El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 8. ¿Y mi escritorio?

Lucía

—¿Qué hace mi escritorio en tu oficina? —cuestioné, viéndolo de reojo.

Alcé mi cabeza y me quedé de pie en la puerta. Él estaba a mi lado, sonriendo de oreja a oreja. Nuestra diferencia de altura, de vez en cuando, me daba dolor de cuello —también otras actividades a su lado me daban ciertos dolores que no llegaban a ser tan insoportables—.

Entró a su oficina y extendió sus brazos, orgulloso de su creación.

—Mágicamente apareció eso allí —apuntó a el escritorio que estaba al lado del suyo—. Gracias a las hadas de la oficina que me hacen estar más cerca de ti.

—Te vas a arrepentir de esto.

Me deslicé para llegar hasta mi lugar. Noté que cambio mi silla a una más cómoda y acolchonada.

—¿Es una amenaza o promesa?

Ambas.

No le respondí, me concentré en acomodar mis cosas y sacar mi laptop para trabajar en los productos. Debía tener más cuidado con los documentos que revisaba, no se podía dar cuenta que ahora compartía espacio con la socia exigente que le ocasionaba sus peores pesadillas.

—¿Y mi saco? —preguntó, alterado.

Habíamos logrado pasar cinco minutos en silencio. No más. No menos.

Se levantó de su silla y comenzó a buscar por todos lados. No entendí de qué hablaba, no traía saco cuando salimos de casa.

—¿Cuál saco?

—Esta —contestó, riéndose y tapándose la boca con las manos.

Abrí mi boca, estaba entre divertida y ofendida.

—¿El señor Hernández me acaba de alburear?

—Caíste —se burló, celebrando.

***

—Hola, Nicolás —saludó Montse, sentándose frente a mi escritorio.

Enarqué una ceja, juzgando. ¿Esas confiancitas con Nicolás de dónde salieron?.

¿Dónde quedó el respeto entre jefe y empleada?

—¿Nicolás? —insinué—. ¿No es tu jefe?¿Quieres que redacte tu renuncia?

—Tranquila, amor. Ahora que Nicolás es el novio de mi mejor amiga, creí que podía tutearlo.

—No es mi novio.

—Muy bien dicho —nos interrumpió. Por un segundo había olvidado que estaba aquí—. Pero no me digas Nicolás.

—Entendido, jefe.

—Si vas a coquetear conmigo en la oficina —lo volteé a ver, con los ojos entrecerrados—, tenemos que poner límites.

—Te escucho.

—Montserrat.

La mujer seguía allí sin perder ni un segundo de nuestra conversación.

—¿Qué? Amo verlos juntos, son como ver una película en vivo.

—Te puedes salir —impuse un poco de orden.

Necesitaba privacidad, las cosas no podían seguir saliéndose de control. Podía calmar mis ansias de su piel en casa, aquí teníamos que trabajar.

A regañadientes salió, dejándonos solos.

Me levanté para quedar a la mitad del lugar y él me siguió.

—No me puedes besar aquí.

—Entendido —dio un paso para quedar cerca de mí y me jaló de la cintura. Apretó su agarre y se jugó con sus labios—. Sin besos.

—No puedes tocarme.

Movía la cabeza, rozando mis labios, haciendo un ligero movimiento sobre ellos.

—De acuerdo. —Bajó su mano con lentitud y la situó sobre mi glúteo—. Sin tocar.

Estrujó, manoseándolo con firmeza, haciendo que se me escapara un quejido

—¿Algo más, preciosa?

Negué y lo sujeté del cuello para atraerlo a mí. Mis labios se acercaron a los suyos, saboreando el beso que obtendría.

Nicolás me soltó y, con su dedo moviéndolo de lado a lado, indicó que no.

—Lo siento, mi mujer me puso límites muy claros.

Lamenté querer ser profesional cuando el calor en mi cuerpo se intensificó al verlo recargarse en su escritorio, alzándose las mangas de la camisa.

Volteé a la puerta y me di cuenta que todo este tiempo estuvo abierta. Mis ojos recayeron en Montse, quien no dejaba de verme.

—Como dije: mi película favorita —gritó desde el otro extremo.

—¡Montserrat!

—Espero que hayas disfrutado el espectáculo —respondió entre risas.

—¡Nicolás!




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