El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de seda, pero yo no quería abrir los ojos. Quería quedarme suspendida en ese limbo donde la realidad aún no me alcanzaba. En la penumbra de mi mente, todavía sentía la presión de las manos de Thomas sobre mis hombros. Podía recordar, con una claridad que me erizaba la piel, cómo el calor de su cuerpo había traspasado mi camisón, deshaciendo el hielo que yo misma había construido a mi alrededor.
Su voz... esa frecuencia baja y profunda que parecía vibrar directamente en mi pecho cuando susurró aquel pacto de equipo. Si cerraba los ojos con fuerza, casi podía ver el azul eléctrico de su mirada quemándome, una intensidad que me hacía sentir más viva de lo que me permitía admitir. Sentí un hormigueo extraño, una calidez líquida instalándose en mi vientre, algo que no tenía nada que ver con los movimientos de los bebés. Era el recuerdo de su cercanía, del modo en que su respiración había rozado mi frente, una tensión que me hacía apretar las sábanas con los dedos.
Por un segundo, me permití imaginar cómo sería si todo esto fuera real. Si sus manos no me tocaran por compromiso o por culpa, sino por el simple derecho de poseer lo que ya le pertenecía por instinto. El pensamiento me robó el aliento y sentí un latido sordo en las sienes.
Tres golpes suaves y rítmicos en la puerta me sacaron de mi ensoñación de golpe. El hechizo se rompió como cristal cayendo al suelo.
—¿Jane? Querida, ¿estás despierta? —La voz de Elena, impecable y modulada, atravesó la madera.
Me incorporé rápidamente, alisando mi cabello y tratando de disipar el rubor que sentía en las mejillas. La calidez en mi cuerpo se transformó de inmediato en esa rigidez defensiva que el apellido Cooper siempre me provocaba.
—Pasa, Elena —dije, tratando de que mi voz sonara estable.
La puerta se abrió y Elena entró con la elegancia de quien es dueña no solo de la casa, sino del tiempo de los demás. Llevaba una bata de seda color perla y sostenía una pequeña agenda de cuero en sus manos. Se detuvo a los pies de la cama, observándome con esa cortesía que siempre parecía una inspección de calidad.
—Te ves... un poco cansada —comentó, arqueando una ceja con sutileza—. Espero que la charla de anoche con mi hijo no haya sido demasiado agotadora. Thomas puede ser algo... insistente cuando se propone algo.
—Fue una conversación necesaria —respondí con evasivas, sintiendo cómo el recuerdo de sus manos en mis hombros todavía me quemaba—. Estamos intentando entendernos.
Elena asintió, aunque sus ojos azules —tan parecidos a los de él, pero sin el fuego— no parecían convencidos.
—Me alegra oírlo. Porque mañana tienes la consulta con el especialista para la ecografía de las veinte semanas. Es una cita crucial para los gemelos. —Hizo una pausa y anotó algo en su agenda—. Asumo que Thomas irá contigo, ¿verdad?
—Sí, él... él dijo que estaríamos juntos en esto —murmuré, sintiendo un nudo en la garganta.
—Bien. Porque en este mundo, Jane, las intenciones no valen nada si no se presentan en el momento adecuado —Elena me dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una de esas expresiones cordiales que escondían una advertencia—. Iré con ustedes, por supuesto. Quiero asegurarme de que el Dr. Harrison les dé toda la atención que mi familia requiere. Espero que no te importe que usemos el coche oficial.
—Como digas, Elena —contesté, bajando la vista.
La cordialidad entre nosotras era como caminar sobre una capa de hielo muy fina. Solo podía pensar en el hecho de que, en esa oficina médica, seríamos los tres representando una armonía que, en realidad, pendía de un hilo.
Elena se giró para salir, pero se detuvo en el umbral.
—Ah, y Jane... trata de usar algo de color hoy. El gris no le sienta bien a una futura madre de los Cooper.
Cuando cerró la puerta, me dejé caer de nuevo contra las almohadas. El rastro del tacto de Thomas todavía estaba allí, pero ahora, el peso de la realidad —y de su madre— se sentía mucho más pesado que antes.
