Nicolás
Luci estaba dormida en la silla a mi lado, con su pecho pegado a la camilla y su mano aferrada a mi antebrazo. Estoy tan seguro que era para checar mi pulso.
Sonreí al verla tan pacífica. Desde que la conozco, no había estado tan callada.
Aunque prefiero admirarla mientras se molesta cada segundo conmigo, agradecí tener el placer de tenerla aquí. El silencio en la habitación no me molestó; al contrario, me generó una paz que era raro experimentar.
Al tocar con delicadeza su mano, sentí su piel suave y tersa; era el mejor recuerdo que pude presenciar.
El accidente fue una gran excusa para tenerla; ahora debía esforzarme por conservarla.
—Señores Hernández —enunció el doctor entrando a la habitación.
Siempre tan oportuno, arruinando mi tiempo de disfrutar observar a mi esposa falsa. Lucía despertó, acabando de inmediato con nuestro contacto.
—Doctor, ¿cómo está? —limpió sus manos en su pijama, acción que me ofendió—. ¿Cómo está mi marido? —masculló
Disfruté cada segundo de escucharla decir esa palabra. Suspiré falsamente, sonriendo esta vez dejando ver todos mis dientes.
Qué satisfactorio era eso.
—Ya estaba estable, no entiendo la urgencia de quedarse, señora —explicó el doctorcito.
Lo fulminé con la mirada, haciéndole señas discretas para que se callara. Arruinaba mis planes y eso era algo que no me daba el lujo de perder.
Yo nunca perdía.
—No me iba a separar de mi esposo, menos en estas condiciones, doctor.
Qué buena es mintiendo, que hasta otro suspiro me arrebató.
—Se pueden ir a casa, solo pase a firmar y ya.
—Una cosa más, doctor —lo detuve, dispuesto a comenzar mi chantaje— Ayer, antes de que llegara mi esposa, me comentó varias recomendaciones.
—¿Qué haces? —susurró Lucía
—Sí, ya sabe, doctor, cuidados especiales —el doctor no captaba mis indirectas, así que le di una ayudadita—. Como que tiene que ayudarme a bañar.
—Ah, sí, claro. Tiene que tener cuidados las 24 horas del día.
No tan extremo, doctor. Tampoco exageremos.
—También dijo que debía dormir conmigo.
Lucia miró de lado a lado, un tanto convencida de las indicaciones. Solo que aun notaba cierta desconfianza en ella.
—No, porque te puedo lastimar amor —siseó gustosa de darme la contraria.
—Tranquila, puede dormir con su esposo sin problema alguno.
—Me tiene que hacer cariños —añadí.
Sabía que no rompería la mentira de ser esposos, por lo que aprovecharía cada oportunidad. Lucía se cruzó de brazos y dio pequeños golpes con su zapato. Mi hermosa esposa se estaba desesperando.
¿Acaso no soportaba estar casada conmigo?
¿Me pediría el divorcio?
No, piensa positivo, Nicolás.
—Así es, señor Hernández. Además, tendrá que tener ayuda para subir y bajar escaleras —ya no me importa en absoluto sus sugerencias, pero dejé que continuara—. Señora Hernández, vaya con la enfermera y firme lo correspondiente.
Podría decir que sentía cosquillas en mi abdomen y un poco más abajo cada que la llamaban así. Tendría que cumplir esas fantasías.
—Ve, amor —la animé, apurándola.
Un minuto más aquí y me volvería loco, si es que eso fuera posible. Luci afiló su mirada y empuñó sus labios, dio media vuelta y salió de la habitación.
Solté los nervios que se acumulaban en mi cuerpo, olvidándome de la existencia del doctor.
—Sí mi hermana se entera de que te ayudé en esta estupidez, me va a matar, Nicolás.
Reí triunfante, porque tenía razón. Si mamá sabía que desafié sus reglas de no mentirle a las mujeres, y menos a la que espero sea mi novia, me cortaba mis preciadas bolas.
—Gracias, tío. ¿Sabes que eres mi favorito?. No le diré nada a mamá.
—Te tienes que cuidar, el golpe fue fuerte. No lo tomes a juego —me regañó.
El tío buena onda no duró mucho. El golpe fue muy fuerte, lo sabía perfectamente porque yo lo había sentido.
—Lo que digas.
—No seas testarudo.
—Viene de familia.
—Igual que tu madre.
Encogí mis hombros, afirmándolo. Nada me daba más orgullo que parecerme a mi bella madre y no al tacaño del que se suponía era mi padre.
¿Usaría este golpe como excusa para tenerla en casa? Sí.
Me acostumbré a su presencia, a sus olores, a sus risas y a sus enojos; estar alejado sería contraproducente —según órdenes del doctor—.
***
—Recárguese en mí, señor. —Pasé mi brazo por sus hombros, aunque era obvio que ella no podía con mi peso.
Si no fuera tan terca.
—Deja de decirme señor.
Caminamos hasta la entrada del hospital, donde el chofer nos estaría esperando.
—Le seguiré recordando que usted es mi señor patrón y yo su simple empleada.
—Hace unos segundos eras mi esposa
—Esposa falsa —aclaró—. De la puerta para acá ya no lo soy
—Tan rápido me pediste el divorcio —bromeé
—Sí.
El chofer abrió la puerta del coche y me ayudó a subir. Lucía le dedicó una sonrisa amable.
¿Por qué le sonríe?
¿Por qué lo mira?
Cerró la puerta. Ingenuamente pensé que se subiría a mi lado, pero no.
Abrió la puerta del copiloto y se subió enfrente
—¿Cómo estás? —le preguntó al chofer. Mencionó su nombre, pero no le presté atención.
Le dio un beso en la mejilla y, de no ser porque ya me había abrochado el cinturón, los hubiera separado.
—Muy bien, Lucía
Se tuteaban, muy amiguitos ahora.
—¿Comiste algo?
Qué interesada estaba mi falsa esposa.
—Sí, la señora Gallego me invitó a comer
Ah, tendré que cambiar de chofer.
—Mucha plática, ¿no? —comenté, fingiendo tener tos
Lucía río mientras cabeceaba.
—Hay que ser educados con todos
—Educados, no coquetos —bramé.
Todo el trayecto hablaron de cosas aburridas, de sus trabajos. Me remití a interrumpir cuando el coqueteo se presentaba entre ellos. Hasta que por fin llegamos a casa.
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Editado: 17.05.2026