El Peso del Silencio

XX

El despertador es un mazo de cristal que golpea mis sienes a las cuatro de la mañana. En Grasmere, a esta hora, el frío no es solo una temperatura; es una presencia que se filtra por las rendijas de la cabaña, una humedad que muerde los huesos y empaña los cristales con una escarcha que parece difícil de romper.
Me levanté despacio, apoyando las manos en el colchón hundido. Mis gemelos, mis "pequeños polizones", pesaban hoy más que ayer. Sentí una punzada en la parte baja de la espalda y un mareo breve, un recordatorio de que mi cuerpo estaba trabajando a doble marcha: construyendo dos vidas mientras yo agotaba la mía.
—Solo un poco más —susurré, acariciando la curva de mi vientre sobre el camisón de algodón áspero.
Caminé de puntillas hacia la habitación de mi madre. La escuché respirar, ese silbido rítmico y frágil que era mi mayor miedo y mi única compañía. Le dejé el termo con té caliente y sus medicinas preparadas. Ella creía que estábamos aquí por mi "amor al campo", por un retiro necesario. No sabía que cada pastilla que tomaba era una moneda de plata pagada con el exilio.
Caminar hacia la cafetería fue un ejercicio de supervivencia. El viento del norte cortaba la piel y mis botas viejas apenas protegían mis pies del suelo congelado. Llegué al "The Daily Grind" antes que el sol.
El olor a café rancio y a detergente de pino me recibió. No era el aroma a espresso caro de las oficinas de Londres; era un olor industrial, honesto y agotador. Empecé mi rutina: fregar el suelo de madera, apilar las sillas, limpiar el vapor de los cristales que daban a la carretera. Mis manos, que antes manejaban contratos de confidencialidad y agendas de alta dirección, ahora estaban rojas, agrietadas por el agua fría y el jabón corrosivo.
A mediodía, el cansancio era una neblina espesa en mi mente. Me detuve un segundo en la cocina, apoyada contra la encimera de acero. Cerré los ojos y, por un segundo, el ruido de la cafetera se transformó en el zumbido del aire acondicionado de la oficina de Thomas. Pude oler su perfume, ese aroma a madera y seguridad que solía hacerme sentir que, pasara lo que pasara, él se detendría si yo se lo pedía.
Sacudí la cabeza. Ese pensamiento era un lujo que no podía permitirme. Thomas Cooper era un sueño que me había costado la identidad, y despertarse dolía demasiado.
—Jane, hay alguien en la mesa del rincón que pregunta por el menú especial —gritó el dueño desde la barra.
Me sequé las manos en el delantal manchado de restos de pastelería y me ajusté el mechón de pelo que se me escapaba del moño. Salí al comedor con la libreta en la mano, sintiendo cómo los gemelos daban una patada simultánea, como si ellos también presintieran que el aire de la habitación había cambiado.
Me detuve en seco a mitad del pasillo.
El local estaba lleno de senderistas con chaquetas de colores brillantes y lugareños con ropa de trabajo. Pero en la mesa del rincón, bajo la luz mortecina de una lámpara de mimbre, había una figura que parecía haber sido recortada de otro universo. Llevaba un abrigo de cachemir color camello y unos guantes de piel que valían más que todo el mobiliario de la cafetería. Su postura era impecable, una columna de mármol en medio de la madera vieja y el olor a fritura.
El corazón me dio un vuelco violento, golpeando contra mis costillas con un pánico sordo. La libreta resbaló de mis dedos y cayó al suelo, pero no me agaché a recogerla. Sentí que el frío de la montaña entraba de golpe en el local, congelando mis pulmones.
Ella levantó la vista. No había rastro de la altivez de nuestro último encuentro; en sus ojos azules, los mismos ojos que yo buscaba en mis ecografías, había algo que me heló la sangre: una mezcla de reconocimiento y un espanto que no supo ocultar al ver mi delantal sucio y mi vientre cansado.
Mis labios se movieron, pero mi voz apenas fue un aliento quebrado por el miedo.
—Elena.
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El apartamento olía a una mezcla de whisky barato y facturas sin abrir. Había perdido la cuenta de cuántas veces el sol había cruzado el salón, marcando las horas de una vida que ya no me pertenecía. Estaba sentado en la alfombra, con la espalda apoyada en el sofá, mirando un punto fijo en la pared donde la sombra de un edificio cercano parecía una mancha de humedad.
—Si no te conociera, diría que estás intentando convertirte en parte del mobiliario, Tom.
La voz de Marcos rompió el silencio. No lo miré. Lo escuché caminar por la cocina, abriendo y cerrando armarios con una familiaridad irritante. Escuché el sonido del agua corriendo y, un momento después, el tintineo de una taza de cerámica sobre la mesa de centro.
—Tómate esto. Es café. Del de verdad, no esa porquería instantánea que pareces estar acumulando —dijo, dejándose caer en el sofá detrás de mí.
—No tengo hambre, Marcos —mascullé, sin moverme.