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El olor a antiséptico de la clínica privada siempre me había provocado una náusea sutil, pero hoy el aire se sentía más denso. Estábamos sentados en la sala de espera VIP: Jane en el centro, yo a su derecha y mi madre a su izquierda. Parecíamos una estampa familiar perfecta, el tipo de imagen que Elena vendería a la prensa para acallar rumores, pero por dentro yo era un manojo de nervios y desconfianza.
Jane mantenía las manos entrelazadas sobre su vientre, apretando los dedos con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Verla así me quemaba. Me incliné hacia ella, rompiendo la barrera de aire que nos separaba, y puse mi mano sobre las suyas.
—Respira —le susurré, lo suficientemente bajo para que solo ella me oyera—. Todo va a estar bien.
Sus ojos se encontraron con los míos. Y por un segundo, sentí la electricidad de la noche anterior. Su piel estaba fría, pero al sentir mi contacto, sus dedos se relajaron bajo los míos. Fue un gesto pequeño, una tregua, pero para mí significaba el mundo.
—Thomas, por favor —la voz de mi madre cortó el momento como una cuchilla—. Estamos en público. Mantén la compostura. No queremos que nadie malinterprete esta cercanía como algo... desordenado.
—Es la madre de mis hijos, madre. No hay nada de "desordenado" en sostener su mano —respondí sin mirarla, sin soltar a Jane.
—Es una cuestión de óptica —replicó Elena, ajustándose el reloj de oro—. Jane sabe que estamos aquí para asegurar el bienestar de los herederos, no para dar un espectáculo.
—El señor Cooper, la señorita y la señora Elena. El doctor Harrison los recibirá ahora —anunció la enfermera.
Entramos al consultorio. El doctor, un hombre que le debía la mitad de su carrera a las donaciones de mi padre, nos recibió con una sonrisa servil. Jane se acostó en la camilla con una fragilidad que me partía el alma. Cuando el médico aplicó el gel frío sobre su vientre, ella soltó un pequeño jadeo y sus ojos buscaron instintivamente los míos.
Me coloqué a su lado, ignorando la mirada de advertencia de mi madre, que se quedó de pie cerca de la puerta, observando la pantalla como si fuera un balance de resultados trimestrales.
El doctor Harrison ajustó el monitor y aplicó el gel sobre el vientre de Jane, que ya mostraba una redondez prominente y firme. El silencio en el consultorio era sepulcral, solo interrumpido por el leve siseo del equipo médico.
—Esta es la ecografía más importante, la morfológica —explicó el doctor, moviendo el transductor con precisión—. A las 20 semanas, revisamos que el desarrollo de los órganos sea simétrico y saludable. Y si se dejan sabremos el sexo de ambos bebés. Es un examen largo, así que tengan paciencia.
Me incliné hacia adelante, con el corazón martilleando. En la pantalla, las imágenes ya no eran manchas difusas. Eran siluetas humanas, detalladas y claras.
—Aquí tenemos al Bebé A —señaló el médico—. Miren la columna vertebral. —Vimos una línea perfecta de vértebras alineadas como un collar de perlas—. Estamos revisando las cuatro cámaras del corazón… el flujo de las arterias es correcto. Todo es normal.
Jane soltó un suspiro tembloroso. Sentí que el aire volvía a mis pulmones. El doctor continuó midiendo el diámetro de los cráneos, la longitud de los fémures y comprobando el desarrollo de los riñones y el estómago.
—Y aquí está el Bebé B. —El monitor mostró al segundo gemelo, que parecía estar en una posición más activa—. Está cruzando las piernas. Veamos… —El doctor hizo un zoom y, por primera vez, pudimos ver los perfiles de sus rostros: las narices pequeñas, las mandíbulas formadas. Eran reales. Eran personas.
—Doctor, ¿qué hay de la placenta? —intervino mi madre con su tono analítico—. En embarazos múltiples, la irrigación es clave.
