El día siguiente el panorama del apartamento de Thomas no había mejorado. Si algo, el desorden se había vuelto más agresivo. Entré usando el código de la puerta que me dió su madre, preparada para el olor a abandono que me había recibido la última vez.
Thomas estaba en la sala, sentado en el suelo con la espalda contra el sofá. Tenía una tablet en las manos, pero sus ojos estaban fijos en la pantalla con una concentración vacía. Seguía llevando la misma camisa arrugada que la última vez. No se inmutó cuando entré.
—Veo que has añadido unas cuantas botellas nuevas al inventario —dije, cerrando la puerta detrás de mí con una seguridad que no sentía del todo.
No me miró. No se movió. Su silencio era su castigo para mi. Me quité el abrigo y lo colgué en el perchero de la entrada, un acto de afirmación de que no me iba a ir.
—Voy a asumir que tu falta de respuesta significa que quieres que me quede.
Caminé hacia la cocina. El frigorífico estaba casi vacío, salvo por una botella de leche caducada y una manzana arrugada. El desastre de la mesa de café seguía allí, y el cenicero estaba a punto de desbordarse. La rabia silenciosa de Thomas era palpable en cada objeto fuera de lugar.
Empecé a recoger la ropa del suelo. Doblé los pantalones y las camisas con movimientos rápidos y precisos, como si estuviera gestionando una crisis empresarial. Thomas gruñó desde la sala, un sonido bajo y animal.
—Te estás convirtiendo en una molestia —dijo su voz, ronca y baja.
—Y tú en un caso de estudio sobre la autocompasión en los hombres ricos —respondí, sin mirarlo, mientras tiraba la botella de leche caducada a la basura—. Tenemos que hacer la compra. Y tú tienes que comer algo real.
Volví a la sala y apilé los documentos financieros con cierta agresividad. Thomas me observó por el rabillo del ojo. Cuando me incliné para recoger las colillas, vi cómo su mandíbula se apretaba. Apretó los dientes, un gesto que mostraba su fastidio silencioso por mi intromisión.
—Tengo que irme a mi despacho a trabajar —dijo, poniéndose de pie con movimientos torpes, como si su propio cuerpo le resultara incómodo. Su plan era aislarse de nuevo, perderse en la oscuridad de su habitación y su pena.
—No. Vas a comer —dije, interponiéndome en su camino hacia el pasillo.
Thomas se detuvo. Me miró por primera vez directamente, con una intensidad que me hizo tragar saliva. Sus ojos, aunque aún apagados, tenían un rastro de irritación viva.
—No me digas lo que tengo que hacer en mi propia casa —espetó.
—No es tu casa, es tu tumba —repliqué, sintiendo que el agotamiento de mis turnos de limpieza me daban una fuerza renovada—. Y no te voy a dejar morir de hambre en ella.
Pasé a su lado y me dirigí a la cocina. Abrí otro armario y encontré una caja de cereales viejos y una lata de atún. No era gourmet, pero era comida.
—Siéntate a la mesa —ordené, abriendo la lata con un abrelatas manual. El sonido metálico fue fuerte en el silencio de la habitación.
Thomas se quedó inmóvil en el pasillo durante varios segundos, con los hombros tensos. Parecía un niño castigado que se resiste a obedecer. Gruñó por lo bajo y, con un suspiro de derrota silenciosa, se sentó en la silla del comedor, empujando la mesa con un ruido sordo.
Le serví el atún en un plato hondo y le acerqué el tenedor. Me senté frente a él, sin comer, simplemente observándolo hasta que cogió el tenedor de mala gana y empezó a comer. El ambiente estaba cargado de una tensión incómoda. No era la asistente y el jefe, no éramos amigos; éramos dos extraños atados por un destino que ninguno de los dos había elegido, compartiendo una comida triste en un apartamento que se estaba cayendo a pedazos por dentro.
Cuando terminó, se levantó sin decir gracias y volvió al sofá. Se sentó en la oscuridad, mirando la ciudad. Recogí el plato, lo lavé y empecé a limpiar el resto del desorden de la sala. El apartamento empezó a oler menos a abandono y más a limpieza.
Cuando terminé, ya era de noche. Cogí mi abrigo y me dirigí a la puerta. Thomas no se movió, pero supe que estaba escuchando cada uno de mis movimientos.
