El placer revelado (nuevos CapÍutlos. 308 suscriptores! )

6 El hermano de Mariana

I

-Ya no existe.

Lo dice una voz de mujer en el auricular de mi teléfono. Y agrega.

-Ha muerto esta noche.

Enciendo la luz del velador, miro la hora en mi reloj pulsera que he dejado al acostarme sobre la mesa de noche. No alcanzo a ver las agujas, pero sé que es muy tarde. Por lo menos aquí, en esta parte del mundo, a esta hora la gente duerme. Allá, desde donde llega aquella voz, calculo debe estar por amanecer.

Después de quedarnos unos segundos en silencio comienzo a comprender esto que me dicen. La voz de mujer repite, o soy yo el que vuelve a pronunciar estas palabras en mi mente, con la voz de esta mujer.

-Ha muerto ya. No existe esta noche.

Yo conozco esa voz. A pesar de la distorsión de la distancia, del sueño que todavía me atonta, sé quién es. Es mi hermana. Su voz me ha llamado desde muy lejos para decirme que ha muerto ese hombre. Nuestro último padre. Y ahora espera de mí que diga algo, en devolución a lo que me acaba de comunicar, que llore tal vez, o que grite, o que arroje el tubo contra una de las paredes de mi cuarto. Pretende cualquier cosa menos esto, este silencio mío que se extiende desde la cama donde estoy acostado hasta el sitio donde ella se encuentra.

Mi hermana no dice nada más. Por un momento me parece que se ha quedado sin memoria, igual que yo. Es mi hermana quien me llama para darme esta noticia, necesito repetírmelo para hacerme a la idea de lo que esto significa. Entonces nuestro último padre ha muerto, pienso. Las palabras que me digo forman una imagen, y esta imagen, sin remedio, comienza a difumarse. Mientras sostengo el tubo junto a mi oreja me quedo con la mirada fija en las molduras blancas del techo. Todavía no consigo, o es que no quiero del todo hacerlo, entrar en el mundo. Después de unos segundos mi hermana vuelve a hablar.

-Acaba de avisarme su abogado.

-…

-¿Estás ahí?

-¿Qué tenemos que hacer?

Mi propia voz me resulta extraña, me sorprende su eco dentro de mi cabeza. Siento vergüenza al preguntarlo así, como si fuese un trámite que debemos resolver, algo que pretendemos quitarnos de encima lo más rápido posible. Dejo que mis palabras llenen el aire, y una vez dichas vuelvo a escucharlas, como si se elevaran y luego cayeran repiqueteando sobre la cama.

-No sé qué debemos hacer… Nada, supongo. Te llamé varias veces, pero no atendías.

Otra vez nos quedamos en silencio. Ahora puedo escuchar su respiración en el auricular, como si ella estuviera muy cerca, acostada junto a mí como cuando éramos niños.

Yo sólo quiero volver a dormir. Poder dormir. Mi hermana dice:

-Nos ha dejado todo.

Puedo notar, en los pliegues de su voz, el esfuerzo que hace al pronunciar estas palabras. Le pesa saber que después de tantos años de no saber nada de él, antes de morir, mi padre ha vuelto a pensar en nosotros. Y nos ha dejado todo, según dijo. Aunque no sé a ciencia cierta qué es lo que nos ha dejado. Intento recordar qué era lo que tenía mi padre para dejarnos en herencia, pero en mi mente no aparece nada, y en mis ojos va grabándose la forma de este techo blanco de mi habitación.

Cortamos. En realidad, es ella quien corta. Mi hermana presiona un botón en su teléfono inalámbrico y el hilo invisible que nos unía de pronto desaparece. Yo me quedo con mi teléfono en la mano, escuchando este pitido intermitente. Quiero volver a dormir, que llegue el sueño y que me proteja. Ahora ya no estoy seguro, puede que todo esto no sea más que el fragmento de un recuerdo desorganizado que no logro comprender, como si el pasado estuviese impreso en un cubo que rueda pero que muestra siempre la misma cara. Sucede así, a veces aparecen en mi mente conversaciones con personas que no conozco, lugares que no sé a qué sitio pertenecen, como una secuencia montada absurdamente imposible de entender. Yo dejo que estas imágenes sucedan dentro de mi cabeza, tampoco sabría cómo poder evitarlas, y que las voces llenen mis oídos. Todo eso es inútil; si por casualidad, o por cuestiones del destino, logro recordar algo durante algunas horas, al día siguiente vuelvo a olvidarlo. Ya estoy acostumbrado. Amnesia retrógrada, dijeron los médicos. Pérdida de la memoria a largo plazo. Incapacidad de acceder a los recuerdos. Yo lo llamo de otro modo. Vivo una vida fantasma. Todos mis años anteriores borrados de repente.

Ahora que el sueño ha vuelto, creo poder quedarme dormido. Sé que mi hermana acaba de llamarme en medio de la noche, y sé muy bien que esto no es parte de un recuerdo desorganizado, como suelen decirle en la clínica a estos eventos que aparecen de pronto para sobresaltarme. Ella ha llamado para decirme que ese hombre ha muerto. Lo sé muy bien. Y sé también que mañana voy a olvidarlo, para volver a recordarlo días después, como si la noticia me asaltara de golpe. Y otra vez volveré a olvidar las palabras de mi hermana, hasta que la noticia de mi último padre termine por formar parte de mi vida, y se vuelva cotidiana su muerte. Es por eso que en voz alta me digo ha llamado mi hermana, y así lo repito varias veces, con los ojos cerrados, boca arriba acostado en mi cama, con los brazos cruzados sobre el pecho. Lentamente, palabra por palabra. Momia en pijamas que intenta fijar de manera indeleble lo que su boca dice una y otra vez, como si de este modo pudiera grabarse en alguna parte de mi mente, en alguno de los lados del cubo de mi memoria, para que yo pueda ver estas palabras escritas y saber qué ha ocurrido de veras y qué no.




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