—Buena observación, Elena. Ambas placentas están bien insertadas y hay suficiente líquido amniótico en cada saco —respondió el doctor, señalando las bolsas oscuras que rodeaban a cada bebé—. El crecimiento es asombroso. Pesan cerca de 300 gramos cada uno. Están justo en el percentil esperado.
En ese momento, la pantalla mostró una imagen en 4D. Uno de los bebés se llevó una mano diminuta a la boca. Sentí un nudo en la garganta que me impedía hablar. Miré a Jane; las lágrimas corrían por sus sienes mientras ella observaba el monitor con una fascinación absoluta. Me acerqué y apreté su mano, entrelazando mis dedos con los suyos. Esta vez, Jane no solo no se apartó, sino que apretó mi mano de vuelta con una fuerza que me atravesó el pecho.
—Son perfectos, Jane —susurré. El latido del corazón de ambos, captado por el doppler, llenó la sala: un ritmo rápido y constante que era el sonido más puro que había escuchado en toda mi vida.
—Lo son —respondió ella en un hilo de voz, sin apartar la vista de sus hijos.
—Tienen el perfil de los Cooper —intervino mi madre, acercándose a la pantalla—. Esa estructura ósea es inconfundible. Doctor, ¿están recibiendo todos los nutrientes? Quiero el informe completo sobre la dieta de Jane. No podemos permitirnos ninguna deficiencia.
El doctor empezó a explicar detalles técnicos, pero yo dejé de escuchar. Mi mirada estaba fija en Jane. Ella me miraba con una intensidad que me cortaba el aliento, una mezcla de miedo, alivio y algo que empezaba a parecerse a la esperanza. En ese consultorio frío, rodeados por las expectativas de mi madre y la sombra de nuestro pasado, el pacto de "ser un equipo" dejó de ser una promesa de palabras para convertirse en un hecho físico.
Sin embargo, cuando salimos de la sala y caminamos hacia el coche oficial que Elena había insistido en usar, la burbuja se rompió. En la entrada de la clínica, un flash nos cegó.
—¡Thomas! ¿Es cierto que Jane está viviendo en la mansión? —gritó un reportero de una revista de sociedad—. ¡Emma ha declarado que fuiste víctima de un plan calculado!
Sentí cómo Jane se tensaba a mi lado, intentando soltarse de mi mano para ocultarse. Mi madre, sin perder un ápice de elegancia, se colocó frente a nosotros, bloqueando la vista de los fotógrafos.
—Sin comentarios —dijo Elena con voz gélida—. Estamos en una cita médica privada. Respeten la privacidad de la familia Cooper.
Nos metieron en el coche a toda prisa. El silencio dentro del vehículo era asfixiante. Jane miraba por la ventana, con el rostro pálido, y yo supe que la guerra externa apenas estaba comenzando. Emma no se iba a quedar tranquila, y mi madre... mi madre acababa de utilizar la consulta médica para confirmar ante el mundo que Jane era, oficialmente, su nueva "protegida".
—Te lo dije, Thomas —murmuró mi madre mientras el coche arrancaba—. La discreción es nuestro único escudo. Ahora, prepárense. Emma ha filtrado su versión de la historia a la prensa esta mañana.
Miré a Jane. Estaba temblando. La cercanía que habíamos sentido frente al monitor del doctor parecía desvanecerse ante el peso del escándalo que nos esperaba fuera.
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El trayecto de regreso fue silencioso. Jane seguía mirando las fotos de la ecografía en su regazo, acariciando el papel térmico con una suavidad que me hacía querer prometerle un mundo que no estuviera roto. Pero al cruzar los portones de la mansión, esa paz se evaporó. Un coche deportivo rojo, estacionado justo frente a la entrada principal, nos advirtió que la tormenta nos había ganado la carrera.
—¿Qué hace el coche de Emma aquí? —pregunté, sintiendo que la mandíbula se me tensaba.
Mi madre no respondió, pero vi cómo sus labios se convertían en una línea fina de desaprobación. Entramos en el gran salón y la escena que nos esperaba era surrealista. Mi padre, Arthur, el único hombre que siempre había mantenido la cordura en esta familia, estaba sentado en su sillón, luciendo visiblemente incómodo. Frente a él, Emma caminaba de un lado a otro con una copa de vino en la mano, a pesar de que apenas era mediodía.
