El plan es simple: No enamorarme

Capítulo 10. Arriba del Ángel de la Independencia

Nicolás.

El viento despeinaba su cabello, distrayéndome del hecho de que estábamos a miles de metros del piso.

Mal momento para que mis piernas se volvieran gelatina.

—Me parece curioso —hablé ante el silencio que se generó.

—¿Qué cosa?

—Que la mujer más inteligente y bella que conozco le importa lo que digan los demás.

—A veces no puedes simplemente ignorarlos. Todos tienen una opinión, buena o mala, y se respeta. Es el precio que pagas por ser vista.

—Ni aun cuando te lastiman dejas de ser así.

—¿Así?

— Maravillosa.

—¿Maravillosa? —repitió incrédula—. Tengo varios kilos extra, hip dips, papada, panza..

Alcé mis dedos, contando cada característica, y eso la desconcentró.

—Prosigue.

—Ni siquiera mis ojos funcionan bien. —Señaló sus lentes mientras continuaba subiendo un dedo con cada descripción

—¿Qué haces?

—Creí que estábamos enlistando las cosas que me fascinaban de ti.

Me regaló la primera sonrisa de la noche.

Esa imagen fue lo único que compitió con la belleza que era verla de pies a cabeza. Las tensiones bajaron de inmediato al escucharla reír con notas de pena; sus mejillas se ruborizaron y me prometí en el interior jamás ser la causa de sus tristezas.

—Te conté toda mi vida subiendo aquí. Merezco saber algo de ti, ¿no crees?

—Yo organicé esta cita, merecía saber lo que pasaba.

—¿Cita?

Me armé de valor y di unos pasos para acercarme. Quité mi saco y lo puse sobre sus hombros. Esto contaba como cita; estábamos compartiendo una nueva vulnerabilidad en la relación.

La altura nos regalaba una vista hermosa de la ciudad. Tan solo en las noches el caos de esta misma disminuía y hacía que valiera la pena seguir viviendo aquí.

—Si no me tienes confianza, lo entendería —comenzó a caminar de lado a lado en el poco espacio que había.

Mi estómago se revolvió a verla tan tranquila. La detuve porque debía quedarse quieta; era peligroso estar acá arriba, y más con ella siendo inquieta.

—Quédate en paz, te puedes caer. Me estas poniendo más nervioso, que no ves que me dan terror las alturas —solté de golpe.

—Con razón estabas aferrado al barandal —indicó en tono burlón—. ¿Prefieres sentarte?

Afirmé moviendo mucho mi cabeza. Mis manos temblorosas me ayudaron a sostenerme para poder sentarme. Recargué mi espalda en uno de los muros y ella tomó asiento al lado opuesto de mí.

Inhalé y exhalé cerrando los ojos.

—¿Por qué subiste entonces?

—Tú querías hacerlo —me defendí, aún con los ojos cerrados.

—No siempre hagas cosas por los demás.

—Por nadie más que por ti. —Abrí los ojos y la miré sonreír con sus mejillas más rojas de lo usual—. Pregunta y contestaré

—¿Por qué seguir con la perfumería?

—¿La verdad? —asintió y añadí—: Porque cuando era niño, mi mejor amiga se calmaba con los olores. Yo robaba los aromas de mamá y allí descubrimos el poder de un buen perfume.

Sus ojos se oscurecieron, casi como si el recuerdo que pasaba en mi mente se pudiera compartir para que ella lo viera.

—Por eso la aromaterapia está presente en cada colección.

—Los olores nos recuerdan a lugares, personas y momentos que se quedan grabados en nuestra mente. Como hoy, el olor a fierro viejo, a tierra mojada por la llovizna y a menta me harán volver a ti.

—No sé si es bueno o malo oler a fierro viejo y a perro remojado.

Reí con sus ocurrencias y crucé mis brazos sobre mi pecho.

—En este caso es bueno, porque te recordarán que siempre podrás volver a mi cuando el mundo allá afuera se derrumbe.

—Que bueno que huelo a fierro, entonces.




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