El Peso del Silencio

XXII

Cada mañana, cuando escucho el clic digital de la cerradura, una parte de mí muere y otra resucita con una violencia que me aterra.
Me obligo a no levantar la vista. Me aferro a la pantalla de mi portátil como si fuera un escudo, ignorando el sonido de sus pasos, ese ritmo decidido que no ha cambiado a pesar del peso que ahora carga en su vientre. El primer día que apareció en mi puerta, el impacto fue tan brutal que sentí mis rodillas ceder. Quise caer de rodillas, rodear su cintura con mis brazos y hundir el rostro en su regazo para llorar como un niño que ha estado perdido en el bosque demasiado tiempo. Pero no lo hice. El orgullo, o quizás el puro instinto de supervivencia, congeló mis músculos. Si le permitía ver una sola grieta en mi armadura, el muro se vendría abajo y yo no estaba listo para enfrentarme a los escombros de lo que fui.
Así que elegí el hielo. Elegí ser este extraño borde y cortante que la ignora mientras ella, con una terquedad que me desarmaba, limpiaba mis cenizas.
Hoy no es diferente. Ella está en la cocina, haciendo ruido con las sartenes, imponiendo un orden que yo no pedí pero que mi cuerpo agradece. Me he afeitado. He recuperado la verticalidad de mi espalda. Me parezco de nuevo al Thomas Cooper que sale en las portadas de la prensa económica, pero por dentro sigo siendo un náufrago.
El timbre sonó, rompiendo la tensión doméstica y tensa. Era Marcos.
Entró con su habitual energía caótica, esa que antes me divertía y que ahora me resultaba tan estridente como un claxon en un funeral. Se detuvo en seco al ver a Jane en la cocina.
—Vaya, vaya —soltó Marcos, silbando por lo bajo mientras dejaba su maletín en el sofá—. Pero si es la mujer que hace que este lugar no parezca una guarida de un villano de Bond deprimido. Jane, te sienta bien el aire del norte. Estás... radiante. No sé si es el embarazo o que por fin te has librado de aguantar a este gruñón diez horas al día, pero te ves increíble.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. Un calor negro me subió por el cuello. Jane le sonrió a Marcos, una sonrisa suave que a mí no me había dedicado en días.
—Hola, Marcos. Solo intento que Thomas no se convierta en parte del mobiliario —respondió ella, volviendo a sus verduras. Marcos rio recordando su propio chiste.
—Pues lo estás logrando. Al menos hoy no huele a destilería clandestina aquí dentro —Marcos se giró hacia mí, ignorando mi mirada asesina—. Oye, Jane, me muero de curiosidad. ¿Dónde te estás quedando en Londres? Porque supongo que no vas y vienes de Cumbria cada mañana en una alfombra mágica. ¿Un hotel? ¿Algún piso de alquiler en Chelsea? ¿O quizás tienes algún amigo caritativo que te da cobijo?
Bromeo moviendo sus cejas de forma sugerente.Me quedé rígido. Esa era la pregunta que yo me había prohibido hacer. La pregunta que me quemaba la lengua cada vez que la veía cruzar la puerta de salida por la noche. ¿Dónde dormía? ¿Quién la cuidaba cuando se sentía cansada? Había elegido no interesarme para mantener la distancia, para convencerme de que ella ya no era mi responsabilidad, sino una extraña que se había ido por voluntad propia. Escuchar a Marcos preguntarlo con tanta ligereza me hizo sentir una punzada de celos y de ira que casi me hace estallar.
—Me quedo en un pequeño Bed & Breakfast cerca de la estación —contestó Jane con voz plana, sin mirarme—. Es sencillo, pero limpio.
—¿Un B&B? —Marcos arrugó la nariz—. Jane, por favor. Thomas tiene cuentas de gastos que podrían comprar ese edificio entero. No puedes estar en un lugar así con... bueno, con los dos pequeños inquilinos.
—Estoy perfectamente, Marcos. No necesito que nadie compre edificios para mí —sentenció ella, y noté el filo en su voz.
—Thomas, di algo —me pinchó Marcos, dándome un codazo—. No dejes que la madre de tus hijos duerma en un sitio de mala muerte mientras tú tienes tres habitaciones vacías llenas de polvo.
—Jane es una mujer adulta y muy "práctica" —dije, usando la palabra que mi madre había usado para herirme, escupiéndola con toda la amargura de la que fui capaz—. Ella toma sus propias decisiones, Marcos. Lo demostró cuando se fue sin decir palabra. No soy quién para cuestionar dónde decide dormir ahora.
El silencio que siguió fue denso, pesado como el plomo. Jane se tensó sobre la encimera. Vi cómo sus nudillos se blanqueaban mientras sujetaba el cuchillo. No me miró, pero supe que mis palabras habían dado en el blanco.
—Eres un imbécil, Tom —murmuró Marcos, perdiendo su tono bromista—. Un imbécil integral.
—Si has venido a insultarme, puedes hacerlo en la oficina —respondí, levantándome con una frialdad que no sentía—. Tengo trabajo que hacer.
Me encerré en mi despacho, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Me apoyé contra la madera, cerrando los ojos. Me odiaba. Odiaba a Marcos por ser capaz de decirle lo que yo no podía. Odiaba a Jane por estar allí. Pero sobre todo, me odiaba porque, a pesar de mis palabras crueles, lo único que quería era salir, pedirle que me dijera la dirección de ese hotel y llevarla a pulso hasta mi cama para no dejarla ir nunca más.
