El placer revelado (nuevos CapÍutlos. 308 suscriptores! )

2 Mariana en su globo

Se detuvo dentro de las sombras que los fresnos desplegaban sobre el pasto silvestre. A su derecha quedaba el bosque, a su izquierda se abría un campo raso que limitaba a lo lejos con unas cercas de hormigón. Con cierta sorpresa –quizás para dejar de pensar en eso que la absorbía—, notó cómo la luz le otorgaba al suelo ese color verde vivo, mientras que a la sombra el pasto se volvía azul.

Había llevado el sobre hasta allí, del otro lado del bosque, a unos trescientos metros del campus universitario donde se desarrollaba su vida, como quien aleja una bomba de un lugar concurrido para hacerla estallar. Él la acompañaba. El sobre, que era liviano y blanco, se sostenía en los dedos de su mano izquierda, entre el índice y el pulgar, y se balanceaba ligeramente, como el planeo de un ave sobre el mar. Por un momento pensó en romperlo, para no enterarse de nada. Se preguntó qué sería más valiente, si abrirlo o hacerlo un bollo, y enseguida supo, con esa extraña tranquilidad que lo inevitable destila en su final, que en ambos casos su vida ya no sería lo mismo.

Lo abrió. Desplegó la hoja con un gesto delicado. A contraluz se distinguía el logo de un laboratorio: un microscopio azul coronado de laureles. Durante unos segundos leyó para sí, sin emitir ningún sonido. Él siguió el movimiento de sus labios, y eso le bastó para comprender.

Ella volvió a plegar la hoja, a guardarla dentro del sobre. Respiró hondo; luego intentó sonreír. Su intención se quedó a mitad de camino, y se volvió un gesto triste, aunque sereno.

Él deseó tener las fuerzas de poder abrazarla.

Callaron. Quizás era mejor así. Se miraron y continuaron en silencio.

Nombrar aquellas palabras habría sido atroz.

Un círculo anaranjado, indefinido, descendía más allá del bosque por sobre el horizonte recortado por la fronda irregular. La tarde en la que estaban se empequeñecía, y en algunos minutos más el sendero por donde habían venido iría a desaparecer. Hacia un lado, vacío y ondulante, el campo se extendía a sus espaldas como una extensa acuarela, y hacia el otro, cruzando el bosque, oscurecido por la distancia, asomaban los techos coloniales de los edificios de la universidad. Con el peso de la noticia oprimiéndole el pecho, al cabo de un momento, él le propuso regresar al campus.

-Volvamos antes de que anochezca, dijo.

Al escucharse hablar, creyó que sus palabras se referían quizá a otra cosa.

-Si camináramos hacia el oeste estaríamos acercándonos al sol, dijo ella.

Unos segundos después, y sólo por seguirle la corriente, con cierto esfuerzo, él contestó:

-Deberías tomar en cuenta la curvatura de la Tierra. Y agregó:

-En todo caso, si uno quisiera acercarse al sol, lo mejor sería elevarse en línea recta en un globo aerostático.

Ella se dio vuelta, le dio la espalda. Sus hombros temblaron levemente. En silencio, parecía haberse puesto a llorar.

Él quiso acercarse. Poder besarla. Se quedó inmóvil, con los pies firmes sobre esa tierra que ya oscurecía. Con la voz entrecortada la escuchó decir:

-Que mi globo sea de color rojo.

Después la vio comenzar a alejarse hacia el campus.

Atravesaron el pequeño bosque de fresnos, por ese mismo sendero que, en cada puesta de sol, acababa por borrarse. Adivinando su cuerpo en la penumbra entre el follaje, quebrando algunas ramitas secas al pisarlas, él la seguía. Hasta el punto donde el bosque se interrumpía bruscamente, y unos jardines de pasto bien cortado se extendían a su alrededor. Allí se separaron: ella se dirigió hacia uno de esos edificios bajos donde compartía su cuarto con otra estudiante. Él la observó entrar por la gran puerta abovedada de madera, y ya no la vio más.

Al día siguiente eludió sin culpa el compromiso de una clase matutina y entró a ese mismo edificio de la tarde anterior. Subió las escaleras con cierta prisa, hasta el tercer piso, recorrió el largo pasillo mal iluminado, y se detuvo frente aquella puerta que conocía de memoria. Después de golpear, la abrió. Se asomó y la buscó con la mirada dentro del cuarto. Tampoco estaban allí sus cosas. Una chica menuda, sentada junto a una ventana, apoyó el libro que leía sobre su falda. Al verlo ahí parado, se encogió delicadamente de hombros, con cierta pena.

De todos modos, él habló.

La chica negó con la cabeza. Luego dirigió su mirada hacia a una de las dos camas, la que había quedado vacía, abandonada. Él se quedó viendo durante unos largos segundos aquella cama. Algo de ella todavía perduraba en aquel cuarto, y sin embargo no.

Luego, despacio, casi en una disculpa, cerró la puerta. Y más despacio aún, se marchó.

A veces, sin que se diera cuenta, se encontraba alzando la mirada en busca de ella por los pasillos de la universidad, o incluso en las calles del pueblo. Por unos breves instantes, ella podía ser la voz detrás de una puerta en un cuarto vecino, una alumna presurosa que entraba en un aula y se mezclaba de inmediato con los demás, o aquella silueta delicada que doblaba en una esquina. Pero la espuma de esa involuntaria ilusión se disolvía en segundos, dejándole a cambio la sensación de un cansancio infinito.

Semanas más tarde, alguien lo llamó por teléfono. Era un número desconocido.




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