Un sonido blanco, monótono, de las ruedas del autobús sobre el camino, las voces animadas y unas cuantas risotadas de sus compañeras se colaban dentro suyo y le entorpecían su pensamiento. Mariana intentó cerrar los ojos y abstraerse, pretendía envolverse a sí misma en la oscuridad de los párpados, pero no era fácil. Hacía al menos una hora que viajaban, tal vez un poco más, desde la puerta del colegio donde habían subido todas hacia el bosque a donde se dirigían, en las afueras de la ciudad. Desde aquella misma mañana, algo había comenzado a separarla del resto de sus compañeras, y sin darse cuenta le había bastado con girar apenas el cuerpo y darle la espalda al interior del autobús para sentir que se quedaba sola, un poco en el reflejo de la ventanilla por la que miraba hacia afuera, o incluso más allá, abrazada a su propia presencia en el veloz aire exterior que pasaba raudamente. En los últimos minutos, Mariana había visto a la ciudad deshacerse de a poco, volverse este campo llano de ahora, empobrecido, salpicado de casas bajas pintadas de blanco. El autobús tomó una curva cerrada, luego volvió a enderezar el rumbo. Mariana estaba interesada sólo en una cosa, en poder recordar palabra por palabra aquel artículo que había encontrado días atrás en una de las revistas por suscripción que le llegaban a su madre, y que ella escondía debajo de la cama para leer a escondidas cuando se quedaba sola; ahora esas palabras confusas adquirían múltiples sentidos, lo cual significaba que seguía sin entender del todo a qué se referían. El artículo comenzaba así:
Muchas mujeres confiesan no haber experimentado ninguno en toda su vida.
Mariana alzó despacio su mano derecha, para no llamar la atención de nadie, y la apoyó contra la superficie plana y fría del vidrio de la ventanilla; luego vio sus dedos, el índice y el anular, largos y delgados, hechos para eso, juntos y estirados, y los recorrió detenidamente con la mirada, como si fuesen un objeto ajeno a su cuerpo. Era la imagen que acompañaba aquel artículo.
No faltaba mucho para que terminara el año, era la última semana del ciclo lectivo, el clima de primavera estaba en el aire húmedo y tibio que ya hacía pensar en las vacaciones de verano, y si bien algunas chicas se tomaban el curso muy en serio, tal vez por esa cuestión del calor y la humedad, la gran mayoría de ellas atravesaba esos días como si fuese un trámite festivo en el cual nada podía salir mal. Las diecisiete alumnas de cuarto año turno tarde del colegio Santa Tierra habían ido de excursión al campo para cumplir con uno de los objetivos finales de la materia de Botánica; Mariana era una de esas diecisiete alumnas. El autobús aminoró la marcha, abandonó la ruta principal, giró y se sacudió un poco cuando sus ruedas dejaron la ruta y bajaron a la tierra, levantando una cortina de tierra seca, como un polvo oscuro que ocultaba el camino por el que ahora andaban ni bien el autobús pasaba. No mucho más adelante, junto a unas tranqueras de madera, altas y algo desvencijadas, que interrumpían cortando abruptamente el alambrado que delimitaba el campo, aguardaba un hombre que se estaba muy quieto, vestido con ropas de trabajo; recostaba el peso del cuerpo sobre una pierna, en la postura que adoptan a veces los caballos atados a su palenque para descansar, la espalda algo encorvada hacia adelante, y un sombrero de paja ancha le entorpecía a propósito la mirada. Detrás de las tranqueras comenzaba otro camino, más angosto aún, rodeado por dos tiras de pinos crecidos ya, sembrados a un ritmo regular hacia los dos costados, lo cual daba la impresión de ser interminables como en un fotomontaje. Al ver el autobús aproximarse, el hombre le hizo una seña al conductor para indicarle que se detuviera; segundos después, intercambiaron algunas indicaciones, y un momento más tarde el hombre se movió pesadamente y abrió las tranqueras para que el autobús retomara su marcha. Al avanzar, Mariana descubrió al hombre que ahora volvía a pararse junto a la tranquera abierta, observó su cuerpo grueso metido dentro de esas ropas de campo, y al pasar junto a él vio como este hombre levantaba la mirada hacia las ventanillas que se sucedían a cierta velocidad ascendente. Pudo verlo mejor, su rostro estaba serio, como si le fastidiara quizá recibir a este grupo de estudiantes, e imaginó que tal vez lo interrumpían de sus tareas habituales, cuando los ojos del hombre cambiaron al encontrarla, y se quedaron en los suyos. Mariana se perturbó, como si de pronto se sintiera halagada y amenazada al mismo tiempo, aunque sin motivo alguno en realidad, invadida por ese vértigo atrayente, y peligroso también, de cuando hallaba en algún hombre que por casualidad se cruzaba por la calle esa misma mirada durante algunos segundos persistente, y que, en algún punto, aunque no podía precisar cuándo, había dejado de ser aquella mirada aniñada que había recibido siempre.
Mariana se fijó a su alrededor, algunas de sus compañeras cantaban una canción que interrumpían a cada estrofa para reírse entre ellas, y el resto conversaban en voz alta, casi a los gritos, por encima de la canción.
Un momento más tarde volvieron a detenerse, esta vez en una explanada hecha de pequeñas piedras blancas. Desde aquel punto, todas las alumnas y sus dos profesoras debían seguir a pie. La puerta del autobús se abrió con un zumbido de aire comprimido, similar al sonido de un efecto especial propio de una vieja película de ciencia ficción, que, por supuesto, ninguna de esas chicas había visto jamás en su vida, y las alumnas bajaron del autobús inmersas en risas y comentarios que nada tenían que ver con la botánica. Por el ruido que hacían ahora, todas juntas, aquellas diecisiete chicas alteraban de un modo impertinente el silencio camuflado del bosque que las rodeaba, mientras que el chofer, único hombre en el grupo, y por consiguiente persona invisible y a su vez extraña, había apagado el motor y se acomodaba ya en los asientos del fondo del autobús para dormir una siesta, al menos hasta que la excursión hubiera terminado. Una de las profesoras alzó los brazos y golpeó sus palmas para llamarles la atención. Era una mujer delgada, no muy joven, con demasiadas pulseras esclavas en las muñecas, que al agitar las manos hizo que se chocaran entre sí mezclando sus colores, y un sonido a madera hueca, similar al de un instrumento rudimentario de percusión africana se escuchó levemente en el aire. Cuando logró que alguna de las alumnas la miraran, elevando la voz todo lo que pudo, a modo de advertencia, dijo: