Lucía
Mi primer día siendo su asistente.
Y ojalá fuera el último.
—Es la cuarta vez que me llama para que le lleve café —bufé, sacando todo el aire de mis pulmones, dejándome caer en la silla.
—Eres su asistente, es normal.
—Son las 8:10 de la mañana, Montserrat. Hace 10 minutos fue nuestra hora de entrada.
Me quejé, empuñando mis manos. Todo quería ese hombre.
No estaba acostumbrada a recibir órdenes que no fueran de mí misma y, algunas veces, de mi padre. Ahora lidiaba con las exigencias del cara bonita y labios besables de mi jefe.
—Creo que es porque te quiere a su lado.
—No digas tonterías, ese hombre no se quiere ni a él mismo.
Montse se fue cuando volvimos a escuchar por quinta vez la petición de su café. Toda la mañana me hizo estar entrando a su oficina por razones absurdas. Cuando no era que le picaba la oreja, era su silla haciendo ruidos raros o simplemente era él diciendo que extrañaba mis desaires.
Atendí su necesidad absurda. Regresé a mi escritorio y saqué el medicamento de mi bolsa; tomaba pastillas que me ayudaban a disminuir las taquicardias. Mi mayor enemigo era mi propio corazón acelerado. Una vez que la aceleración de mi ritmo cardiaco llegó, nunca más me dejó en paz.
Desde que tengo doce años había intentado absolutamente todo para permanecer tranquila. Viví grandes temporadas inmersa en ansiolíticos y antidepresivos que me hicieron olvidar ciertas cosas; hasta el momento, nada había funcionado.
Inhalé y exhalé, permitiendo que la sensación incómoda del latido del corazón cesara.
Los tacones me estaban matando y el dolor de cabeza me iba hacer explotar. Un segundo de paz era lo único que necesitaba, uno donde nadie pudiera invadir mi espacio y, sobre todo, que nadie esperara que hiciera algo. Cuando por fin logré obtenerlo, mi tío tuvo la brillante idea de arruinarlo:
—¿Cómo va tu nuevo trabajo? —Rio sarcásticamente, ladeando su cabeza.
Rodé los ojos, haciéndole muecas. El peor trabajo que pude elegir, cierto. No lo elegí, me lo impusieron.
Antes de responderle, mi celular sonó.
—Aló —atendí la llamada del número desconocido.
—Señorita Gutiérrez —escuché la voz de mi jefe. Increíble, ahora me fastidiaba hasta por teléfono—. A mi oficina
Cómo odio a este hombre.
<< Mentiras, lo adoro. >>
Colgué la llamada, fingiendo gritar sin soltar ningún sonido de mi boca. David sonrió victorioso una vez más.
—¿En qué lo puedo ayudar, señor?
Me fulminó con su mirada por llamarlo así. Sin embargo, no dejaría de hacerlo. Una, porque sabía que detestaba que lo hiciéramos; y dos, porque era mi recordatorio de separar mi vida profesional de mis malditas ganas de tocarlo.
—Ya hablamos sobre las formalidades. —Asentí y di unos pasos para lograr sentarme en la silla frente a su escritorio—. Tendrás que ir a mi casa a traerme un saco limpio.
No pregunté más; me limité a escucharlo con detalle y a inspeccionar alrededor. Las cinco tazas de café seguían intactas. El olor de la oficina era distinto; ya no era vainilla como solía ser, ahora la menta predominaba, parecido al aceite aromático de mi escritorio. Y las cortinas estaban abiertas, dejando entrar por completo el sol. Eso me comprobaba que mi jefe no era un vampiro como creía.
—¿No le gustaron los cafés? —cuestioné ante la duda que me invadía.
Tal vez era la peor haciéndolo y no se atrevió a decirlo. Su mirada se dirigió a las tazas llenas y, por un momento, respiré al no sentirme acorralada.
—Estaban muy fríos.
—Disculpe, fue mi error.
—No, preciosa. Simplemente me distraje. Ve a mi casa y tráeme lo que te pedí.
—¿Qué color?
—Tu favorito.
—¿Ocupas también otros calzones? —insinué, sin pensar.
—A menos que tú me los quieras cambiar.
Boquiabierta, no pude ocultar mi sonrisa. Pasé mi lengua por mis dientes, en parte saboreando lo que pudiera ser.
—No, hoy no.
Relamí mis labios, arrepintiéndome de mi tontería, y me levanté acomodando mi falda.
—Hoy no, pero ¿qué tal mañana?
Salí de su oficina, sin poder dejar de sonreír. ¿Ese era el efecto que me estaba perdiendo al no coquetear?
La charla con el chofer siempre ha sido amena, así que el trayecto fue más rápido de lo que lo normal. Nicolás conservaba la casa de sus padres, donde estuve alguna vez en mi niñez. Fue lindo recordarnos jugando en el patio delantero.
Una mujer mayor me abrió la puerta y me dejó pasar sin problema.
—Buen día, soy Lucía —me presenté.
—María —estrechamos las manos y me dirigió a la habitación.
Examiné toda la casa. Seguía bien cuidada, llena de flores con aroma a incienso. La blancura de las paredes encandilaba un poco; era un tanto áspera para la vista, pero entendible para el ser sin color que es Nicolás.
Platicar un poco con la señora María acerca de sus días y su trabajo me confirmó que él no era tan sangrón como lo aparentaba. El niño tierno y dulce seguiría dentro de él sin importar qué.
—¿Azul o negro? —le pregunté, enseñándole ambos trajes.
—¿Cuál prefiere usted?
—Azul, hace que sus ojos resalten —confesé, olvidando por un momento donde estaba.
Ladeé mi cabeza, concentrándome en el recuerdo de sus lindos ojos almendrados color café.
—Entonces, ¿usted es la razón de las flores en la casa?.
—¿Yo? —aludí sorprendida—. No, se equivoca.
—¿Cuál es el olor que usa en la oficina?.
—En la oficina —me quedé en silencio, pensativa— incienso y menta.
No ocupó decir nada; últimamente, los olores a su lado eran cada vez más familiares. Puede que él también necesitará los aromas para calmar su corazón.
—¿Es la misma que hizo que el señor cambiara su perfume?
—Sí. ¿Tiró los demás? —Maria afirmó moviendo la cabeza—. ¿No mintió?
—El señor nunca miente, señorita.
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Editado: 17.05.2026