—No te he preguntado si tienes hambre, te he dado café. Es una directriz corporativa, considéralo una orden de tu socio minoritario preferido —soltó él con un tono ligero, aunque sus ojos, cuando por fin los encontré, estaban llenos de una preocupación genuina—. En serio, pareces un náufrago que ha olvidado que el mar ya se calmó. He tenido que inventar tres excusas diferentes para la junta de esta mañana. A una le puse "problemas gastrointestinales de origen exótico". Nadie hace preguntas cuando mencionas la palabra "diarrea", Tom. Es infalible.
A pesar de la opresión en mi pecho, una pequeña e involuntaria comisura de mis labios se movió. Marcos tenía ese don: era el único capaz de meter una broma en medio de un funeral y hacer que no pareciera un insulto.
—Gracias —susurré.
—No me des las gracias, dame un informe de situación. ¿Qué vamos a hacer? Tu madre está actuando como si nada hubiera pasado, pero Emma tiene la cara de alguien que ha visto un fantasma cada vez que mencionan tu nombre.
Me froté el rostro con las manos. La barba de varios días me raspaba las palmas. Me incorporé un poco, sintiendo que cada hueso de mi cuerpo pesaba cien kilos.
—Voy a dejarlo, Marcos —dije. Mi voz no tembló. Era la primera vez en días que sentía una certeza absoluta—. Voy a renunciar a la presidencia. A las acciones. A todo.
Marcos se quedó en silencio. El vapor del café subía entre nosotros como una cortina de humo.
—¿Hablas en serio? —preguntó, perdiendo por un momento su tono bromista—. Thomas, es el imperio de tu familia. Has trabajado para esto desde que tenías uso de razón.
—No es un imperio, es una jaula de oro. Y está manchada —señalé con la cabeza las fotos de Jane que seguían sobre la mesa, ahora mezcladas con documentos financieros—. He hecho los cálculos. Voy a liquidar mi parte personal de los fondos. Voy a dividirla exactamente a la mitad. Una parte será para ti, para que asegures el control de la empresa y no dejes que mi madre la convierta en una carnicería. La otra mitad... la otra mitad irá a un fondo fiduciario para Jane y los niños.
—¿Vas a dárselo y ya está? —Marcos se inclinó hacia adelante—. ¿No vas a ir a buscarla?
Sentí una punzada de dolor tan aguda que tuve que cerrar los ojos. La imagen de Jane en aquella cafetería, fregando suelos para no depender de nadie, me perseguía.
—Ella eligió irse, Marcos. Me dolió, me destrozó que no confiara en mí, pero fue su voluntad. Me vendió una mentira para que la dejara en paz, y aunque fuera por miedo , fue su decisión —apreté los puños—. No voy a ser el hombre en su vida que la obliga a hacer algo que no quiere. Si ella quiere distancia, se la daré. Pero no voy a permitir que mis hijos nazcan en esa precariedad mientras yo duermo en sábanas de seda. Le daré los medios para que viva como quiera, lejos de los Cooper. Lejos de mí.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer tú?
—Me voy del país —respondí, mirando hacia la ventana—. No sé a dónde. Quizás a algún lugar donde nadie sepa qué significa el apellido Cooper. Donde pueda empezar a ser alguien que no necesite una armadura de hielo para sobrevivir al desayuno.
Marcos suspiró, un sonido largo y cargado de resignación. Se puso de pie y me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.
—Eres un idiota noble, Tom. Un idiota con mucho dinero, pero un idiota al fin y al cabo. Si eso es lo que necesitas para respirar de nuevo, te ayudaré con el papeleo.
Se despidió con un gesto silencioso, dejándome de nuevo con el eco de mis planes de huida. Me sentía extrañamente ligero, como si al decidir renunciar a todo, el aire hubiera vuelto a entrar en mis pulmones. Me levanté para recoger las tazas, dispuesto a empezar a hacer una maleta, cuando un sonido agudo e inesperado cortó la quietud del apartamento.El timbre.
Fruncí el ceño. Marcos acababa de salir, y nadie más solía venir sin avisar. Pensé en Emma, o quizás en mi madre volviendo para intentar otra manipulación, y sentí que la rabia volvía a encenderse en mi estómago.
Caminé hacia la puerta con pasos pesados. No miré por la mirilla; no me importaba quién estuviera al otro lado. Abrí la puerta con un gesto brusco, listo para decir que no quería ver a nadie.
Pero las palabras murieron en mi garganta. El aire se succionó de la habitación de golpe y sentí que mis piernas flaqueaban, obligándome a agarrarme al marco de la puerta para no caer.
Allí fuera, bajo la luz mortecina del pasillo, no estaba mi madre. No era Emma con sus reproches ni Marcos con sus bromas.
Mi corazón se detuvo por un segundo completo antes de empezar a galopar de forma errática. El shock fue tan profundo que mi visión se nubló en los bordes. No podía ser verdad. No después de todo lo que había descubierto. No después de haber planeado mi desaparición.
—¿Tú? —fue lo único que mi mente fue capaz de articular, mientras el mundo se desmoronaba y se reconstruía frente a mis ojos en un solo parpadeo.