Escuché sus risas bajas en la cocina, el murmullo de Marcos intentando suavizar el ambiente. Cada sonido era un clavo en mi ataúd de orgullo. Estaba recuperando mi aspecto físico, sí. Me veía como un hombre poderoso de nuevo. Pero por dentro, seguía siendo un cobarde escondido tras una puerta cerrada, esperando a que ella terminara de limpiar mi desorden para poder volver a respirar.
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Escuché el portazo de Marcos al salir. Su risa, que antes llenaba el pasillo, dejó tras de sí un vacío vibrante y cargado de electricidad estática. Me quedé en el despacho, contando mis propias pulsaciones, esperando a que el ruido de los platos en la cocina me indicara que ella seguía allí. Necesitaba que se fuera, pero me aterraba el silencio que vendría después.
Salí del despacho con el rostro rígido, como una máscara de porcelana agrietada. Jane estaba de espaldas, guardando el delantal floral en un cajón. Se veía pequeña, pero su presencia ocupaba cada centímetro de aire que yo intentaba respirar.
—¿Un B&B, Jane? —solté, mi voz cortando el aire como un bisturí—. No sabía que el martirio era parte de tu nueva identidad. ¿O es que el cheque de mi madre no cubría un hotel de cinco estrellas en Londres?
Ella se giró despacio. No había rastro de la sumisión que yo esperaba. Sus ojos estaban encendidos con una mezcla de cansancio y un desprecio que me hizo retroceder mentalmente.
—Mentí —dijo ella, con una calma que me heló la sangre—. Mentí a Marcos porque no quería que hiciera más preguntas. Pero no voy a mentirte a ti, Thomas. No porque te lo deba, sino porque no tengo energía para sostener más ficciones.
—¿Entonces? ¿Dónde te escondes cuando cierras esa puerta? —me acerqué a ella, invadiendo su espacio, necesitando que sintiera el peso de mi desprecio.
Jane suspiró, cruzando los brazos sobre su vientre, ese escudo natural que ahora era el centro de nuestro universo.
—No estoy en un hotel. Estoy en la mansión —hizo una pausa, dejando que las palabras cayeran entre nosotros como granadas—. Estoy en casa de Elena. Tu madre me lleva y me busca cada día.
El mundo se inclinó. Sentí un zumbido agudo en los oídos, una frecuencia sorda que me desconectó de la realidad durante un segundo eterno. Mi madre. Elena. La mujer que me había visto desmoronarme en el suelo de este apartamento, la que me había mentido a la cara sobre la codicia de Jane, la que me había robado meses de mi paternidad... estaba ahora compartiendo el desayuno con ella.
—¿Qué has dicho? —mi voz salió como un gruñido animal, baja y peligrosa.
—Ella vino a buscarme a Cumbria, Thomas —continuó Jane, sin apartar la mirada—. Vio cómo estabas viviendo. Vio lo que su "solución" te había hecho. Elena Cooper no sabe pedir perdón. Pero sabe gestionar daños. Me trajo de vuelta para asegurarse de que estés bien.
La rabia, una masa negra y caliente que creía haber domesticado, explotó en mi pecho. Me di la vuelta y golpeé la mesa de comedor con el puño cerrado. El sonido del impacto resonó como un disparo.
—¡Es una trampa! —rugí, girándome hacia ella—. ¡Te usó para alejarte de mí y ahora te usa para tenerme bajo su zapato! ¿Cómo puedes ser tan ingenua, Jane? ¿Cómo puedes dormir bajo su techo?
—¡Porque no tenía otra opción! —gritó ella por primera vez, su voz rompiéndose—. Estaba sola, Thomas. Mi madre está enferma, yo estaba frotando suelos con contracciones de Braxton Hicks y tú... tú estabas aquí, bebiendo hasta morir por mis decisiones.
Me quedé helado. Sus palabras fueron más efectivas que cualquier golpe físico. La realidad de mi propia debilidad, de cómo mi derrumbe la había dejado a merced de mi madre, me golpeó con la fuerza de un naufragio.
—Ella te trae aquí... —balbuceé, la comprensión abriéndose paso—. Ella te deja en mi puerta como quien entrega un paquete, y luego te recoge. Ella está jugando a ser la salvadora de ambos.
—Ella está intentando arreglar lo que rompió, a su manera retorcida —dijo Jane, recogiendo su bolso. Caminó hacia la puerta, deteniéndose a mi lado. El olor a su perfume, ese aroma a jabón limpio y a ella misma, me mareó—. No me gusta estar allí, Thomas. Pero creo que es lo correcto. Mañana a las diez.
Salió del apartamento sin mirar atrás. Me quedé allí, solo en medio de mi salón impecable y vacío, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Mi madre se había infiltrado en el único espacio que me quedaba. Había tomado a Jane, a mis hijos, y los había convertido en sus huéspedes.
Sentí una náusea profunda. Estaba limpio, afeitado y vestido con ropa cara, pero nunca me había sentido más humillado. Mi madre no solo había orquestado nuestra separación, ahora estaba orquestando nuestra "reconciliación" bajo sus propios términos.
Miré el teléfono sobre la mesa. Quería llamar a Elena y quemar el mundo, pero sabía que eso solo asustaría a Jane. Estaba atrapado. Jane estaba en el corazón del enemigo, y yo era el único que sabía que ese refugio era, en realidad, una jaula de plata.




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