentaba ocultar.
—¿Y qué esperas que haga, Thomas? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos.
—Espero que me dejes cuidarte —respondió él, y su mano bajó por mi brazo hasta entrelazar sus dedos con los míos. Sus manos eran grandes, cálidas, seguras. El contraste con mi piel blanca era absoluto—. No como un jefe, ni como un hombre que paga una culpa. Sino como alguien que no puede soportar verte sufrir ni un segundo más.
Por un instante, el orgullo que me había mantenido en pie durante días flaqueó. La tentación de apoyar la cabeza en su hombro y dejar que él sostuviera el mundo por unos minutos fue casi insoportable. Pero entonces, el ascensor volvió a la vida con un fuerte traqueteo.
La luz blanca regresó, cegándonos. Thomas no me soltó la mano de inmediato, pero yo tiré de ella, rompiendo el hechizo justo cuando las puertas se abrían en el vestíbulo principal. Recuperando mi máscara de hielo mientras salía del ascensor caminé hacia la salida sin mirar atrás, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. Sabía que él se había quedado allí, en medio del vestíbulo, solo y derrotado por mi negativa. Pero mientras cruzaba la puerta hacia la calle, me llevé la mano al pecho; mi corazón latía tan rápido que parecía querer escapar. No era solo miedo, ni solo rabia. Era la aterradora certeza de que, a pesar de todo el caos, su cercanía era lo único que me hacía sentir que todavía estaba viva.
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La sala de espera de la Dra. Evans no era una sala de espera, era un castigo diseñado por un sádico con buen gusto. Las paredes color crema, la música de piano ambiental y, peor aún, los sofás increíblemente cómodos que te obligaban a sentarte demasiado cerca de la persona de al lado.
Jane había aceptado de mala gana mi insistencia en acompañarla a la primera ecografía de alta resolución de los gemelos. Su única condición fue que mantuviéramos una distancia estrictamente profesional, una regla que ella había impuesto desde el incidente con mi madre y mi subsiguiente destierro de su apartamento y de mi propia casa. Acepté, desesperado por cualquier migaja de su tiempo.
Ahora estábamos sentados allí. En un sofá de dos plazas, la tela gris nos rozaba a ambos. Había un espacio de apenas un palmo entre nuestras rodillas. Suficiente para que no fuera un "contacto", pero lo suficientemente estrecho como para que mi piel fuera consciente de cada milímetro de la suya. Su perfume suave, el mismo que recordaba de aquella noche fatal, flotaba en el aire, superando el olor aséptico de la clínica.
Ella miraba al frente, con la carpeta médica sobre sus rodillas, como un escudo. Sus ojos negros se fijaban en una planta de plástico, evitando mi mirada con la misma determinación con la que había evitado mis disculpas. Yo la estudiaba de reojo, sintiendo mi corazón acelerarse, traicionando mi autocontrol. La tensión era casi física, un campo de fuerza invisible.
—¿Estás bien? —murmuré, rompiendo el silencio que se sentía como vidrio a punto de estallar.
—Perfectamente, Sr. Cooper—respondió, su voz era tan fría y controlada que me dolió. El "Sr. Cooper" seguía siendo su arma favorita.
—Basta, Jane. Estamos esperando para ver a nuestros hijos. Puedes llamarme Thomas.
Una media sonrisa amarga curvó sus labios.




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