I
No recuerdo bien de qué hablaba, pero de golpe calló. El silencio se prolongó demasiado tiempo, desde el sillón donde Carlos se había desparramado, y esa ola invisible se expandió en el aire hasta entrar a la cocina, donde yo cortaba unos limones. Luego dijo, o se dijo a sí mismo en realidad, y yo sólo alcancé a escucharlo:
-Rafael, hice algo malo.
El cuchillo cortó dos partes que me parecieron exactas, la cáscara amarilla y rugosa se abrió para dar luz a una pulpa clara y brillante. Las palabras de Carlos se dibujaron sobre la mesada de granito –en letras blancas, alimonadas, sobre la piedra oscura— pero no tomé en serio lo que decía, no quise. Ya sabía yo lo que él era capaz de hacer. De inmediato intenté recuperar aquella sensación que se había despertado minutos atrás cuando vi que la puerta se abría –para algo le había confiado mis llaves— y de repente asomaba su cuerpo al living.
Busqué el mortero, en el primer cajón no estaba. Revisé en la repisa, vi mis ojos achinados en el reflejo curvo de una olla, y admití para mis adentros que había quedado absorbido por eso que todavía burbujeaba en mi mente. Mejor no pensar en lo que decía. Prefería quedarme con su presencia muda, bastante solo ya me sentía desde que había llegado a Bruselas, o quizá desde mucho tiempo antes, en París, o en Buenos Aires incluso; cualquier palabra suya podía arruinar esta pequeña felicidad secreta con la que me contentaba.
Carlos hablaba desde el sillón que sentía como suyo, al menos esa impresión me daba al verlo con las piernas colgando en el aire. Recién había salido de trabajar, de estar metido en esa casilla de acrílico elevada a varios metros de altura desde donde observaba las dársenas de micros de la estación Gare Du Nord; su tarea era anunciar los arribos y las partidas a través de unos altoparlantes para que los pasajeros supieran a donde dirigirse. Era una especie de locutor sin serlo, cada cinco o seis minutos repetía en un tono monocorde las palabras en francés aprendidas por fonética: arribo de nave procedente de Amberes a plataforma cuatro, favor tener precaución al abordar, última llamada para plataforma siete, destino a Gante, última llamada. Ahora se había vuelto a quedar en silencio, la mirada puesta en el cielo raso, y yo no puede hacerme más el desentendido. Algo grave sucedía.
Bajé la mirada y volví concentrarme en los limones, con un cuchillo afilado intentaba separar la cáscara de la pulpa, pero al soltar su jugo un pequeño y superficial corte en el dedo menique comenzó a molestarme. Los ojos se me llenaron de lágrimas, un poco por el ácido de los limones, la idea de que Carlos había hecho algo de veras malo comenzaba a invadirme.
Él no solía avisar cuando pasaba a visitarme –tampoco tenía la obligación de hacerlo—, yo le había dado unas copias de mis llaves esa noche que habíamos salido a caminar sin rumbo porque ninguno de los dos tenía un solo euro en el bolsillo. Aquella vez me había puesto colorado, escondí la mirada y se me aflautó un poco la voz, para mí era una especie de ceremonia que nos acercaba un poco más, aunque lo dije del modo más casual que pude; el hecho de darle las llaves de mi casa me había hecho imaginar algunas cosas, pero él pareció no entender mi ofrecimiento. Entonces me corregí en el acto, agregué algo estúpido en contra de cualquier fantasía mía, intentando salvarme de alguna humillación. Apoyé el juego de llaves sobre su mano abierta.
-Quédatelas por las dudas te llegan a echar de la pensión.
Cada vez que venía se tumbaba ahí, en aquel sillón destartalado donde apenas cabían dos personas apretadas; como su cuerpo era largo y delgado él tenía que doblar las piernas por sobre el apoyabrazos y hacia el otro extremo torcía el cuello y acomodaba la cabeza. Desde la cocina, y sin que se diera cuenta, aparté un momento la vista de los limones para ver sus pies en el aire, enfundados dentro de esos mocasines negros y estropeados, las medias azules de lycra, de seguro traídas desde Buenos Aires, y por unos segundos me quedé viendo la sombra dorada que formaba esos pelitos rubios de la pantorrilla que el pantalón un poco arremangado no le llegaba a cubrir. Coloqué los gajos del limón en el mortero que resultó haber quedado en el último cajón, y comencé a aplastarlos con fuerza.
Días atrás nos habíamos citado para jugar al pool en el café de la esquina frente a la plaza de los pobres diablos. La llamábamos así porque no conocíamos su nombre, y en todo caso porque era la plaza donde solíamos vernos. Aquel barrio no parecía Bruselas, uno se encontraba con árabes y latinos que se miraban con recelo o al menos con suma desconfianza, y con esas dos prostitutas polacas que siempre que nos veían llegar se despegaban de la pared y nos saludaban y nos llamaban con la mano. Hacia el fondo del salón había dos mesas de pool –una con el paño roto— y unas sillas todas distintas, ahí nos sentábamos a conversar, a tomar vermut con soda. Hacíamos todo lo posible por transformar la noche en una noche en Buenos Aires, y en esa ocasión Carlos me contó una historia que incluía un pozo en la acera y una mujer madura. Jugábamos y hablábamos, yo había notado que él se angustiaba cada vez más según avanzaba su relato, la verdad es que no le había creído una sola palabra de lo que decía. Carlos dijo que había salido con una de sus danseurs Mature –que en español resultaba ser una bailarina de otros tiempos, así era como llamaba a esas mujeres mayores con las que se veía a veces—, aunque no me dijo mucho qué habían hecho o adónde habían ido aquella noche. Era de madrugada ya, los dos andaban apretados por la calle, un poco por el frio y también por otras cuestiones sentimentales, cuando se toparon con unos obreros que trabajaban en la acera. Los hombres intentaban reparar algún caño de agua, o de energía, o buscaban la perdida nauseabunda de una red cloacal, creyó Carlos. Según su relato, no había un cerco de madera alrededor del pozo, y entre la bruma que flotaba a ras del suelo y la mala luz de las farolas podía pensarse que el hueco era en verdad otra cosa.