El placer revelado (nuevos CapÍutlos. 308 suscriptores! )

3 Un viaje en tren

I

-Mar del Plata, dijo Mariana.

Podría haber dicho cualquier otro lugar con mar. Había estado tantos días en silencio que el sonido de su propia voz la sorprendía. Le pareció que no hablaba ella, sino otra mujer, con un tono más grave, casi apagado, esa figura revelada en el reflejo de la ventanilla que tenía en frente: la persona en la que se había convertido desde que se había despedido de Manuel. Su mirada quedó detenida en aquellos ojos de cristal, desde donde se observaba a sí misma. Y de súbito comprendió que eso que se había prometido tan solo la noche anterior ya comenzaba a cumplirse.

-Necesito que muestre un documento para identificarla, dijo la empleada sin levantar la vista de la pantalla.

Estar ahí, presente, en esa estación de trenes, resultaba surrealista. Sus dedos buscaron ciegos dentro del bolso de mano, sin encontrar por el momento lo que la empleada de Trenes Argentinos le exigía. Un vértigo invisible pero palpable le trepó por las piernas y le apretó el estómago sin misericordia.

-Sin documento no puedo venderle ningún pasaje, volvió a insistir la empleada.

Por entre la superficie plana del mostrador y el canto del vidrio de la ventanilla, Mariana deslizó su mano para acercarle su cédula de identidad.

-A verMar del Plata. Sí, quedan pasajes para hoy. Sale en un rato.

Mariana asintió. En consecuencia, los dedos gruesos de la empleada comenzaron a moverse sobre el teclado de su computadora; lo hacían a tal velocidad que en cualquier otra circunstancia hubiera llamado sin duda su atención, si todavía no estuviera enredada en estas sensaciones nuevas que la contrariaban y amenazaban con desbordarla.

-¿Va a querer pasillo o ventanilla?

No había pensado en eso. Había pensado en todo menos en eso. Aunque le daba lo mismo, sólo por el hecho de poder esconder la mirada del resto de los pasajeros, dijo:

-Ventanilla. Si es posible.

La empleada volvió a su teclado, la pantalla que tenía enfrente le devolvía sobre el rostro una luz verdosa. Mariana se preguntó si estaría a tiempo de arrepentirse: ¿a qué distancia de aquella casa que acababa de abandonar ya no habría vuelta atrás? Sin embargo, –propio de esas decisiones que se toman sin pensarlas dos veces, o sin pensarlas siquiera, y que se vuelven en cierto modo irreversibles—, Mariana tuvo la certeza de que hacía lo correcto.

Se acomodó el pañuelo, que su patrona ya no usaba y le había regalado alguna vez, y volvió a guardar la tarjeta en el bolso de mano. Ahí dentro también iba Manuel.

Por lo que sucedió después, se puede deducir que la empleada de Trenes Argentinos se mostraba diligente y profesional, pero algo le había llamado su atención. Dos cosas en realidad: que la pasajera no despachara ninguna valija, y que tampoco abandonara nunca esa media sonrisa impostada y nerviosa. Un tercer detalle terminó por decidirla: el modo en que aferraba su bolso de mano. Como si llevara algo muy preciado. O peligroso.

-¿Hay algún problema? preguntó Mariana.

Una alarma en sordina sonaba dentro de su cabeza.

Hablaba con esa voz que se tiene después de haber llorado largo rato, y que la transformaba en esa persona que era ahora, allí, en aquella estación de tren.

-Necesito verificar algunos datos, contestó la empleada con su atención puesta en la pantalla, y su rostro cerca del monitor se convirtió en reptiliano.

Mariana comenzó a sospechar que tal vez no la dejarían subir a ese tren. Habían adivinado sus intenciones, quizás. Y apretó contra su pecho el bolso que llevaba, como si ahí dentro alguien también se hubiera puesto muy nervioso.

-Tiene que andar por Mar del Plata, dijo para excusarse de algo que no sabía bien qué era.

Lo dijo casi en un susurro, como si la fuerza del viaje no fuera más que una débil esperanza.

La empleada levantó sus ojos para verla. Era inútil explicarle eso que en un arrebato de la noche anterior había decido hacer. Mariana agachó la mirada, observó el filo pulido y redondeado del vidrio, unos centímetros por encima de donde había dejado apoyada su mano en el mostrador, y pensó en una guillotina a punto de cortarle los dedos. Se había arrepentido tanto desde aquel día que lo habían ido a buscar. Era un matrimonio grande. Él le había parecido muy serio, y ella, alguien que no tenía mano para los chicos.

-Es lo mejor que podés hacer, había dicho su patrona.

Y en cierto modo le pareció que tenía razón. Todas las cositas de Manuel no habían alcanzado a llenar la pequeña valija con la que lo vio subirse al auto.

Al mirar otra vez a la empleada se sorprendió de verla terminar de imprimir su pasaje.

Con un gesto automático la mujer le entregó su ticket. Mariana le dio las gracias, algo desconcertada de que aquel pedazo de papel impreso en tinta negra le permitiera llegar tan lejos. Dio un paso atrás, y al hacerlo casi choca con el hombre que esperaba en la fila. Comenzó a alejarse bajo la vigilancia de la empleada, que la siguió unos metros con los ojos mientras buscaba ese botón oculto debajo del mostrador.

Mariana caminó sin saber en realidad hacia dónde se dirigía, con la tibia satisfacción en el pecho de saber que la segunda parte de su plan acababa de realizarse. Y con toda la naturalidad que le era posible –como si ésta no fuese la primera vez en toda su vida que se alejaba de su pueblo natal— atravesó el hall central de la estación buscando el andén que indicaba su boleto. Sus impulsos, los de abandonar esto que hacía y regresar a la casa donde trabajaba, no lograban por el momento traicionarla del todo, como si aquellos nervios se trataran de un león enjaulado y ella lograba por el momento dominarlos látigo en mano, aunque parada sobre un endeble taburete. Entonces le dio unos golpecitos con el canto del billete al bolso que llevaba colgando del brazo, y adivinó ahí dentro la sonrisa de su niño en la foto.




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