El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 2. ¿Antes de la tragedia o antes del romance?

Lucía.

Días antes de mi peor pesadilla.

Es decir, de tener que lidiar con el insoportable del señor Nicolas.

—Es hora de irnos a casa —aseguró el señor Hernández, acercándose a mi escritorio.

Su presencia no imponía un nerviosismo por el hecho de que era mi jefe. Tal vez, por otras razones, no quería hablar directamente con él y el miedo no era una de ellas. Simplemente, encariñarse era un privilegio que no nos correspondía.

—Sí, señor. Como usted diga —sin más, recogí mis cosas y me concentré en ordenarlas dentro de mi bolsa—. ¿Qué hace aquí a medianoche? —la pregunta se resbaló de mi boca ante la mirada pesada que me dedicaba.

Yo tenía mis razones para estar aquí: hacer el trabajo de dos empleados era complicado. ¿Qué hay de él? Solo era la cara bonita que firmaba los contratos que yo elaboraba.

—Lo mismo pregunto, señorita Gutiérrez.

—Se me acumuló el trabajo —mentí y, a la vez, decía la verdad—. Una disculpa.

—No se tiene que disculpar por trabajar horas extras.

Cierto, solo que sentí la necesidad de hacerlo.

—Solo intento hacer bien mi trabajo —Tomé mi bolso, colocando la correa sobre mi hombro.

Respiré hondo, tratando de que el rato raro pasara.

Perdón por incomodarlo, señor. Ni yo sé lo que hago.

Mi jefe se dirigió al elevador y yo esperé afuera con intenciones de usar las escaleras

—¿No subirá?

—No, usaré las escaleras. Es bueno para nuestra salud física —inventé, pues decirle que los elevadores me daban nervios no es muy adulto de mi parte.

—Las usaré entonces.

Salió un poco antes de que las puertas cerraran y nos encaminamos a las escaleras. Mi martirio no había terminado.

—¿Por qué lleva días trabajando hasta tarde? —volvió a hablar ante el silencio.

—¿Cómo sabe que me he quedado?

—Mi oficina está enfrente de su escritorio. La veo.

Perdón, señor. No era mi intención molestarlo.

Seguimos bajando las escaleras; era un tanto complicado bajar y platicar al mismo tiempo.

—Si me ve es porque usted ordenó que lo pusieran allí.

Un escalofrío se disparó por mi cuerpo al sentir su mano en mi espalda, deteniéndome para que no diera un paso en falso

—Era tu mes de prueba, tenía que tenerte muy bien checada.

—Mi mes de prueba pasó hace más de 2 meses, señor Hernández.

En el último escalón, quitó su mano y por fin pude respirar.

—¿Te incomoda estar conmigo? —cuestionó, dando un paso cerca de mí.

Relamí mis labios y, por inercia, coloqué mis manos sobre su pecho.

—¿Le importa a usted?

—No respondas una pregunta con otra pregunta.

Fijó su mirada en mi labios, entrecortando mi respiración.

No hagas esto, Nicolás.

—No

Es lo único que puedo responder.

—Perfecto, porque a mí tampoco.

Se acercó a mi rostro y abrí un poco la boca, tensando los músculos; mi cuerpo respondía a sus labios.

—Nos vemos mañana, señorita Gutiérrez.

Se alejó de mí, de mis labios y de mi cuerpo sin dejar un simple beso.

No era tan complicado. Un beso y ya. Un simple contacto que haría que en cada encuentro esperara que lo hiciera.

No podía permitirme enamorarme de mi jefe porque no era correcto. Solo que nunca me ha interesado hacer las cosas bien.

***

—Es egocéntrico, Montse.

Le explicaba porque ella me entendía. Llevaba más de tres años trabajando para esta empresa y el señor Nicolás Hernández era, para todos, el mejor jefe, cuando para mí siempre fue el plebe presumido desde que éramos niños.

—Ya lo sabía.

—Sí, pero como es guapo, nadie le dice nada —le admití.

—Nadie más que tú.

—Me saca de quicio.

—Y tú a él.

—Ayer quise que.. —bajé la voz para que nadie nos escuchara; estábamos en la estación del café y las paredes tenían oídos—. Quise que me besara.

Rápidamente me reincorporé, dando un sorbo a mi bebida. Revisé mirando a todos lados para asegurarme que nadie nos espiara.

—¿Qué?

—Estuvo tan cerca mío, Montse y su perfume es tan..

Volteé hacia la puerta nuevamente para checar que nadie estuviera allí.

—Entonces, ¿te gusta?.

—No. ¿Cómo me va a gustar?

—¿No es lo que acabas de decir?

—Es grosero, presumido, coqueto; cree que todas caerán a sus pies.

—Luci.

—No es que no lo conoces. Todo quiere que sea perfecto para él, todo se hace a su manera y su maldito perfume me encanta —Caminé de un lado a otro, sincerándome como si ella no lo conociera—. Se cree tan guapo que puede hacer lo que quiera con nosotras, pero no. Conmigo no, Montse. Es desesperante, embustero..

—Lu —hizo una seña, casi sacando sus ojos de su lugar.

—Esos lindos labios carnosos, su barba, su cuerpo, sus grandes brazos, sus bíceps, sus pectorales.

—Lucía, basta —me regañó, haciendo que frenara mi caminata.

—¿Qué pasa con mis labios y mi cuerpo, señorita Gutiérrez? —me enfrentó a mis espaldas.

Cerré mis ojos con fuerza y empuñé las manos a mis costados. Al sentir sus manos tomándome con fuerza de los brazos para mantenerme en mi lugar, supe que arruinaría todo mi progreso.

Listo, ya estaba despedida. No había más que perder.

—Señor Hernández.

—Me voy —Montse salió de la habitación y me dejó a solas con él.

Vaya manera de ayudarme.

Sentía la mirada del señor Nicolás recorriéndome desde mis pies hasta mi cabeza. Si fueran rayos, me habrían hecho cenizas. Me dio media vuelta sin soltarme y me encaró.

No que muy sincera hace tres segundos, Lucía.

—¿Qué mis pectorales que? —comentó con calma.

—Son feos.

—Mentiras.

—Horribles, a mi parecer —volví a mentir, fingiendo cara de asco.

—Creo que necesitas un incentivo para cambiar de opinión.

—No, no se preocupe.

Sujetó mi mano y la colocó en su pecho firme.




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