El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 6. ¿Y si fue un error?

Lucía.

Lo besé. Lo sentí.

Lo hice.

Yo fui quien terminó de prender el fuego entre nosotros. Fue mi culpa que cediera a hacer lo que hizo.

¿Me miró desnuda? Evidentemente.

Le permití tocar más allá de mi cuerpo, sin pensar con claridad.

¿Y si solo fui una más en su cuenta?¿Y si sintió asco de mí?.

Después de lo de ayer, al bajar estas escaleras, esperaba que estuviera decepcionado de mí y de mi cuerpo. Si eso era lo único que quería, ahora las cosas serían más fáciles y me alejaría de él.

<<Nada de eso está pasando, solo imaginas lo peor>>, me recordé internamente.

Dormí en su cama, lo abracé toda la noche ante la posibilidad de ya no ser eso que fuimos. Solo que nunca fuimos nada y eso nos hizo serlo todo.

Ya no era una adolescente de quince años para tomar las libertades de la vida tan a la ligera. Las cosas no eran fáciles y el mundo no tenía compasión. Antes, si la vida era complicada, me quedaba en cama por días y lloraba sin parar. Arruiné varias almohadas con mi llanto, derramé lágrimas que las personas no merecían, pero que mi corazón necesitaba.

Hoy, si todo se derrumbaba, el peso caía sobre mis hombros y me aplastaba por completo. Si me detenía, mi alrededor también no lo hacía.

No podía quedarme atascada en el mismo lugar que por tanto tiempo rogué salir.

¿Pudo haber sido algo casual?

Huir para no asumir las preguntas incómodas quizás no era una buena idea, considerando que estaba en el segundo piso. Además, no estaba para seguir evadiendo la realidad y él no me permitiría seguir haciéndolo; o tomaba las riendas o la vida me ahorcaría con mi propia cuerda. Aparte, amo las almohadas como para seguir manchándolas de lágrimas.

—¿Me dirás que sucede o tendré que seguir viéndote llorar?

Nicolás estaba recargado en el marco de la puerta, cruzado de brazos. La buena pregunta es desde cuándo lo había notado.

—No estoy llorando, solo limpio mis ojos —me quité las lágrimas de la cara bruscamente con las palmas de mis manos.

—Llevas toda la noche así. —Se acercó, poniéndose en cuclillas al frente de mí—. No me tienes que contar si no me tienes confianza.

Sus manos quitaron el cabello que cubría mi rostro y lo acomodó detrás de mi cabeza.

—No es que no te tenga confianza.

Se sentó por completo en el piso, entrelazó sus piernas y extendió sus brazos para incentivarme a hacerlo. Lo hice, copiando su postura de flor de loto, y me aferré a sus manos.

—Entonces, ¿qué es lo que sucede?¿Hice algo que te incomodó?¿Crucé un límite? —preguntó con calma, sin apresurarme por las respuestas—. ¿Hice algo mal?

Mis labios se arrugaron y, por más que apreté mis ojos, no pude contener las gotas que salían de ellos.

—¿Fui suficiente? —agaché mi cabeza, sin poder verlo directamente.

—¿Fuiste suficiente? —cuestionó, incrédulo—. ¿En verdad me estas preguntando eso?

Asentí. Sí, eso quería saber, fui por primera vez suficiente para ti.

Jugué con mis uñas y el silencio me transportó a otros lugares en mi cabeza. A aquella vez que dijo que no le gustaba y a cuando me dejó plantada en mi cumpleaños número once. Habían sido acciones tan pequeñas que se quedaron muy grabadas en mí.

—Has sido mucho más que suficiente —comentó, sujetando mis manos—. Me había angustiado saber si yo era lo que tú deseabas.

—¿Tú?.

¿El señor perfecto estaba preocupado por ese tipo de cuestiones?.

—Así es, me aflige imaginar que solo se dio por las circunstancias, que solo fue un desliz, cuando para mi fue tan real

No supe qué decir, me perdí en sus ojos. Su mano acarició mi mejilla y borró los rastros de temor que quedaban en mi interior

—Vamos a desayunar.

—Pero esta vez que sí sea comida, por favor —reí con suavidad y él también lo hizo.

—Ya qué —gruñe con sarcasmo—. Te salvas de que ahora sí tenga hambre.

Se levantó y me ayudó a hacerlo también. Antes de caminar a la puerta, me detuvo, acorralándome entre sus brazos. Apapachándome con fuerza, pasé mis brazos por su cintura y lo abracé inhalando tan profundo que cada incógnita se desvaneció.

—Cuando sea el tiempo correcto me contarás qué inepto te creó estas inseguridades y me encargaré de restregarle lo increíble, especial y fabulosa que eres.

Besó fugazmente mi frente y nos quedamos allí por unos minutos.

Bajamos las escaleras en dirección a la cocina. Mi estancia en este lugar debía ser productiva. Mi cara roja se calmó un poco y la hinchazón de mis ojos disminuyó. De las pocas veces que agradecía usar anteojos era porque disimulaban muy bien cuando lloraba.

—No voy a soportar que se golpeen —nos llamó Mari, con las manos a los costados y el ceño fruncido.

Ambos nos miramos de reojo, sin entender por completo.

¿Golpearnos?

—Llevan dos días aquí y se llevan como perros y gatos —prosiguió con su regaño—. Los gritos como los de ayer no los voy a tolerar.

Las carcajadas de Nicolás se presentaron interrumpiendo el regaño de Mari. La sensación de calor en mis mejillas me invadió por completo al recordar a qué se debían esos supuestos gritos.

¿Cómo le explicábamos eso?.

—Mari, los gritos de ayer no fueron golpes —explicó Nicolás, tomándola de las manos mientras la llevaba a las sillas del comedor—. Lucia y yo somos adultos y tenemos sexo, es normal.

Los seguí en silencio; consideraba que me defendía más así. Pero después de esa oración, Nicolás estaba en serios problemas.

—Por el amor de Dios, dime que no dijiste eso —refuté, tapándome la cara con las manos.

—Es normal. No estábamos peleando, Mari.

—Que bueno que no, niño. —Suspiró aliviada y yo no pude verla a la cara después de esta confesión—. No quiero que arruine las cosas con ella —me señaló—. Lucí me cae bien, sea más cuidadoso.

—Créeme, Mari. La cama es el único lugar en donde no peleamos. Es algo intensa, pero.




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