El Peso del Silencio

XV

Hola querido lector amante del romance 💋, he decidido unir los capítulos porque ya eran muchos y muy cortos espero que puedas retomar la lectura cómodamente, besos! Si notas algún error en el orden no dudes en hacérmelo saber, ahora sí, besos! 😘

El nombre de Emma flotó en el aire del coche como una sentencia de muerte. El rostro de Jane se descompuso; toda la intensidad del momento anterior, la cercanía de nuestros labios, la electricidad... todo se evaporó, reemplazado por un miedo pálido.
Jane puso el manos libres con los dedos temblorosos. No sé por qué lo hizo; quizá quería que yo fuera testigo del desastre que había provocado.
—¿Jane? —La voz de Emma sonó nítida, demasiado calmada, con esa elegancia aristocrática que ahora me resultaba asfixiante—. No te molestes en colgar. Sé que Thomas está contigo. Siempre está contigo últimamente, ¿no es así?
Miré a Jane. Ella tenía la mirada fija en el tablero del coche, incapaz de articular palabra. Emma no esperaba respuesta.
—Lamento interrumpir su... pequeño momento de "familia feliz" —continuó Emma. Escuché el tintineo de una copa de cristal al otro lado de la línea. Estaba bebiendo—. Solo llamaba para darte un consejo, Jane. De mujer a... lo que sea que seas tú en la vida de Thomas. No te acomodes demasiado. Thomas no sabe estar solo, por eso te buscó a ti cuando las cosas se pusieron difíciles conmigo. Pero la culpa tiene fecha de caducidad.
—Emma, basta —dije, inclinándome hacia el teléfono, con la voz cargada de advertencia.
—¡Oh, Thomas! Qué predecible —soltó ella con una risa seca —. Sigues intentando ser el caballero de brillante armadura. Es una pena que tu armadura esté tan manchada. Jane, querida, espero que disfrutes de la atención mientras dure. Pero debes saber algo: el apellido Cooper no se comparte con cualquiera. Tuve una charla muy interesante con tu madre hoy, Thomas. Ella no va a dejar que esos niños sean los herederos de nada si tú sigues con esta farsa.
Jane cerró los ojos con fuerza. Pude ver una lágrima solitaria rodando por su mejilla.
—¿Qué quieres, Emma? —pregunté, sintiendo una náusea creciente.
—Quiero que sepan que esto no se ha terminado —la voz de Emma se volvió gélida, perdiendo toda pretensión de cortesía—. Me humillaron. Me convirtieron en el hazmerreír de nuestro círculo social mientras ustedes jugaban a las casitas en la oficina. No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo intentas redimirte a costa de mi dignidad. Si tú decidiste que ella era suficiente para romper nuestro compromiso, entonces prepárate para las consecuencias. Mañana habrá una columna en el Chronicle sobre la "asistente trepadora" y el heredero infiel. Que tengan una linda noche... si pueden dormir.
El clic del teléfono al colgar sonó como un disparo.
El silencio que siguió fue atroz. Jane se hundió en su asiento, cubriéndose la cara con las manos.

El hechizo del coche, de la ecografía, de nuestra cercanía, se había roto en mil pedazos.
—Jane... —intenté tocarle el hombro, pero ella se apartó como si mi mano fuera fuego.
—No —susurró ella, su voz era un hilo de dolor—. Ella tiene razón. Esto nunca va a ser normal. Mañana todo el mundo sabrá quién soy, Thomas. No seré la madre de tus hijos, seré "la trepadora". Tu madre, tu ex prometida... todos van a por mí.
Abrió la puerta del coche antes de que yo pudiera bloquearla.
—¡Jane, espera! —grité, pero ella ya estaba fuera, corriendo hacia el portal de su edificio.
Me quedé allí, solo en el coche, con la amenaza de Emma resonando en mis oídos. El conflicto ya no era solo entre nosotros. La guerra social acababa de empezar.

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El trayecto en el metro se sintió como una caminata hacia el cadalso. Llevaba el abrigo cerrado hasta el cuello, no por frío, sino porque sentía que cada persona que miraba su teléfono estaba leyendo la columna del Chronicle. El titular, aunque no mencionaba mi apellido completo, hablaba de la "Asistente de Hierro" que había "dinamitado un compromiso de la alta sociedad desde adentro".
Cuando crucé las puertas de cristal de la oficina, el cambio fue instantáneo. Normalmente, el vestíbulo era un hervidero de saludos, el sonido de la cafetera y bromas rápidas. Hoy, el silencio me golpeó como una bofetada.
Sarah, la recepcionista con la que solía intercambiar consejos sobre plantas los viernes, bajó la vista hacia su teclado en cuanto me vio. No hubo "buenos días". Solo el sonido mecánico de sus dedos tecleando.
Caminé hacia mi escritorio. Mi espalda quemaba bajo las miradas que sentía clavadas en mi nuca. Al pasar junto al cubículo de finanzas, escuché un susurro que se cortó en seco. No necesitaba oír las palabras para saber de qué hablaban: oportunista, trepadora, gemelos, dinero.
Me senté en mi puesto y encendí el ordenador. Mis manos temblaban ligeramente, así que las escondí bajo la mesa. Sobre mi escritorio, no había nada. Ni una nota, ni un encargo pendiente. Era como si mi presencia se hubiera vuelto radiactiva.
—Jane.
La voz de mi supervisor, el Sr. Henderson, sonó a mis espaldas. Me giré, tratando de mantener esa máscara de eficiencia que tanto me estaba costando sostener.
—Señor —dije, mi voz sonando extraña en mis propios oídos.
—Debido a la... atención mediática que está recibiendo el departamento, hemos decidido reasignar tus cuentas externas por el momento —dijo, sin mirarme a los ojos. Se centraba en un punto incierto por encima de mi hombro—. Te quedarás solo con la gestión administrativa interna del Sr. Lefroy. No queremos que los clientes se sientan... distraídos.
—Distraídos —repetí. La palabra sabía a ceniza—. ¿Es una sanción, señor?
—Es una medida de protección —respondió con una frialdad administrativa que me dolió más que un grito—. Para la empresa. No queremos que la reputación de la firma se vea afectada por asuntos... personales.
Se alejó sin esperar mi respuesta. Me quedé allí, rodeada de gente pero absolutamente sola. Podía sentir el vacío a mi alrededor, un círculo de aislamiento que nadie se atrevía a cruzar. No era solo el orgullo lo que me dolía; era la comprensión de que, para este mundo, yo ya no era una profesional brillante, sino una anécdota escandalosa en la vida de un hombre rico.
Me refugié en mi pantalla, abriendo documentos que ya conocía de memoria, solo para tener algo que mirar. Entonces, la puerta del despacho principal se abrió.
Thomas apareció en el umbral. Se veía agotado, con la corbata ligeramente torcida y los ojos inyectados en sangre. Sus ojos buscaron los míos de inmediato, cargados de una preocupación que en ese momento me resultó insoportable. En medio de ese desierto de indiferencia, su mirada era demasiado intensa, demasiado llena de una culpa que solo servía para señalarme más.
Él dio un paso hacia mí, ignorando que toda la oficina se había congelado para observar el encuentro.
—Jane —dijo, y su voz llevaba un peso que hizo que varios colegas se inclinaran para escuchar mejor—. Ven a mi despacho. Ahora.
Me levanté, sintiendo que cada paso hacia su oficina era una confirmación de los rumores. Thomas quería protegerme, pero en ese ambiente hostil, su protección era la gasolina que alimentaba el incendio




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