Cumbria ya no era solo un nombre en un mapa; se había convertido en mi obsesión. Pero no podía ir yo mismo. Mi madre tenía ojos en mis cuentas, en mi coche, incluso en mis silencios. Si quería encontrar a Jane sin alertar a los lobos que la habían expulsado, necesitaba a alguien que no existiera en los círculos de los Cooper.
Contraté a Miller, un hombre que se dedicaba a encontrar a personas que no querían ser halladas. No le di nombres, solo una cifra de transferencia, un sello notarial y una descripción que todavía me quemaba la garganta al pronunciar.
Pasaron cinco días. Cinco días en los que tuve que sentarme a cenar con Emma, fingiendo que mi mente no estaba a trescientas millas al norte. Cinco días en los que cada vez que mi madre mencionaba "el futuro", yo sentía el impulso de romper la vajilla de porcelana.
Finalmente, Miller me citó en un aparcamiento gris de la zona portuaria. No hubo palabras amables. Me entregó una carpeta de manila, gruesa y fría.
—La encontró —dije, más como una súplica que como una pregunta.
—Grasmere —respondió Miller, encendiendo un cigarrillo—. No fue difícil una vez que rastreé el camión de mudanzas pequeño que alquiló. No se fue sola, señor Cooper. Se llevó a una mujer mayor. Su madre, según los registros médicos del hospital local.
Abrí la carpeta. La primera fotografía me dejó sin aliento.
No era la Jane impecable de la oficina. Llevaba una chaqueta de lana barata y el cabello recogido sin cuidado. Estaba ayudando a una mujer anciana a bajar de un coche viejo frente a una cabaña de piedra que parecía sostenerse en pie por pura inercia. No había jardín de diseño, solo barro y frío.
Pasé la página y sentí un golpe en el estómago que me obligó a apoyarme en el coche. Era una foto de Jane saliendo de un local llamado "The Daily Grind", una pequeña cafetería de pueblo. Llevaba un delantal manchado y sostenía una bolsa de basura gris.
—Trabaja allí —continuó Miller con voz plana—. Turno de mañana. Limpieza y servicio de mesas. A veces ayuda en la cocina. El salario es el mínimo legal.
Cerré los ojos con fuerza. Jane, la mujer que gestionaba mi agenda de millones de libras, la mujer que corregía mis informes con una precisión quirúrgica, estaba limpiando mesas en un pueblo perdido para poder pagar la calefacción. El contraste con mi propia vida —mis trajes de tres mil libras, mis cenas en el Savoy— me provocó una oleada de náuseas.
Sentí una tristeza punzante, una que se filtraba por mis huesos. Me la imaginé lavando suelos con las manos que una vez rozaron las mías. Mi madre me había dicho que Jane quería una "vida mejor", y esto... esto era una degradación profesional y personal que ella había aceptado solo para alejarse de nosotros.
Pero entonces, la tristeza comenzó a ser desplazada por una ira sorda, una rabia que no iba dirigida a mi madre, sino a la propia Jane.
¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo elegir esto para mis hijos? Miré la foto de nuevo, deteniéndome en su perfil. El embarazo ya se notaba, una curva suave bajo el delantal de limpieza. La ira me apretó la mandíbula. Yo habría luchado. Me habría enfrentado a mi madre, a la prensa, a quien fuera.Me dolía su falta de fe en mí. Me quemaba que hubiera preferido la humillación de fregar suelos antes que confiar en que yo podía ser el escudo que ella necesitaba. Al huir, no solo se salvó ella; me quitó el derecho de pelear a su lado. Decidió por los dos. Decidió que yo no era lo suficientemente fuerte para proteger a esa familia que apenas empezaba a existir.
—Hay algo más —dijo Miller, sacando una última foto—. Camina dos kilómetros cada día para ir al trabajo. No usa el coche para ahorrar combustible. Su madre no está bien de salud; los vecinos dicen que Jane apenas duerme.
Me quedé mirando la imagen de Jane caminando por una carretera secundaria, sola, bajo la lluvia fina de Cumbria. Estaba a salvo del escándalo, sí. Pero estaba viviendo una vida de sacrificios extremos que no le correspondía.
—Gracias, Miller. No haga nada más. Yo me encargo —dije, guardando la carpeta.
Subí a mi coche y me quedé allí, en silencio, mirando el volante. Estaba aliviado de saber que respiraba, que estaba allí. Pero me sentía traicionado por su decisión. Jane había elegido una libertad miserable sobre una lucha conmigo.
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El nudo de la corbata me apretaba la garganta como una mano de hierro. Me miré al espejo del vestidor, pero el hombre que me devolvió la vista me resultó un extraño. Mis ojos estaban inyectados en sangre, las cuencas hundidas en una sombra grisácea que ninguna cantidad de agua fría podía borrar. Mis dedos, siempre precisos para ajustar los gemelos de plata, flaquearon. Uno de ellos resbaló y rodó por el parqué, perdiéndose debajo de un mueble pesado de caoba. No hice el menor ademán de buscarlo. Me quedé allí, con un puño cerrado y el otro vacío, mirando el espacio donde el lujo empezaba a descascarillarse.
En la oficina, la atmósfera era eléctrica, pero yo me sentía bajo el agua.
—Señor Cooper, la junta de inversores de las diez ha solicitado su presencia tres veces —Marcus estaba de pie en el umbral de mi despacho. Su voz, antes una molestia necesaria, ahora era un zumbido lejano.
En mi pantalla, el informe del detective Miller permanecía abierto. La fotografía de Jane sacando la basura bajo la lluvia de Cumbria parecía quemar los píxeles. Cada vez que parpadeaba, veía el contraste: la opulencia de mi escritorio de mármol frente al delantal manchado de café de la mujer que llevaba a mis hijos.
—Diles que no voy a ir —dije. Mi voz sonó espesa, como si tuviera la boca llena de ceniza.
—¿Perdone? Es la fusión con el grupo asiático, Thomas. Si no apareces, el mercado va a…
—Que se hunda —le interrumpí, sin levantar la vista del informe.
Marcus se quedó inmóvil. En el silencio que siguió, pude oír el tictac del reloj de pared, un sonido rítmico que me recordaba que cada segundo que pasaba, Jane estaba de pie, frotando mesas con las manos hinchadas por el frío, mientras mi madre desayunaba en porcelana fina pagada con el sudor de gente como ella.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 12.02.2026