El placer revelado (nuevos CapÍutlos. 308 suscriptores! )

4 El duelo de Mariana

Resultaba incómodo moverse, levantarse o tan solo apartar la tasa sobre la mesa; cualquier movimiento agitaba esa agua quieta y oscura en la que se habían sumergido los dos, que los apartaba el uno del otro; caso contrario podría despertarse otra vez la discusión que frágilmente parecía haberse dormido.

Lila, violeta, casi negro. El silencio que había quedado en la casa era como si nadie la habitara, o la habitaran eso dos cuerpos de hielo, ahora grises, algo plateados, derritiéndose como cenizas todavía calientes. Mejor quedarse callado, hirviendo por dentro, dejar que esas burbujas violáceas, casi negras, reventaran en silencio y colmaran definitivamente el aire que los envolvía, pero sin decirse más nada ya.

Habían discutido por cosas que parecían no tener mayor importancia, pero que se encargaban de ocultar aquellas otras verdaderas razones del enojo. Se habían dicho tonterías, él tenía que estar apagando las luces que ella dejaba encendidas por la casa, ella debía recoger la ropa que él dejaba tirada por los pasillos, ella tenía la manía de guardar la sartén pequeña siempre en un cajón distinto de la cocina donde nunca se la encontraba, él había estado ausente todo este tiempo, del peor modo posible, como escondido dentro de sí mismo.

Sin que lo supieran, los dos comenzaron a desdibujarse, sentados uno frente al otro, en los sillones del living, dentro de aquel incendio invisible que se formaba a su alrededor. Siempre que peleaban, las peores palabras aparecían luego escritas frente a sus ojos, en las paredes de toda la casa, donde quieran que mirasen los dos se encendían como luces de neón contra el yeso pintado de blanco, y tardaban varios días en apagarse, permaneciendo lo suficiente como para volver a lastimarlos, no un poco menos que antes.

Entonces, sin que él se diera cuenta, ella se había puesto a llorar. Oculta detrás de sus manos, era como estar de veras sola, encerrada en una habitación a oscuras, su llanto se quebraba en el silencio de las manos que se apretaban contra el rostro, como si se apagara el sonido del mar cuando nos alejamos de la orilla. Él se había levantado del sillón y había dado varios pasos hacia la ventana; del otro lado del vidrio, la calle se colmaba de tonos marrones y gastados. Ella había quedado a sus espaldas, él ya no podía oírla, pero de todos modos sabía que lloraba. Lo sabía, aunque no pudiera escucharla, como se intuye el rugido de un tigre del otro lado de un vidrio hermetizado.

Todavía sentada en aquel sillón, con la mirada en el borde manchado de la tasa, ella tuvo la sensación de hacerse transparente, invisible, sin colores, de no estar más allí en esa habitación con él. Entonces fue momento de tener el cielo por encima de la cabeza: tomó su cartera, caminó hasta la puerta de entrada, buscó las llaves que colgaban de la cerradura y se detuvo antes de salir; cerró los ojos, un segundo, para no pensar más, y luego abrió la puerta. Al salir a la calle, levantó la mirada para ver el azul profundo en el cielo de la tarde. Unas pocas nubes como de nieve se deshilachaban a lo lejos.

Ella prefirió no darse vuelta y esperar de espaldas, bajo el alero de tejas, los pasos del hombre que se demoraban dentro de la casa; por un momento deseó que él no la siguiera, que se quedara allí, invisible y sin colores también, y que la dejara sola, aún más sola. Cuando se ponía así, a ella se le daba por pensar en aviones, no sabía por qué, pero pensaba en el aluminio brillante y solitario de las alas impactadas por los rayos solares en las alturas desoladas de los cielos.

Se estaba mejor ahí afuera, con todo ese aire nuevo, lleno de nuevos ruidos que apagaban el eco silencioso que la perseguía. Un momento después escuchó que el hombre se acercaba, abría la puerta y salía también a la calle. Lo vio gris, sus zapatos, sus pantalones, su camisa, su campera, el pelo, la piel del rostro. En cierto modo fue un alivio verlo parado junto a ella. Para no mirarlo más, levantó otra vez la mirada, y en la distancia del cielo encontró un punto rojo más cerca del horizonte que de cualquier otro lugar: no era el sol, que a esa hora de la tarde se ponía del otro lado de la calle; era, tan solo y a lo lejos, un círculo rojo detenido en el cielo. Al ver que ella miraba hacia arriba él también levantó la mirada, y los dos vieron durante algunos segundos aquel punto rojo en el cielo. Ninguno de los dos pudo decir qué diablos era esa cosa redonda y colorada, y al final prefirieron no darle mayor importancia. Cerraron la puerta y ella guardo sus llaves en la cartera. Él dijo algo que ella no logró escuchar, porque su mente se había ensombrecido otra vez, y ahora pensaba en planetas, en asteroides y en fuegos artificiales; sin embargo podía adivinar lo que él había dicho, no necesitaba escucharlo, de seguro quería caminar hasta el parque, quedarse ahí un rato, toda la tarde, y con la tarde que se fueran también esas palabras que no se borraban así de fácil de las paredes de su mente, para regresar después a casa, envueltos en una nueva noche, en colores nuevos que apaciguara un poco las cosas. Metieron las manos en los bolsillos y comenzaron a caminar.

Hacía frio, y había sol, y los dos atravesaban aquel aire invisible sin decirse nada, uno al lado del otro, en un ritmo sincronizado, casi marcial. Pese a que no lograban darse cuenta del todo, en aquel aire frio y silencioso en el cual penetraban con sus cuerpos verticales, rompiéndolo como el casco de un barco rompe las capas de hielo que se forman sobre la superficie de los mares cerca de los polos, algo se iba organizando fruto de un deseo inconsciente propio de los dos, eso que ofrecía en cierto modo algún escape, una tregua, la forma de apaciguar las cosas, y de continuar cada uno en la vida del otro, aunque más no sea arrastrando esas consecuencias que cada pelea les dejaba colgando del cuerpo como pertrechos de una batalla campal. Sin embargo ninguno encontraba la forma de pronunciar en voz alta aquellas palabras de perdón que aparecían escritas en las baldosas delante de sus ojos a cada paso que daban, y así no tuvieron ni la humildad ni la valentía necesaria para comenzar a hablar. Entonces aquella sustancia oscura que aparecía a su alrededor, producto de las sombras que se dispersaban por la acera bajo la fronda de los árboles, comenzó a formar extraños símbolos sobre esas mismas baldosas que antes ofrecían otra clase de mensaje. Volver a pelear no tenía sentido, así que caminaban en silencio, uno al lado del otro, sin decirse justamente nada, y sin saber tampoco si eso empeoraba o mejoraba las cosas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.