Al vernos entrar, Emma se detuvo. No había rastro de la mujer elegante y compuesta con la que estuve comprometido. Sus ojos brillaban con un odio líquido y una sonrisa burlona se curvó en su rostro.
—¡Vaya! ¡Regresó la sagrada familia! —exclamó Emma, aplaudiendo con una mano mientras sostenía la copa—. ¿Cómo están los pequeños...?
—Emma, basta —dijo mi padre con voz suave pero firme, levantándose—. No es el momento ni el lugar.
—¡Oh, Arthur, siempre tan caballero! —Emma lo ignoró y caminó directamente hacia Jane, que instintivamente se encogió detrás de mí—. ¿Te gusta la mansión, Jane? ¿Ya te probaste las joyas de Elena?
—No te acerques a ella —gruñí, poniéndome frente a Jane. El olor a alcohol y a resentimiento que desprendía Emma era sofocante.
Emma soltó una carcajada estridente y se giró hacia mi madre, que permanecía inmóvil como una estatua de hielo.
—Y tú, Elena... esto es lo más divertido de todo. Mi antigua aliada. La mujer que me juró que esta "muerta de hambre" nunca mancharía el apellido Cooper. ¿Qué pasó? ¿Te volviste sentimental o es que el papel de abuela mártir te queda mejor para la prensa? Me das asco. Eres tan hipócrita como ellos.
Mi madre dio un paso al frente, su voz saliendo como un látigo.
—Emma, te permití entrar en mi familia por respeto a tus padres, pero no toleraré este lenguaje en mi casa. Jane está bajo mi protección.
—¿Protección? —Emma escupió las palabras—. ¡Estás protegiendo a un error! —Se giró de nuevo hacia Jane, señalando su vientre con la copa—. Disfruta el lujo mientras puedas, Jane.
El silencio que siguió fue atroz. Mi padre bajó la mirada, avergonzado. Pero fue la reacción de mi madre lo que me sorprendió. Elena, la mujer que siempre había preferido a Emma por encima de cualquiera, dio un paso atrás, con el rostro pálido, como si estuviera viendo a un monstruo por primera vez. El odio desmedido de Emma había logrado lo imposible: que mi madre sintiera una punzada de verdadera decencia.
—Fuera de aquí —dije, mi voz sonando peligrosa y baja—. Si vuelves a mencionar a mis hijos o a Jane, no me importará el apellido de tu padre ni nuestra historia. Te quiero fuera de esta propiedad en diez segundos.
—Me voy, Thomas. Pero no creas que este cuadro familiar va a durar —Emma terminó su vino y dejó la copa sobre una mesa antigua con un golpe seco—. La ciudad entera sabe que ella es tu mayor error.
Emma salió del salón, haciendo resonar sus tacones contra el mármol. Cuando la puerta principal se cerró con estruendo, Jane se derrumbó en el sofá, ocultando el rostro entre sus manos.
Mi padre se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—Lo siento tanto, Jane. Nadie merece escuchar eso —murmuró Arthur, con una bondad que me hizo querer llorar.
Miré a mi madre. Estaba mirando hacia la puerta por donde Emma se había ido, con una mano en el pecho, visiblemente impactada.
—Yo... yo no sabía que ella guardaba tanta oscuridad —susurró Elena, por primera vez sin rastro de arrogancia.
Me acerqué a Jane y me arrodillé frente a ella, tal como lo hice la noche anterior. Esta vez, frente a mis padres, no me importó nada más.
—No la escuches —le dije, tomando sus manos—. Somos un equipo. ¿Recuerdas?
Pero al mirar a Jane, vi que el veneno de Emma había calado hondo. El remordimiento que ella ya sentía acababa de encontrar una voz externa que lo gritaba con fuerza.
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silencios que hieren, decisiones dificiles, conflictos internos
Editado: 12.02.2026