El Peso del Silencio

XXV

El aire de la mansión el día de la gala era distinto, cargado de una actividad frenética que contrastaba con el silencio contenido de la noche anterior. Yo no había podido concentrarme en toda la mañana. El eco del beso en la biblioteca y la sensación de las manos de Jane aferradas a mi camisa seguían quemándome la piel.
Pasé la tarde encerrado en mi despacho, fingiendo que revisaba informes, pero mis ojos se desviaban constantemente hacia el reloj. Sabía que en el piso de arriba, el equipo que mi madre había enviado estaba transformando a la mujer que me quitaba el sueño en la pareja que el mundo esperaba ver.
Cuando finalmente llegó la hora, me vestí con el esmoquin negro con movimientos automáticos. Me ajusté la pajarita frente al espejo, pero no veía al CEO de los Cooper; veía a un hombre que estaba a punto de cruzar un umbral sin retorno. Salí al rellano de la gran escalera de mármol y esperé.
Entonces, la puerta de la habitación de invitados se abrió.
El tiempo se detuvo. Había visto a Jane con trajes de oficina impecables, con ropa de dormir y con la sencillez de sus vestidos de algodón, pero esto era otra cosa. El estilista de mi madre había hecho un trabajo magistral, pero era ella quien le daba vida a la prenda. Llevaba un vestido de seda en un tono azul medianoche que caía con una fluidez líquida sobre sus curvas. El corte imperio nacía justo debajo de su pecho, permitiendo que la seda envolviera su vientre de veinte semanas con una elegancia que me cortó el aliento. No intentaba ocultar su embarazo; lo celebraba.
Sus hombros estaban descubiertos, y el cabello, recogido en un moño bajo y desestructurado, dejaba a la vista la nuca que yo había acariciado horas antes.
Jane comenzó a bajar las escaleras. Cada paso que daba hacía que la tela brillara bajo las lámparas de araña. A mitad de camino, se detuvo y levantó la vista hacia mí. Sus ojos estaban enmarcados por sombras sutiles que intensificaban su mirada, y sus labios, los mismos que yo había besado, lucían un color natural pero provocador.
Me quedé inmóvil en la base de la escalera, incapaz de articular palabra. El impacto visual fue como un golpe físico en el pecho.
—Estás… —mi voz se quebró y tuve que aclararla—. Estás increíble, Jane.
Ella terminó de bajar los últimos escalones y se detuvo frente a mí. El perfume a jazmín y algo metálico, como la seda nueva, me envolvió. Vi cómo sus dedos jugaban nerviosos con el pequeño bolso de mano, una señal de que, a pesar de su apariencia de reina, seguía buscando seguridad en mí.
—Me siento como una impostora —susurró, inclinándose hacia mí para que nadie más la oyera—. Siento que todo el mundo va a ver a través de este vestido y a ver el desastre que realmente somos.
Extendí mi mano y, esta vez, no dudé. La coloqué en la base de su espalda, sintiendo la firmeza de su postura y el calor que emanaba de ella.
—Mírame —le pedí. Cuando sus ojos se clavaron en los míos, la tensión de la noche anterior regresó, vibrando entre nosotros—. Esta noche no eres una impostora. Eres la mujer que está a mi lado. No dejes que nadie, ni Emma ni la prensa, te haga creer lo contrario.
Me acerqué a su oído, rozando apenas su piel con mis labios, provocándole un escalofrío que vi recorrer sus hombros.
—Estás tan hermosa que me cuesta recordar que esto es un plan estratégico —confesé en un susurro—. Vámonos antes de que decida que prefiero quedarme aquí encerrado contigo.
Jane exhaló un suspiro largo, su cuerpo cediendo ligeramente hacia el mío. En ese momento, antes de abrir las puertas al escrutinio del mundo, la "transformación" no era solo externa. Algo en la forma en que nos mirábamos había cambiado para siempre.
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El trayecto en el coche oficial era un espacio suspendido entre la seguridad de la mansión y el campo de batalla que nos esperaba. El olor a cuero nuevo y el perfume de Jane llenaban el habitáculo, volviendo el aire denso, casi sólido. Fuera, las luces de la ciudad pasaban como ráfagas borrosas, pero dentro, el silencio solo era interrumpido por el roce de la seda de su vestido contra el asiento.
Jane miraba por la ventana, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Noté que sus dedos no dejaban de moverse, trazando círculos invisibles sobre la tela azul medianoche. Me aclaré la garganta.
—Jane —dije, captando su atención. Ella se giró lentamente, y la luz de las farolas iluminó sus ojos, dándoles un matiz eléctrico—. Necesitamos establecer las reglas. Una vez que esa puerta se abra, no habrá marcha atrás.
Ella asintió, humedeciendo sus labios, un gesto que me hizo olvidar lo que iba a decir.
—Dime —respondió con voz firme, aunque pude notar un leve temblor en sus manos—. ¿Qué esperas de mí ahí fuera?
—No te separes de mi lado —comencé, inclinándome un poco hacia ella—. Mi mano estará en tu cintura o en tu espalda todo el tiempo. Si alguien te hace una pregunta incómoda, no respondas. Déjamelo a mí. Nuestra narrativa es el silencio digno, no la justificación.
—¿Y si preguntan por Emma? ¿O por cómo empezó esto? —preguntó, bajando la mirada hacia su vientre.
—Entonces me miraras a mí —le obligué a levantar la vista, tomando su mentón con suavidad—. No busques aprobación en la multitud, búscala en mí. Si te sientes abrumada, aprieta mi mano dos veces. Eso será nuestra señal para retirarnos a un lugar privado.
Jane exhaló un suspiro largo, cerrando los ojos por un segundo.
—Parece una coreografía, Thomas —murmuró ella, volviendo a mirarme—. Un baile donde cada paso está calculado para que nadie vea las grietas.
—Lo es —admití, deslizando mi mano desde su mentón hasta su nuca, sintiendo el calor de su piel—. Pero recuerda lo que te dije en la biblioteca. Lo que el mundo vea es para ellos. Lo que nosotros sabemos... eso es lo único que importa. No dejes que sus flashes te cieguen frente a la realidad de que somos un equipo.
El coche comenzó a reducir la velocidad. A lo lejos, ya podía ver el destello de los flashes y la alfombra roja extendiéndose frente a la entrada del museo.
Me acerqué a su oído.
—Regla número uno, Jane —susurré—. No olvides quién eres. Eres la mujer que camina a mi lado, y esta noche, voy a hacer que todos se arrepientan de haber hablado de ti.
Ella me miró, y por un instante, el miedo fue reemplazado por un destello de determinación. El coche se detuvo. El chófer bajó para abrir la puerta.
—¿Lista? —le pregunté, ofreciéndole mi mano.
Jane la tomó, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza que me confirmó que, a pesar de todo, estábamos listos para el impacto.




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