—Me voy. Pero volveré mañana a las diez de la mañana —dije, poniendo la mano en el pomo de la puerta—. No tienes que estar feliz de verme, Thomas. Si cambias la contraseña y no abres la puerta, llamaré al fontanero y haré un agujero en la pared. Y prometo que será ruidoso.
No hubo respuesta. Salí del apartamento y cerré la puerta. El silencio del pasillo me envolvió, pero esta vez, el clic de la cerradura no sonó solitario. Sonó como un "volveré mañana" que esperaba, de alguna manera, que él hubiera escuchado.
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El tercer día, traje un delantal floral y ridículo que había comprado. Me lo puse nada más entrar en el apartamento de Thomas. El olor a abandono había disminuido, sustituido por el débil aroma a detergente que había usado el día anterior. Un pequeño triunfo.
Thomas estaba en el mismo lugar de la vez anterior: sentado en el sofá, mirando un punto fijo, pero esta vez con un ordenador portátil abierto en el regazo. Llevaba una camisa limpia, aunque arrugada, y su cabello, aunque todavía largo, estaba menos desordenado. Otro punto para mi campaña de "salvar a Thomas de sí mismo".
—Buenos días. Me temo que la empresa estará en la ruina, porque tu socio ha tenido que inventar otra excusa gastrointestinal por tu ausencia —dije, dirigiéndome directamente a la cocina. No le di tiempo a su silencio opresivo a instalarse.
Empecé a sacar ingredientes que había comprado de camino: huevos, pan integral, verduras frescas. El plan para hoy era una tortilla. Thomas odiaba las tortillas.
Escuché un gruñido desde el salón, un sonido bajo y desaprobador. Me reí por dentro.
—Veo que has recuperado el uso de las cuerdas vocales. ¿Alguna queja sobre el menú de hoy?
—No te pedí que vinieras —dijo su voz, cortante.
—Y yo no te pedí que murieras de inanición en tu sofá. Así que estamos empatados.
Empecé a picar las verduras con un cuchillo grande. El sonido rítmico llenó la cocina. Sentía su mirada clavada en mi espalda, pero cuando me giré para buscar un bol, él ya estaba mirando de nuevo a la pantalla, con el ceño fruncido.
Estuve cocinando durante veinte minutos. El olor a tortilla con pimientos y cebolla llenó el apartamento. Cuando terminé, puse el plato humeante sobre la mesa del comedor.
—A comer.
Thomas no se movió.
—No quiero tortilla. Lo sabes.
—Es lo que hay. O tortilla, o te hago una papilla de cereales —me crucé de brazos, imponiendo mi presencia—. Tú eliges tu método de humillación.
Se levantó de golpe, con un fastidio palpable en su andar. Se sentó a la mesa y miró el plato con disgusto, como si fuera una criatura alienígena. Cogió el tenedor y empezó a comer, masticando lentamente, con la mandíbula tensa.
Me senté frente a él con mi propio plato. La tensión era incómoda, pesada. Me concentré en mi comida, intentando ignorar el hombre roto y fastidiado que tenía delante.
De repente, sentí un peso en mi vientre. Los gemelos se movieron, un aleteo familiar que me hizo sonreír instintivamente. Bajé la vista a mi embarazo, acariciándolo.
—¿Están activos hoy? —su voz me pilló por sorpresa.
Levanté la vista. Thomas me estaba mirando fijamente. Sus ojos, por un segundo, perdieron esa apatía gris y se clavaron en la curva de mi embarazo con una intensidad que me cortó la respiración. Había anhelo, dolor y una curiosidad voraz que intentó ocultar de inmediato.
Desvió la mirada bruscamente, mirando de nuevo al plato con la misma expresión de fastidio.—Me refiero a que si te dan mucha guerra —se corrigió, su voz más seca que el Sahara.
—No, se portan de maravilla, me encanta que se muevan-. Dije sonriendo.
— Parece que tienes las manos hinchadas—. Comentó con vista puesta aún es su plato.
—Estoy bien, Thomas —respondí, sintiendo un nudo en la garganta. Lo había pillado. Le importaba, a pesar de su distancia monumental.
Terminamos de comer en silencio. Recogí la mesa y limpié la cocina. Cuando terminé, saqué los documentos de la mesa de café.
—Necesitas ocuparte de esto —dije, poniendo la carpeta delante de él, el único objeto que le daba una razón para moverse.
