El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 1. Gran suerte la mía

Lucía.

—¿Es en serio? —entoné, procesando lo que acababa de decirme la mujer al responder la llamada.

Sentí un hueco en el pecho al escuchar la palabra accidente. Llevaba meses alejada de las catástrofes que me acompañaban; creí que la limpia con la bruja del centro había funcionado. Pero estaba equivocada, porque todo lo que toco siempre termina destrozado.

En mi primer día siendo su asistente. Esto era lo último que me faltaba.

No, de hecho no. Lo último que me faltaba era que mi jefe dijera que todo este tiempo estuvo enamorado de mí. Debí haberme alejado cuando pude; así no habría salido embarrado de mi mala suerte.

—Le avisé porque usted está en sus contactos de emergencia.

Pasé mi mano por mi cabello y solté un suspiro ahogado. Algún día este hombre me va a matar de los nervios.

—Voy para allá.

No deseaba solo detalles de su condición de salud; era mi responsabilidad ver que se encontrara bien. Sin perder tiempo, me puse la primera chamarra que encontré y llamé de inmediato al chofer.

Bajé las escaleras con el corazón en la mano, rezando para que el choque solo tuviera daños materiales. Si algo le pasaba a mi jefe, me moría, me quedaba sin trabajo y lo mataría con mis propias manos.

Yo le aclaré que no era necesario ir a cenar, sólo quería irme a casa. Pude haber llamado al chofer o pude haber tomado un taxi. Pero no, el señor exigente hizo lo que mejor sabe hacer: ser el hombre guapo que me convence con una simple mirada.

—Llévame al Hospital Mediterráneo —ordené, sin tomar en cuenta mi tono de voz.

Me subí del lado del copiloto y no hablé en todo el trayecto.

<< Por favor, diosito. No te lo lleves, déjame seguir haciéndole la vida complicada. Por favor. Es mi primer día, voy a quedar como la peor asistente de la vida. Te lo ruego. Sálvalo y prometo jamás irme de su lado. >>

Llegué al hospital, por fin. Sin decir gracias, me bajé del auto y, medio corriendo, me acerqué a la recepcionista.

—El señor Hernández, ¿en qué habitación está? —pregunté más calmada.

—505, pero sólo familiares pueden entrar.

—Soy su familiar —mentí.

Caminé rápido por los pasillos; miré las paredes blancas con un escalofrío recorriéndome todo cuerpo. El lugar estaba en silencio, casi tan tenebroso como pacifico.

La enfermera me siguió; al parecer, no creyó mi mentira. Lo cual no podría importarme menos.

Sin prestarle atención alguna, ubiqué sin su ayuda la habitación. Estaba más cerca de lo que creía. El doctor se encontraba justo en la puerta; era el momento de persuadirlo de tal manera que me dijera cómo estaba mi jefe.

—Doctor, le dije que solo familiares pueden entrar —me delató la enferma sin dejarme hablar.

Qué traicionera.

Asentí y, antes de que pudiera decir algo, el doctor habló por mí:

—La prometida del señor Hernández, ¿verdad?

<< Ojalá >> pensé.

—Mmm... no soy la prometida de él —negué, señalándolo con mi dedo.

Luego caí en cuenta de que arruiné mi oportunidad de entrar. No me costaba nada seguirle la corriente con sus teorías raras.

—Discúlpeme, ¿usted es la esposa del señor? —volvió a inquirir el doctor, afilando su mirada.

Créame que ya quisiera yo.

—Sí. Claro. Obviamente, yo soy su prometida —apenas balbuceé, nerviosa—. Soy la esposa del señor Hernández.

Erguí mi postura; tenía que estar a la altura de esta mentira.

—Una disculpa, señora. No me lo dijo antes.

—Sin más problema —el doctor guiñó un ojo y me sonrió—. Venga conmigo.

Tomó mi brazo y me dejó pasar a la habitación.

Mi jefe permanecía acostado en la camilla. Era la primera vez que el hombre estaba tan tranquilo y serio.

—Señora Hernández —comenzó a hablar el doctor, sacándome de mis preocupaciones mentales, las cuales aún no sucedían—. Él está bien. Tiene una costilla rota por la bolsa de aire y una pequeña contusión en la cabeza. Nada de qué preocuparse

Lo miré por encima de mi hombro y me acerqué. Acaricié su mano lentamente. Pensé en miles de maneras de cómo evitar que estuviera aquí y, aún así, no preví el hecho de cómo salió lastimado.

Mi deber era protegerlo y fallé.

¿Qué tal si lo perdía?

—La dejaré a solas con él, señora Hernández.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro; me podía acostumbrar a ser llamada así. Me agradaba cómo sonaba.

La señora Hernández.

Escuché cerrarse la puerta de la habitación y me quedé en silencio, pasando mi mano por sus vendas. Tal vez así se eliminarían mágicamente.

—Me tuve que accidentar para que pasaras la noche conmigo —susurró, acompañado de leves quejidos.

—No hable, el doctor dijo..

—El doctor dice muchas cosas y no todas son reales, señora Hernández —Sonrió de lado y entrecerró sus ojos.

—Fue una pequeña mentira para comprobar que estaba bien.

—Si quisieras, la vacante está abierta. Solo para ti.

—¿Cuál vacante?

—La de ser mi esposa.

Está bien, terco.

Acepto.

—No, gracias. No estoy preparada para ese puesto.

—Te puedo capacitar para ello.

Me enderecé, alejándome un poco. Ahora resulta que mi jefe estaba coqueteando conmigo; era como si lloviera en tiempo de sequía o, peor aún, que hiciera frío en Mexicali en pleno agosto.

—Está demasiado drogado por la medicina.

Apretó mi mano y la llevó a su pecho. Me acerqué ilusamente —sabiendo perfectamente lo que podía pasar—, quedando con nuestras caras frente a frente.

—Eso no quita que el deseo de que seas mi esposa sea real.

—Está empezando a decir tonterías.

—Solo digo mis necesidades, ¿no deberías encargarte de satisfacerlas?.

Su respiración se mezcló con la mía y, por un momento, el olor a hospital no importó.

—No, señor. Yo solo soy su asistente, no soy su dama de compañía.




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