El Peso del Silencio

Capítulo XVI

Regresé del comedor con el estómago cerrado y los oídos todavía pitando por las risas ahogadas de mis compañeros. Me repetía a mí misma que solo eran palabras, que el trabajo era lo único que importaba. Pero al llegar a mi escritorio, me detuve en seco.
Sobre mi teclado, justo en el centro, había un par de patucos de bebé de lana barata, manchados deliberadamente con café. Junto a ellos, una nota impresa en papel común, sin firma: "Para que los gemelos empiecen a practicar cómo manchar un apellido".
El aire se escapó de mis pulmones. No fue la nota lo que me dolió, fue el hecho de que alguien se había atrevido a tocar mi espacio, a burlarse de mis hijos antes de que nacieran. Sentí una oleada de náuseas tan fuerte que tuve que apoyarme en la silla. Miré a mi alrededor; todos estaban "absortos" en sus pantallas, pero el silencio era demasiado perfecto, demasiado estudiado. Nadie me miraba, y eso era la prueba de que todos lo sabían.
—¿Algún problema, Jane? —preguntó Laura desde su cubículo, con una voz cargada de una falsa preocupación que goteaba veneno.
No le respondí. Tomé los patucos con la punta de los dedos y los arrojé a la papelera con una calma que no sentía. Pero entonces, una mano se posó en mi escritorio.
Era Thomas.
No sé cuánto tiempo llevaba allí, pero su rostro estaba transfigurado por una furia que nunca le había visto. No era la rabia impulsiva de otras veces; era algo oscuro, contenido y peligroso. Sus ojos recorrieron la papelera, la nota y luego a cada una de las personas que fingían no mirar.
—A mi despacho. Todos —dijo Thomas. Su voz no fue un grito, fue un latigazo que cortó el aire de la oficina.
—Thomas, no... —susurré, tratando de detenerlo, pero él ya se había girado hacia el resto del equipo.
—He dicho que todos al área de juntas. Ahora mismo. —Su mirada se detuvo en Laura, quien palideció al instante—. Y tú, Henderson, trae el registro de las cámaras de seguridad del pasillo. Si encuentro quién ha puesto esa basura en el escritorio de mi asistente, no solo estará despedido antes de que termine la hora, sino que me encargaré personalmente de que no vuelva a trabajar en este sector.
El pánico se extendió por la oficina como la pólvora. El muro de silencio se rompió, reemplazado por murmullos de miedo. Thomas me miró, y por un segundo, su armadura de jefe se agrietó para dejar ver una desesperación absoluta por protegerme. Pero yo solo podía pensar en una cosa: él acababa de hacer exactamente lo que le pedí que no hiciera
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Quince minutos después, la oficina estaba en un estado de parálisis total. Henderson estaba en mi despacho, sudando, tratando de calmarme, mientras Jane se mantenía en un rincón, abrazándose a sí misma como si tuviera frío.
—Thomas, esto es una pesadilla de relaciones públicas —decía Henderson en voz baja—. Si despides a media oficina por un incidente con unos patucos, confirmas la historia del Chronicle. Dirán que estás usando tu poder para proteger a tu amante y castigar a quienes no la aceptan.
—¡Me importa un bledo lo que diga el Chronicle! —rugí, golpeando la mesa—. Han acosado a una mujer embarazada bajo mi mando. Si no corto esto de raíz, soy cómplice.
—No eres cómplice, Thomas —la voz de Jane sonó desde el rincón. Se acercó a la mesa, y vi que sus ojos estaban secos, brillantes de una resolución amarga—. Eres el protagonista. Y ese es el problema.
Henderson aprovechó la interrupción para salir del despacho, dejándonos solos. Me acerqué a Jane, tratando de tomar sus manos, pero ella las escondió tras su espalda.
—Jane, no podía quedarme mirando. Eso que te hicieron... es vil.
—Lo sé. Y agradezco que te importe —dijo ella, y por primera vez en días, su voz no era de hielo, sino de una tristeza profunda—. Pero mira lo que ha pasado. Todos están fuera esperando su "castigo". ¿Crees que después de esto me van a respetar? No, Thomas. Ahora me temen. Y el miedo no es respeto. Solo has logrado que el odio se vuelva subterráneo. Ahora soy la mujer que puede hacer que los despidan con un chasquido de tus dedos.
—¿Qué quieres que haga entonces? —pregunté, sintiendo que cada paso que daba para acercarme a ella solo servía para empujarla más lejos—. ¿Que deje que te humillen?
Jane suspiró y miró por el ventanal, hacia los edificios de Londres que empezaban a encender sus luces.
—Quiero que aceptes que no puedes salvarme de las consecuencias de tus propios actos. Tú dejaste a Emma. Tu madre me atacó. Tú eres el Lefroy. Yo solo soy la que está en medio del fuego cruzado. —Se giró hacia mí, y su mirada me atravesó—. Si realmente quieres ayudarme, Thomas, deja de pelear mis batallas en la oficina. Porque cada vez que lo haces, me quitas un pedazo de la dignidad que intento reconstruir.
Me quedé en silencio, con las manos vacías y el corazón pesado. Había ganado la batalla en la oficina, pero estaba perdiendo la guerra por el respeto de Jane. En ese 2026, me di cuenta de que mi mayor castigo no era el escándalo social, sino la comprensión de que mi protección era, para ella, otra forma de prisión.

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El pañuelo desinfectante olía a alcohol y a una desesperación silenciosa. Froté las teclas con una intensidad innecesaria, como si pudiera borrar no solo la mancha de tinta, sino también la sensación de vulnerabilidad que me carcomía. La imagen de esos mamucos , manchados, burlándose de lo más íntimo y doloroso de mi vida, me revolvía el estómago.
Thomas se había ido, supongo que a hacer lo que los hombres como él hacen: manejar la situación, controlar el daño. Pero no entendía. No era un incidente aislado que se pudiera "manejar". Era la culminación de semanas de hostilidad, de miradas, de susurros. Era un veneno que se había filtrado en cada rincón de mi entorno laboral.
Sentada frente a mi ordenador, con las manos todavía temblando, sentí el peso del silencio de mis colegas. Nadie había intervenido en el comedor, nadie había dicho nada cuando encontraron el "regalo" en mi escritorio. Eran cómplices, por acción o por omisión.
Saqué los informes de auditoría, las cifras frías y objetivas que solían ser mi refugio. Pero hoy, incluso los números parecían teñidos de la amargura. ¿Valía la pena todo esto? ¿Valía la pena aguantar esta humillación diaria por un trabajo que ya no se sentía como mío, sino como un campo de batalla?
Miré la pantalla, mis ojos empañados por lágrimas que me negaba a derramar. No les daría esa satisfacción. No les daría la satisfacción de verme derrumbada, de verme ceder.
Pero la rabia no era suficiente para llenar el vacío que sentía. Estaba sola. La promesa de Thomas de protegerme se sentía hueca. ¿Cómo podía protegerme de un enemigo que estaba en todas partes y en ninguna al mismo tiempo?
Respiré hondo, tratando de encontrar una fuerza que no sabía si me quedaba. ¿cuánto tiempo podría resistir antes de que este veneno me consumiera por completo?




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