Me miró. Sus ojos eran fríos como el hielo del Ártico.
—Eso no importa ya —dijo, cerrando la carpeta de golpe, como si sellara su destino—. Renuncié a todo.
—Thomas Cooper, eres un idiota —espeté, sintiendo que mi frustración se convertía en ira.
Me puse el abrigo, sintiendo el peso de mi embarazo y de su apatía sobre mis hombros.
—Volveré mañana a las diez —dije, acercándome a la puerta.
—No hace falta. No voy a estar aquí.
—Intenta esconderte. Te encontraré, te obligaré a comer algo decente y te recordaré por qué vale la pena luchar. No me subestimes, Thomas. El hombre que conocí era un luchador, no esta cáscara autocompasiva.
Salí y cerré la puerta. El silencio del pasillo me envolvió, pero por primera vez, me sentí menos sola. La chispa en los ojos de Thomas, aunque fuera de fastidio, era mejor que la nada. Mañana, seguiría luchando por él, aunque él se empeñara en ser su peor enemigo.
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El cuarto día, traje una aspiradora. El apartamento necesitaba una limpieza profunda que mis manos y una escoba no podían lograr. Entré a las diez en punto, como había prometido.
Thomas no estaba en el sofá. Estaba en su despacho, la puerta entreabierta. Me asomé. Llevaba una camisa blanca, impecable esta vez, y estaba sentado frente a su escritorio inmaculado. Había ordenado los papeles. La barba había desaparecido; su mandíbula afilada estaba limpia y afeitada. El hombre de negocios, el Thomas Cooper que dominaba la City, estaba de vuelta en apariencia.
Pero cuando me miró, sus ojos seguían siendo dos pedazos de carbón apagado.
—No he dado permiso para que entres en mi despacho —dijo, sin quitar la vista de la pantalla, su voz el epítome de la frialdad corporativa.
—Ignoraré esa grosería porque sé que en el fondo estás agradecido de que recoja tu desastre—dije, arrastrando la aspiradora al salón—. Y por cierto, la camisa te queda bien.
Encendí la aspiradora. El ruido ensordecedor llenó el apartamento. Era mi manera de imponer mi presencia, de llenar cada rincón de su silencio opresivo con ruido y limpieza. Limpié el salón, la cocina y los pasillos, moviendo muebles pesados que me hicieron jadear, pero no me detuve.
Cuando terminé una hora después, el silencio volvió al apartamento, pero era un silencio limpio, ordenado. El olor a moho había desaparecido.
Thomas salió de su despacho, con una taza de café en la mano. Me miró, y su fastidio silencioso era casi cómico en su intensidad. Se sentó en el sofá, y vi un destello fugaz de alivio al notar que la alfombra estaba limpia.
—Tenemos que ir a comprar comida de verdad —dije, guardando la aspiradora.
—No tienes que encargarte de eso —dijo, bebiendo de su taza.
—A juzgar por tu nevera y despensa vacia, sí tengo.
Se quedó en silencio. Me senté en la mesa de café frente a él. La tensión era incómoda, pero el ambiente estaba menos cargado que los días anteriores. Físicamente, Thomas estaba volviendo a ser él mismo, pero emocionalmente seguía siendo el náufrago.
De repente, sentí la mano de Thomas posarse sobre mi vientre. Fue un toque fugaz, apenas un segundo, pero me cortó la respiración. Sus ojos me miraron, y por un segundo vi el anhelo de nuevo, un abismo de dolor por la paternidad que le habían robado. Su mano se retiró con la misma velocidad que un rayo, y su rostro recuperó esa máscara de indiferencia.
—Tu abrigo está en el perchero —dijo, mirando fijamente la taza de café. Se había hecho el loco, como si ese toque no hubiera sucedido.
Me levanté, sintiendo el calor de su mano aún en mi vientre. Sabía que había sentido a los bebés, y eso era suficiente por hoy.
—Me voy. Pero volveré mañana a las diez.
Me miró sin expresión.
—No te molestes, he reservado un chef privado.
—Ah, ¿sí? Pues mañana a las diez estaré aquí para asegurarme de que coma sus verduras, Señor Cooper.
Salí del apartamento, sintiendo un agotamiento profundo, pero también una extraña sensación de victoria. Había recuperado un poco del hombre que conocía, y sabía que mi persistencia, mi terquedad, era el único idioma que él entendía ahora.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 12.02.2026