El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 3. Quiero ser la mejor.

Lucía

—Tomaré la vicepresidencia cuando sea el momento. Quiero ganarme el puesto, no que papá me lo dé en las manos.

Me sobraba y me bastaba con tener que cargar con la responsabilidad de querer devolverle a mi familia todo lo que hizo por mí, como para ahora también hacerme cargo de toda una empresa.

La elección fue simple desde el día uno: ayudar en la empresa de perfumes de mi padre. Nunca especifiqué desde dónde o cómo lo haría.

—Le has puesto empeño a tu carrera —intentó convencerme el tío David—. Es hora de que tú seas la mano derecha de Nicolás.

—Y lo seré, pero no de la manera en que todos quieren.

<<Solo de la manera que Nicolás desee >>. pensé con picardía e inmediatamente me reprimí.

—Es por el escándalo de hace años.

Le tenía respeto a mi tío, a pesar de tener solo un par de años más que yo. Solo que las cosas no las aceptaría tan fácil; el mundo hablaría nuevamente de mí y la última vez que eso pasó, el resultado me llevó a hacer mi vida alejada de mi familia en el norte de México.

—Es porque él no cree en mí —confesé de golpe.

Tener que cargar con la crítica de ser la hija que no continuó con el legado de la famosísima actriz Isabel Gallego fue agotador. A palabras de ellos, nunca fui igual de bella ni talentosa. No merecía estar en el mundo de la actuación, según los periodistas, por eso me concentré en hacerme cargo de los negocios de papá.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo escuché. Dijo que Isabel Gallego era la niña de mami y papi, la que todo tiene gracias a ellos. Y no se equivoca, pero no le pediré perdón por tener unos padres presentes y menos me sentiría mal cuando él ha tenido lo mismo que yo gracias a nuestros padres —Respiré profundo y me levanté de la silla. Bajé el tono de voz y añadí—: Además dijo que estaba fea.

Mi tío David rio descaradamente. Me crucé de brazos, enfatizando mi berrinche, y di unos pequeños saltos de frustración.

—Él tiene el recuerdo de una niña de 10 años, de la última vez que te vio. Ahora que no quisiste decirle que volviste, no te reconoció.

—Pero lo dijo en la junta.

—Era ver a Nicolás de 12 años diciendo que la niña que le gustaba era fea para ocultar sus ganas de verla.

—No le gustó —advertí, señalándolo con mi mano

—Hagamos algo: sigue en tu puesto de auxiliar administrativo y yo te conseguiré tiempo para que, cuando estés lista, regreses.

Mi chantaje funcionó.

—Sí —celebré internamente, acercándome al escritorio para darle un beso en la mejilla—. Eres el mejor, ¿te lo había dicho?

—¿Interrumpo algo? —Carraspeó mi jefe entrando a la oficina.

Colocó sus manos en sus bolsillos y tensó su espalda. Los músculos de su cuello se volvieron notorios cuando estiró su torso.

—Nada, ya me iba —dije contenta, pasando por su lado.

—Las relaciones entre empleados están prohibidas —me detuvo sujetándome del brazo.

—¿Y las relaciones entre jefe y empleado también lo están? —siseé, quitando bruscamente su mano.

—Sí —se inclinó un poco para quedar a mi altura—. La única excepción somos nosotros.

—¿Los que estamos en esta habitación? —insinué para tentar sus celos.

Digo, para hacer más divertidas las cosas. No tendría por qué estar celoso si no éramos nada. Solo una simple empleada y un subordinado.

—No, solo tú y yo —Nos señaló con su dedo.

—No hay un tú y yo —lo reté con mi mirada afilada.

—Pero lo habrá.

La tos fingida de mi tío nos hizo salir de la pelea falsa que ocurría, dejando que la vergüenza me invadiera por completo.

¿Qué hacía insinuando querer algo con mi jefe?

***

—Lucía, a mi oficina por favor —se burló Montse, imitando la voz de nuestro jefe.

—Así no lo hizo. Decía: "Señorita Lucía, a mi oficina" —me burlé esta vez yo, haciendo caras y enfatizando su voz.

—Lucía, a mi oficina, ahora —mencionó con sarcasmo mi tío David, acercándose a mi escritorio.

Los tres reímos supuestamente silenciosos para no hacer más alboroto de lo normal. Todos trabajaban, así que nadie nos tomó en cuenta, hasta que una sola persona lo hizo. Su perfume me hizo notar que se acercaba y aproveché para seguir con las tonterías.

—Hola, soy Nicolás y mi barba me hace ver como un vagabundo —mentí.

Por supuesto que me encantaba cómo lucía su barba, su cara, su cuerpo y sus labios.

—¿No te gusta mi barba? —insinuó molesto, parado a mi lado.

Montse y el tío David me señalaron con los ojos que efectivamente estaba allí. No era parte de mi imaginación.

Reí esta vez con nervios. En algún punto se hartaría de que fuera tan odiosa.

—Está fea.

Otra mentira.

—Lucia, a mi oficina —ordenó con firmeza.

Algo dentro de mi ardió. No eran nervios por mi posible regaño, era su manera tan exquisita de verse estando enojado.

—A usted sí le sale muy bien esa voz —mofé por última vez.

Seguí su paso; él caminaba pero yo corría con el calor en mis mejillas que se intensificaba con cada acercamiento a su oficina. Se sentó, mirándome de pies a cabeza como era su costumbre.

¿Lo odiaba o lo amaba?.

—Serás mi nueva asistente personal —entonó sin más.

—No, no puede hacer eso.

—Sí puedo y ya lo hice.

—No —volví a negar ante su risa siniestra—. No quiero ser su asistente.

No, porque estar cerca de él me iba a quemar por dentro.

—Lo serás, ya está decidido.

—¿Quién lo decidió?

—Yo, y con eso basta.

—Para usted, pero al final yo también tomo decisiones —me detuve de inmediato y corregí—. Tomo decisiones de mi vida y no quiero hacer esto.

—No te estoy pidiendo opiniones y, mucho menos, te estoy dando opciones.

Crucé mis brazos y fruncí mis labios.

—Puedes hacer mil muecas y nada va a cambiar —me ignoró, concentrándose en su computadora.

Caminé hasta estar a un lado de él y me incliné a la altura de su rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.