El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 7. Bendito sea el chocolate caliente.

Nicolás.

Me demostró que sus aberraciones culinarias aliviaban un poco el dolor del corazón. Sus risas llenaban la casa más insípida que existía y le daban color a lo blanco de las paredes.

Cuando Mari me preguntaba qué color aplicaría dentro de la casa, mi respuesta era blanco. Porque los colores me recordaban ciertas emociones que prefería apagar. Sumándole que me gustaban las teorías de si era o no un color.

Yo creía que era la suma de todos los colores y así no elegía uno solo.

Realmente el color nunca importó, no pasaba tiempo en casa y ahora mi parte favorita era estar aquí con ella. No necesitaba conocerla de toda la vida, únicamente bastó un segundo para entender que no debía conocerla desde siempre, sino para siempre.

La observaba billar por sí sola.

Parecía estar cocinando algo que no reconozco. Es buena haciendo varias cosas a la vez. La escuchaba cantar y, para mi sorpresa, era tan afinada como coordinada con sus pasos de baile.

Se alejó de la estufa y la vi saltar, concentrada en la pista musical que provenía de su celular. Se movía de lado a lado, sin darse cuenta que la veía.

La sonrisa en su rostro me regocijaba en todo mi esplendor. Sentí mi pecho llenarse y un suspiro se me escapó al seguir escuchándola tararear. Si todo era oscuridad, su luz era suficiente para alumbrarnos, así cómo iluminaba mis días.

No entendía por qué seguía usando mis camisetas si había traído una maleta gigante con su ropa, pero disfrutaba cada segundo de admirarla con ellas puestas. Ladeé un poco mi cabeza y me animé a acercarme.

La cuchara figurando ser su micrófono hacía más especial el gran concierto improvisado que tuve la fortuna de presenciar.

—No sabía que cantabas tan bien.

Al escuchar mi voz dio media vuelta, dando un pequeño brinco.

—Me asustaste —colocó su mano en el lado izquierdo de su pecho y se encorvó un poco—. No lo vuelvas hacer, por favor.

Me acerqué cuando su respiración se agitó. ¿Qué hice? Casi la mató de un susto.

Su mirada se dirigió al suelo y se perdió por un segundo. La sostuve para que no cayera y se tomó de mi hombro. No dejaba de sostenerse el pecho, como si su corazón se quisiera salir.

La cargué levantándola un poco. La lesión de mi costilla no dolía en ese instante.

La llevé a las sillas del comedor y me agaché, flexionando mis rodillas para quedar a su altura sentada.

Se agarró de mis hombros con ambas manos y escuché como no obtenía el suficiente oxígeno. No tenía ni perra idea de qué hacer. Su cabeza seguía agachada y, al sentir sus manos temblar, supe que algo estaba muy mal.

La intentaba llamar para obtener su atención, pero no salía ni un sonido de mi voz.

—Luci, Luci, no me hagas esto —maldije en mi interior.

¿Por qué demonios no puedo hablarle?

—Aquí estoy —verbalicé con voz temblorosa.

Alzó su cabeza y vi cómo sus pupilas se hacían cada vez más grandes

—Aquí estoy —repetí, agitado

Mis manos se fueron a su cintura para sostenerla mejor; al contacto, se arrojó sobre mí para abrazarme. Mi mal equilibrio me hizo tambalear, cayendo sentado sobre mis glúteos y ella cayó de rodillas.

Le di soporte a su cabeza con mi mano y Luci la pegó a mi cuello. Su cuerpo temblaba, la palma de mi mano rozó su pelo y sentí como me olfateó.

Es algo raro al inicio sentir su nariz pegada a mi piel, pero eso de alguna manera hizo que, lentamente volviera a sí misma.

—Perdón —murmuró con un tono bajo.

—No te tienes que disculpar.

Me asusté. No lo aceptaré, pero sí lo sentí.

Me aterró que algo le pasara.

—La taquicardia..—intentó explicar.

—Cuando te sientas mejor me dices.

Movió su cabeza afirmando y la mantuve en mis brazos, intentando defenderla del exterior. Sin embargo, me di cuenta que no podía protegerla de ella misma.

—¿Me ayudas a terminar el chocolate caliente? —habló después de un rato de estar en silencio.

—¿Crees que es importante hacerlo ahora?

Me estremecí al volver escuchar su voz.

Con cuidado la llevé a la cocina y, al acercarnos, un olor fuerte a quemado nos hizo correr para intentar salvar lo que quedaba.

Increíble, nuestro chocolate estaba arruinado y casi desvivía a mi mujer de un susto.

Quitamos juntos la olla con el líquido horrible y comenzamos de nuevo. Nunca antes había utilizado un molinillo para chocolate —o así lo llamaba ella—. Pero fue encantador y raro incursionar en su mundo.

—Le pondremos más cocoa —me indicó con autoridad.

Me alivió que volviera mi peleonera favorita.

—Eso no dice la receta.

—Pero sí mi receta y yo soy la chef de esta cocina.

—Lo que usted ordene y mande, patrona.

Sonrió y respiré al saber que lo que sea que fue eso se había ido.

—Ponle vainilla y azúcar —exigió—, mientras yo le pondré un poco más de canela.

—Te tomaste muy enserio eso de mandarme.

—¿Te molesta?

—Me encanta.

Besé sus labios y la abracé por detrás, no iba seguir sus indicaciones solo.

Lo haríamos los dos, acompañados el uno del otro.




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