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La oficina de Thomas siempre había sido un santuario de orden. Lujo, sí, pero un lujo silencioso, donde cada libro tenía su sitio y el aire olía a madera de cedro y profesionalismo. Pero el lugar al que acababa de entrar era un campo de batalla.
Thomas estaba en la puerta, inmóvil, con el rostro hundido, la barba de varios días oscureciendo su mandíbula afilada, y sus ojos... Sus ojos ya no tenían ese brillo de culpa ni de interés. Estaban vacíos, dos pozos de apatía gris que me absorbían. Me miró como a un mueble, sin sorpresa real, solo con una indiferencia que me dolió más que cualquier insulto.
—Jane—su voz era un susurro ronco, apenas una exhalación.
Me quedé paralizada en el umbral, con el corazón en la garganta. Habíamos viajado toda la noche, impulsada por la desesperación de la visita de Elena a la cafetería, pero al verlo así, todo mi impulso se desvaneció.
—Thomas... —empecé, mi voz temblorosa.
Él no me dio la bienvenida. No me echó. Simplemente se apartó del marco de la puerta, dejándome espacio para entrar, pero sin invitación. Entré y el olor a whisky rancio, tabaco y encierro me golpeó. Era el olor de la derrota, un aroma que jamás habría asociado con Thomas Cooper.
El salón era un caos: ropa de diseño tirada en el suelo, una botella vacía sobre la mesa de café, papeles de negocios mezclados con fotografías que reconocí como las mías. Un calcetín de bebé, diminuto y blanco, yacía solitario cerca de un zapato de cuero italiano.
—Tu apartamento... —intenté de nuevo, mi voz cargada de una preocupación que me esforcé por ocultar con pragmatismo—. Parece que has tenido una fiesta muy salvaje.
Thomas no respondió. Caminó hacia la ventana, encendió un cigarrillo con movimientos mecánicos y le dio una calada larga y lenta, exhalando el humo hacia la oscuridad de la noche londinense. No me miró. Era como si mi presencia fuera una mancha de humedad que elegía ignorar.
—¿Estás bien?—insistí, intentando llenar el silencio opresivo.
—Perfectamente.
Su respuesta fue cortante, un pedazo de hielo arrojado contra la pared. El Thomas que yo conocía, el que me había protegido en la oficina, el que me había mirado con una culpa tan palpable, había desaparecido. Este hombre era una cáscara vacía, y me sentí una intrusa por presenciar su derrumbe.
Me acerqué a la mesa de café, con las manos temblorosas, y empecé a apilar los papeles.
—Deberíamos recoger esto. Parece que has estado revisando documentos importantes...
—Déjalo —su voz fue un trueno, y me encogí de hombros, sorprendida por la fuerza de su tono—. No importa ya. Nada de eso importa.
Volvió a quedarse en silencio, mirando la ciudad. Sentí una pena inmensa. Lo que mi huida había logrado no era paz para él, sino destrucción. Lo había abandonado. Verlo así me hizo cuestionar si mi sacrificio había valido la pena, si la paz de mis hijos merecía este precio tan alto para su padre.
Me quedé allí de pie, sintiéndome inútil, una molestia en su miseria. El hombre que amaba, a mi manera silenciosa y complicada, estaba roto, y yo no tenía las herramientas para repararlo.
Finalmente, Thomas aplastó el cigarrillo contra el alféizar de la ventana. Se giró, sus ojos vacíos me miraron por un instante fugaz, sin registrarme realmente.
—Me voy a la cama —dijo, sin un ápice de calidez, sin una pregunta de "¿por qué estás aquí?". Se dirigió hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.
Me quedé sola en el salón desordenado. Me sentí como una extraña, como la secretaria que se había atrevido a entrar en la vida del jefe y había roto todas las reglas. No podía quedarme, no cuando él ni siquiera podía mirarme.
Cuando desapareció por el pasillo, su voz llegó desde la oscuridad del dormitorio.
—Antes de irte, cierra la puerta con llave.
Fue mi sentencia final. Tomé mi bolso, que había dejado en el suelo de la entrada. Miré el calcetín de bebé solitario en la alfombra, sintiendo que un nudo de desesperación me apretaba la garganta. No podía dejarlo así, pero no podía quedarme si él no me quería cerca.
Me acerqué al desastre de la mesa de café y, con manos rápidas, recogí mis fotografías del norte y las guardé en mi bolso. Dejé los documentos de la empresa apilados de forma ordenada.
Me dirigí a la puerta principal, sintiendo que cada paso me pesaba más que el anterior. Miré hacia atrás una última vez, hacia el pasillo oscuro donde Thomas se había desvanecido. No había arrepentimiento en mi corazón por haber venido, solo una tristeza infinita.
Salí del apartamento, cerrando la puerta detrás de mí. El clic de la cerradura fue el sonido más final y solitario que había escuchado jamás. Estaba de vuelta en la fría realidad, con la certeza de que el padre de mis hijos estaba perdido, y que mi huida solo había logrado que se hundiera más rápido.




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