Nicolás.
—Parece que no aprendes. Te dejé entrar a la empresa para ayudarte, después de todo —gritó mi tía Isabel.
Busqué con la mirada a la persona que recibió la sentencia de mi tía. Quien fuera, iba a ser despedido en un segundo.
El ser chismoso corría por mis venas. Así que me dispuse a averiguar con detalle lo que sucedía y me escondí detrás de la puerta para seguir escuchándola.
—Te di otra oportunidad y la desaprovechaste. Te lo advertí una y otra vez.
La tía Isabel llegaba a ser intimidante con los nuevos y con todo aquel a quien conociera. En general, era una persona controladora y perfeccionista.
Montserrat se movió de lugar, dejando de estorbarme. Traté de ubicar a qué empleado tendría que reemplazar. Uno menos por su culpa, pues si ella decía "expulsión definitiva", ya no habría vuelta atrás.
Al ver a David sumarse a la discusión, tuve esperanza de que esto terminara bien y un poco de decepción al haber sido un chisme tan corto.
—Isabel, ella no ha hecho nada malo.
Aunque ambos sabíamos que eso era en vano, hizo el esfuerzo por calmarla.
—Ser una golfa que obtiene ascensos metiéndose con sus subordinados no es "hacer nada malo". Me lo hubieras dicho antes. Las cosas se ganan por el talento y la disciplina, no por ...
—No me metí con nadie, Isabel —la encaró la voz alterada de una mujer.
Esa que conocía perfectamente, con todos y cada uno de sus matices. La misma que me despertaba en las mañanas, me aturdía en las tardes y me reconfortaba en las noches.
Lucía.
Estaba en problemas; peor aún, se había metido en la boca del lobo mayor. Uno tan peligroso que ni yo podía salvarla.
Llegué a zancadas hasta el lugar de la discusión. Nadie le gritaba y nadie la tocaba. Solo yo.
—¿Algún problema, tía Isabel?
—Nada, Nicolás, todo bien —mintió Lucía.
—Es tu jefe —remarcó mi tía—, respétalo y háblale como tal.
Contrario a mí, ya que no la soporté, Luci no se amedrentó ante las imposiciones de mi tía. En realidad, me sorprendió al mantener perfectamente su compostura.
Pero yo no; nunca permitiría que ella ni nadie intimidara a mi mujer.
—Tía Isabel. Mis asuntos no son los tuyos. Con todo respeto, si no quieres que te saquen, no le hables así a Lucía.
—Que buena has de ser en la cama, que lo tienes comiendo de tu mano —insinuó, tomándola de la barbilla.
Quité bruscamente su contacto y le aconsejé.
—No te atrevas a volver a tocarla. —Di un paso al frente y bajé mi tono de voz—. Isabel, no tienes poder aquí. Vete antes de que yo mismo te saque.
Sujeté de la mano a Lucia y nos encaminamos a la oficina. Sin hablar ninguno de los dos, me limité a revisar que siguiera respirando y que su corazón no se acelerará más.
Una vez lo procesara, me contaría a detalle lo que sucedió. No la presioné para que me contara, mejor esperaría por ella lo que fuera necesario.
—¿Cómo está el corazón? —pregunté.
Cerré la puerta con llave y después acomodé las cortinas para tener privacidad.
Ella permaneció callada, porque ese era su mecanismo de defensa: estar en silencio cuando algo pasaba. Aprendí a tenerle paciencia estos últimos meses; cuando ella se sintiera segura, vendría a mí.
Me senté, moviendo mi cabeza invitándole a venir.
—El corazón está bien, me tomé el medicamento en la mañana —se sinceró, trasladándose por el lugar hasta llegar a mí—. No tengo cabeza para trabajar
—Suerte que tengo dos.
No se rio de mis majaderías, lo que me dio la señal de dejar mi sarcasmo para otra ocasión.
Ocupó lugar en mis piernas, recargando su espalda en mi pecho y su cabeza en mi hombro. Le di un beso en la clavícula y puse mi barbilla en su hombro para asegurarme que sintiera mi presencia.
Al cabo de unas horas, se me informó que el favor que había pedido estaba listo. Tenía ciertos beneficios al ser el dueño de la empresa —o heredar el poder de mi padre, como decían los demás—.
Días antes había hecho ciertas llamadas que, para mi fortuna, funcionaron cuando más lo necesitaba. Nunca esperé que haber asistido a una cita con la hija del gobernador me diera ciertos atajos que no utilizaría, a excepción de casos como estos.
—¿No me preguntarás a dónde vamos? —cuestioné al no recibir palabras desde nuestro trayecto de la oficina hasta mi carro.
Traté de captar su atención, pero Luci permaneció recargada en el reposabrazos.
—A donde desees está bien para mí.
—¿Recuerdas aquella noche cuando te lleve a cenar? Mencionaste que te daba curiosidad algo.
—¿Subir al Ángel de la Independencia? —averiguó y afirmé, recalcando en mi interior que sus deseos eran órdenes—. Eso fue hace 3 meses.
—Disculpa la tardanza, no estaba en condiciones de subir 206 escalones
—¿Doscientos qué cosa? —enderezó su espalda y por fin me dirigió una mirada, una muy preocupada—. ¿No hay elevador?
—Ni siquiera usas el elevador en la oficina
—Pero en la oficina solo son 30 escalones, a lo mucho.
—Además, le temes a los elevadores. No tiene caso subirnos en uno.
—¿Cómo sabes que me dan miedo?
—Te conozco, Lucía.
Después de todo el día caótico, por fin estábamos parados frente al monumento. Viví en esta ciudad toda mi vida y jamás me había interesado.
Verla de noche era más espectacular, en mi opinión; la luz de la luna se contemplaba en su figura y ciertos tonos dorados deslumbraban en su piel. También la gran escultura en la punta era linda, pero preferí mil veces seguir admirando a la que estaba a mi lado.
La dejé caminar primero para entrar al área de las escaleras en forma de caracol. Se detuvo, perpleja, al notar el tipo de túnel por el que tendríamos que subir.
—Es algo angosto —dijo mirando hacia arriba.
—Dicen que entre más angosto, mejor —le guiñé el ojo y el sonrojo de sus mejillas me cautivó—, y no hablo de las escaleras.
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Editado: 27.05.2026